Pedro Conde Sturla

No todos los expedicionarios perdieron la vida, como se sabe, aunque ninguno se libró de la tortura, del suplicio concienzudamente aplicado, de la afrenta y el ultraje y las cicatrices físicas y sicológicas que los dejaron marcados para siempre. Seis de ellos, quizás por milagro de la providencia, lograron sobrevivir, algunos vivieron largas vidas y por lo menos uno vive todavía. Y además todos, casualmente, pertenecían al grupo del comandante cubano Delio Gómez Ochoa, el único que todavía vive.
El caso de Mayobanex Vargas, que vivió hasta los ochenta años, es uno de los más curiosos. Mayobanex se aisló del grupo, se quedó solo, pero el teatro de operaciones le era familiar, era un lugar cercano a las tierras de su familia en Bonao. Por pura casualidad encontró a un conocido, un empleado de finca, y le pidió que fuera a avisar a su padre, que le dijera que quería entregarse y negociara su rendición.
El padre, o mejor dicho su familia, que se encontraba bajo acoso, acudió a Petán Trujillo, que era el cacique de la región, para acordar los términos de su entrega. Pidieron, entre otras cosas, que le permitieran entregarse a civiles.
Petán accedió y hasta nombró una comisión para recibirlo. Mayobanex recuerda que era una tarde del 5 de julio: «Me entregué en la finca de nosotros, en Blanco, en la loma. Un pequeño valle de esa montaña (Constanza), donde yo había soñado combatir a Trujillo como guerrillero. Por la radio yo conocí todas esas personas organizándose, a Fidel, y empecé a crearme ideas propias en esas montañas». (1)
Hubo un encuentro memorable. Se permitió que padres e hijo se abrazaran antes de llevarlo a la cárcel, y se le permitió bañarse en el río Yuna.
Dice Anselmo Brache que una vez preso en la fortaleza de Bonao, Mayobanex fue tratado correctamente. El teniente Virgilio Álvarez le dispensó un trato caballeroso y la familia Pellicce, don Amadeo Pellicce y su esposa, le enviaron una cantina con las viandas más apetitosas. Mayobanex vió el cielo abierto y, lamentablemente, se dio un atracón que su estómago no pudo resistir.
Esa fue la parte fácil. A continuación lo llevarían a Constanza donde lo recibiría uno de los grandes carniceros de la época: el general Mélido Marte, el futuro encargado de seguridad de Joaquín Maldaguer. Mayobanex estaba seguro de que no sobreviviría al viaje. Quizás, sólo quizás, lo que lo salvó fue que al llegar a Constanza fue visto por un reportero de The New York Times, que desde ese momento no le perdió ni pie ni pisada y hasta pidió permiso para entrevistarlo. En tales circunstancias, matarlo hubiera provocado un escándalo, pero nada impedía que lo hicieran y Mayobanex lo sabía. Pero Mayobanex fue uno de los afortunados: «Muy pronto se despertaría “en una celda, llena de la sangre de Federico Larancuent, donde había sido asesinato a puñaladas”». (2)
Cuenta Anselmo Brache:
«MAYOBANEX. Se dirigían hacia Constanza. El único que rompió el silencio en aquel jeep fue el chofer, quien dijo: ‘Este muchacho es familia de la esposa del general Petán, y miren lo que hizo’. De ahí, de nuevo, el silencio. Al llegar a Casabito se detuvieron debajo de una mata de mango, desde donde salieron varios guardias armados. Mayobanex pensó que hasta aquí llegaba. Pero se acercaron para decir cada uno algo, como: ‘Déjennoslo aquí, para que vean como se trata un traidor’. De ahí, salieron de nuevo, hasta la fortaleza de Constanza, donde llegaron como a las 3 de la mañana. Alrededor de las 8 a.m., le sacaban de la solitaria donde lo habían recluido para llevarlo a la oficina del general Mélido Marte.
»Recibía insultos de militares, principalmente de oficiales de la AMD. Cuando cruzaban hacia la fortaleza, entre gente aglomerada con apariencia de pobres, la que precisamente habían venido a defender, pedían que se lo entregaran a ellos para hacerse cargo. Ya adentro, le entregan al general Marte el interrogatorio que le habían hecho. Lo rompió, diciendo: ‘Esto no sirve, hay que hacer uno nuevo’. Él hacía las preguntas, él mismo se las contestaba y, en cada una, ponía algo de comunismo. Le enviaron al aeropuerto para ser trasladado a la Base Aérea de San Isidro y, para evitar que unos periodistas norteamericanos le entrevistaran, les decían que no había ningún prisionero. Pero le habían visto entrar y salir. Ya en el aeropuerto, mientras le ataban a las patas del asiento dentro del avión, y amarrado como un andullo, cuatro guardias pedían que se lo entregaran “para fusilarlo”. Aterrizados en la Base y abierta la puerta del avión, recibió un empujón al bajar la escalerilla. Con sus amarras cayó rodando, sobre la pista de concreto, a la vez que otro grupo de guardias lo arrojaba como un saco sobre un jeep, recibiendo varios golpes en el cuerpo y la frente. Un teniente dijo: “este lo pido yo, para darme banquete”. Con cada expedicionario hecho prisionero se oían morbosos estribillos de lealtad servil que, como forma de identificación con el régimen, decían o repetían en voz alta algunos militares y civiles, para que al ser oídos demostrar “ferocidad y lealtad, con el propósito de complacer la mentalidad de la tiranía y quizás lograr un día que les dispensaran un favor.
»Llegados a la Jefatura de Estado Mayor, al apenas entrar Mayobanex, recibió una patada por el trasero de uno de los oficiales y, amarrado como estaba, un grupo le cayó a golpes por todas partes. Trompadas y patadas. Tuvo un receso en los golpes y fue cuando se le acercó el coronel José Joaquín Hungría, director del Instituto Cartográfico, quien frente a un mapa le hacía preguntas, las cuales contestó sin tratarlo mal. Luego empezaron los interrogatorios, ahora esposado con las manos atrás. Por cada pregunta recibía una lluvia de golpes de los que estaban ahí, quienes a su vez se esmeraron en hacerle, cada uno, un daño físico. Entre otras cosas agrega quien las estaba padeciendo, que: “el general Tunti Sánchez me pinchaba con un estilete de acero muy puntiagudo, hasta simuló que me lo iba a clavar con todas sus fuerzas en el estómago. Cerré los ojos y al abrirlos, vi que con una mirada criminal me gritaba desafiante, al ver el efecto que me había producido su intento ¡Te cagaste, hijo de la gran p…! Seguido, el coronel Evangelista Cabrera me aplicó su “patada voladora”, que me dejó privado boca abajo, entonces me pisaba y me brincaba con furia en plena cara y cuello, sufriendo yo estertores; el general Bonetti Burgos, a quien habían sacado de la zona de operaciones de Constanza, por cobardía, se ensañaba conmigo y me ponía un tormentoso bastón eléctrico, con un pie en el pescuezo sujetándome en el suelo esposado, en la boca, en los testículos, en los oídos, en la sien, en las manos y en la nariz. Los otros fueron el coronel Luis José León Estévez, mayor César Báez y el teniente Emilio Ludovino Fernández, quien hacía las preguntas y me golpeaba en las orejas y nariz con una gomita”.
»De ahí lo llevaron inconsciente a una celda. Por suerte esta no era la sala de torturas». (3)
La repatriación armada (18)
(Historia criminal del trujillato[190])
Notas:
(1) Santa Marte, «57 años de las expediciones de junio y un sobreviviente que cuenta su historia», Fuente: listindiario.com
(https://share.google/Y5kaxJe5OcQPmKAIJ)
(2) Anselmo Brache Batista, «Constanza, Maimón y Estero Hondo: Testimonios e investigación sobre los acontecimientos», p. p. 241
(3) Ibid, pgs. 237, 238 l
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