Pedro Conde Sturla

El estado de zozobra e incertidumbre de aquellos hombres (la noche previa a su liberación), solamente es posible imaginarlo. Les habían dicho que mañana los soltarían y era como para ponerse locos. Pensarían una y mil veces que era una broma macabra. En la noche les habían dicho que los iban a fusilar y después que mañana los iban a poner en libertad. No había tortura como esa.
Mayobanex no dejaba de recordar que en un cierto momento, cuando todavía estaban en La 40, pidió permiso para orinar y el esbirro al que llamaban Juan Mi Sangre lo llevó al baño y al regresar abrió la puerta de una celda donde había un preso, un muerto viviente.
«Parecía una momia —dice Anselmo Brache— y estaba desfigurado. Quizás con rasgos de locura, era el prisionero de la agonía más prolongada: el capitán Juan de Dios Ventura Simó». (1)
Lo peor es que todavía tendría que esperar hasta el 9 de marzo de 1960, hasta un día después de su cumpleaños, el día que la bestia quería celebrar poniendo fin a sus días en un fingido accidente de aviación.
Ese era el tipo de cosas que podían esperarse del régimen de la bestia. Podían ponerlos en libertad y podían llevarlos al paredón y ejecutarlos. También podían fingir que los iban a fusilar y regresarlos a sus mazmorras y repetir el simulacro al día siguiente. Una tortura sicológica que podía destrozar el sistema nervioso, desajustarlo, impedir el tránsito entre el estado de alerta y el de descanso y mantener a los reclusos en un permanente estado de enervamiento.
Esta vez, sin embargo, las cosas saldrían bien. A principios de febrero de 1960 los dominicanos Gonzalo Almonte Pacheco, Francisco Merardo Germán, Poncio Pou Saleta y Mayobanex Vargas fueron puestos en libertad, se les concedió un indulto. El excelentísimo Trujillo, en su excelsa magnanimidad, les concedió un gracioso indulto y los entregó a sus familiares.
La excarcelación fue en parte una jugada propagandística del régimen de la bestia para conjurar la presión que estaba recibiendo por parte de la prensa extranjera y la OEA. Una jugada propagandística para hacer frente al escándalo que habían desatado en el país y en extranjero las más recientes atrocidades contra los integrantes del Movimiento 14 de junio. Para peor, a la presión de la prensa extranjera y la OEA se había sumado ahora la inesperada condena de la propia iglesia católica y un fuerte repudio local provocado por una carta pastoral de la Iglesia Católica. La famosa Carta Pastoral leída en el púlpito de todas las iglesias del país el día domingo 31 de enero de 1960.
Es decir, la misma iglesia católica que durante casi toda la era gloriosa había sido aliada del régimen de la bestia, ahora había denunciado a su benefactor y padre de la patria, al aspirante al título de benefactor de la iglesia. Había causado, de hecho, un grave malestar, una confrontación de pronóstico reservado.
Más que un enfrentamiento, lo que se produjo a partir de la explosiva Carta Pastoral de la Iglesia Católica fue una ruptura.
En ese contexto se inscribe la puesta en libertad de los cuatro expedicionarios. Aquellos prisioneros que fueron presentados graciosamente al público como una muestra de clemencia y magnificencia por parte del gobierno, casi como un desmentido a las acusaciones de la iglesia y la prensa extranjera.
Se montó un gran espectáculo, se invitó al público y los medio nacionales y extranjeros. Todos pudieron ver y fotografiar a los agraciados en compañía de sus familiares, todos felices y aliviados en virtud de un indulto que se presentaba como un ejercicio de clemencia. Dicen que ningún familiar se presentó a recibir a Francisco Merardo Germán y fue reingresado a La Victoria, hasta que una tía lo fue a reclamar pocos días después.
La libertad no quería decir que la bestia les había perdonado la vida, solamente se estaba divirtiendo con ellos y a la larga probablemente los habría hecho asesinar a todos. Si tres de ellos sobrevivieron, si no terminó matándolos a todos, se debe en parte a que a la bestia la mataron primero.
Lo que se les otorgó fue una liberación condicional, una condena a prisión domiciliaria en el mejor de los casos. Pero Trujillo aprovechó la ocasión para inflar su ego y dar una nueva muestra de cinismo. Mandó traer desde Restauración a la anciana madre de Gonzalo Almonte Pacheco para fotografiarse con ella. Se hizo fotografiar junto a la anciana de la manera más humillante. Con ella abrazándolo, abrazando al ofidio, sosteniendo un fajo de billetes en una mano, confundiéndose con él en un abrazo de agradecimiento y la bestia sonriendo con su sonrisa de hiena mientras se dejaba abrazar.
Dos meses después le pagó el abrazo mandando a matar al hijo, a Gonzalo Almonte Pacheco. Dicen que Almonte Pacheco cometió una imprudencia, dicen que salió o se alejó de la casa y de inmediato fue hecho preso por agentes del Servicio de Inteligencia Militar e internado en La 40. Allí le darían muerte, lo torturaron y desaparecieron.
Los demás vivían al salto de la mata, empezando por Poncio Pou Saleta, al que mantenían bajo el más estricto régimen de vigilancia. Pou Saleta permaneció nueve meses encerrado en su propia casa, temiendo que en cualquier momento los esbirros de SIM irrumpieran y le dieran muerte o se lo llevarán a un torturadero para matarlo despacito. Sabia que eso era lo que lo esperaba tarde o temprano y prefirió jugarse el todo por el todo. Se organizó, pues, para burlar la vigilancia, salir sin que lo vieron y asilarse en la Embajada de México.
Un plan temerario, sin duda, pero mucho menos riesgoso que permanecer en su casa…, y que además tuvo éxito.
Las vidas de Mayobanex Vargas y Merardo Germán se complicaron, de seguro, a partir de aquel hecho, y quedaron desde entonces bajo una más estricta vigilancia, una vigilancia constante y asfixiante. Los mantenían en un estado permanente de desasosiego e intranquilidad, temiendo que cualquier día a la bestia se le antojara poner fin a sus días.
Solo después de su ajusticiamiento recobrarían el control de sus vidas. Solo entonces supieron que iban a vivir.
A Delio Gómez Ochoa lo mantenían en cambio en La 40 y a veces lo llevaban a San Isidro donde le mostraban periódicos y le hacían escuchar noticias que hablaban de su muerte, de su posible muerte. Era un ejercicio cruel, de extrema crueldad, puro sadismo. Igual que a Mayobanex y Merardo lo mantenían en permanente estado de ansiedad.
A Pablito Mirabal, en cambio, después de su paso por el manicomio, lo recluyeron en un reformatorio.
El calvario terminaría para ellos con un indulto a raíz del ajusticiamiento de Trujillo y con el regreso a Cuba el 9 de junio de 1961.
Pablito moriría diez años después, el 21 de junio de 1969, cuando apenas tenía 25, al ser alcanzado por un rayo cuando se encontraba en un parque con su pareja, que se encontraba en estado de gestación. Pablito moriría al instante, pero su pareja recibió daños menores y tuvo una hija llamada Tamara Mirabal Silva, que ha venido varias veces al país y ha solicitado más de una vez la nacionalidad dominicana.
Mayobanex Vargas murió el 17 de diciembre de 2016 a los 80 años de edad.
Poncio Pou Saleta murió de un ataque cardíaco el 21 de agosto de 2010, en Santo Domingo, a la edad de 88 años.
Francisco Merardo Germán murió de un cancer de próstata y murió de pobreza y olvido en Santo Domingo el 15 de agosto de 2001, a los 91 años.
La repatriación armada (22)
(Historia criminal del trujillato[194])
Notas:
Anselmo Brache Batista, «Constanza, Maimón y Estero Hondo: Testimonios e investigación sobre los acontecimientos», p. 254
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