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10/4/26

La repatriación armada (1)

Pedro Conde Sturla

La bestia se enteró del derrocamiento y de la llegada del dictador Fulgencio Batista al país (día 1 de enero de 1959) cuando el avión en que viajaba pidió permiso para aterrizar en San Isidro. El dictador cubano había tenido que salir de Cuba a la carrera, sin mayor tiempo para planificar la aparatosa huida, debido a la intempestiva entrada de los barbudos de Fidel Castro en La Habana. Trujillo lo despreciaba y ahora tenía motivos para odiarlo. Se había dejado tumbar, era un blandengue, un cobarde, y se había dado a la fuga en vez de morir peleando, como hubiera hecho él. Su ingrata presencia le acarreó un amargo disgusto y una honda preocupación. Pensaba que la subida al poder de Fidel Castro no presagiaba nada bueno, y por supuesto, no se equivocaba.


Batista pagaría cara, literalmente cara, su estadía en Ciudad Trujillo. La bestia lo vejaría y lo esquilmaría. Había llegado al país en compañía de familiares, jefes militares de alto vuelo, miembros de su gabinete y un botín incalculable a bordo de seis aviones. La bestia aligeraría su equipaje, que era bastante pesado.
Aquí permanecería en lo que definió «como una especie de infierno», hasta el 20 de agosto de 1959, hasta que por fin logró salir con destino a Portugal, gracias a los buenos oficios de la diplomacia estadounidense y brasileña.

Durante su estadía en Ciudad Trujillo, la bestia lo mantuvo a soga corta y bajo permanente vigilancia, y lo obligó a desembolsar fuertes sumas de dinero. Para poder librarse del asedio, y de la cárcel, y poder salir del país, Batista tuvo que pagar varios millones de dólares por un cargamento de armas que la bestia había enviado a Cuba en los que resultaron ser los últimos días de su gobierno. Las armas cayeron en manos de los barbudos y eventualmente en manos de los exiliados dominicanos. Pero la bestia se las cobró a Batista. Le cobró las armas y el disgusto que le ocasionó su llegada y todo lo que representaba.

Dice Crassweller que mismo día de la llegada de Batista, Trujillo convocó una reunión en el Palacio Nacional que se extendió durante largas horas y en la cual se mostró visiblemente nervioso y desatinado, angustiado, alarmado en exceso. Crassweller sugiere que parecía haber perdido el equilibrio emocional, que lucía afectado en extremo, que soltaba groserías y carcajadas sin razón aparente. Parecía estar fuera de quicio y lo estaba.

Una de las cosas que lo molestaba era que Johnny Abbes, uno de sus hombres claves, había quedado atrapado en Cuba, donde había viajado varios días antes en compañía de un experto en explosivos para consumar alguna de sus bellaquerías. No había visto venir la revolución y quedó atrapado en la marejada revolucionaria. Su vida pendía de un hilo, si alguien lo reconocía y lo denunciaba se le iban a complicar las cosas. Pero la suerte lo favoreció al final y casi por milagro pudo regresar al país.

Sin embargo, la inquietud de la bestia no era infundada. Todo parecía en esos días conspirar contra los dictadores y tiranos latinoamericanos y muy en particular contra la bestia:

«La situación internacional en el Caribe incidió también, muy marcadamente, en la crisis histórica del régimen de Trujillo, particularmente a partir de los siguientes sucesos: primero, con el derrocamiento del dictador Gustavo Rojas Pinilla de Colombia en mayo de 1957; segundo, con el derrocamiento del dictador Marcos Pérez Jiménez de Venezuela a fines de enero, de 1958; y tercero con la vergonzosa huida del tirano Fulgencio Batista, de Cuba el 31 de diciembre de dicho año, ante el incontenible avance de los revolucionarios de la Sierra Maestra comandados por Fidel Castro Ruz. Estos acontecimientos políticos, muy en especial el triunfo de la Revolución Cubana al despuntar el año de 1959, provocaron un radical cambio histórico en la geopolítica caribeña, que enardeció los ánimos de los exiliados dominicanos, dispersos y divididos, hasta alcanzar niveles de euforia al considerar próximo el fin de Trujillo». (1)
La caída de la Trujillo parecía inminente, en efecto. Todos decían que sería el próximo en caer. Lo decían en coro la gente del exilio. «Trujillo sigue, Trujillo es el próximo».

La bestia no había perdido tiempo. Desde la mencionada reunión en el palacio había comenzado a reorganizarse, a iniciar los preparativos para hacer frente a lo que venía. Casi de inmediato estableció un impuesto especial con el propósito de recaudar cincuenta millones de dólares, un Fondo de Defensa Nacional, aparte de un presupuesto de treinta y ocho millones de dólares para las fuerzas armadas, una suma equivalente a casi el cincuenta por ciento del presupuesto nacional. La compra de armas y municiones en los Estados Unidos se enfrentó, sin embargo, a un sinnúmero de restricciones. Desde marzo de 1958 se habían dejado de otorgar licencias a la República Dominicana y no fue posible adquirir más que una parte del material bélico. También se hicieron esfuerzos poco fructíferos para adquirirlo en Europa e incluso se recurrió a las malas artes, al contrabando y al soborno, con tal de adquirir lo necesario. Pero muy poco se consiguió incluso por esa vía, y además, numerosos agentes de la bestia y personas involucradas en el tráfico se vieron envueltas en juicios y escándalos notorios y fueron condenadas públicamente. Incluso, según dice Crassweller, hasta un cónsul dominicano en Miami fue arrestado por sobornar a un oficial de aduanas y el avión en que se iban a y transportar armas fue detenido en el aeropuerto cuando estaba a punto de despegar.

Mientras tanto, en el país reinaba la agitación. Trujillo no se cansaba de denunciar en todos los foros la amenaza que se cernía, pegaba los gritos al cielo sin cesar, denunciaba la conspiración de Cuba y Venezuela en particular contra la nación dominicana. Denunciaba la invasión que, en efecto, se estaba preparando.

Al mismo tiempo, las fuerzas vivas del trujillato cerraron filas, se organizaron para resistir la agresión de los enemigos de la paz y el progreso. Así, en el mes de marzo de 1959 se formó la Legión Extranjera, que según la radio oficial, La voz dominicana, llegó a tener la exagerada suma de veinticinco mil hombres armados bajo el mando del general Fausto Caamaño.

La legión se componía de todo tipo de lúmpenes, aventureros y mercenarios que atraían como a moscas con la oferta de salarios de mil y mil quinientos dólares mensuales y el otorgamiento de la nacionalidad dominicana. Dice Crassweller que había gente de Grecia y Yugoslavia y Alemania y varios cientos de españoles de la famosa División Azul, que habían combatido en la segunda guerra mundial.

En las provincias del este, el sanguinario Felix W. Bernardino fundó otra organización defensiva y más bien decorativa, los llamados Jinetes del Este. Para no quedarse atrás, Petán Trujillo creó un cuerpo paramilitar llamado Los cocuyos de la cordillera.

Los rumores de la invasión eran claros y persistentes. Muchas de las cañerías de aguas negras del palacio estaban desbordadas. En el mes de abril, la bestia declaró el estado de emergencia.

Quizás no se habían podido conseguir todas las armas y hombres necesarios para enfrentar la agresión, pero el país estaba preparado. y hubiera estado mejor si la bestia no hubiera sucumbido a su codicia. De los cincuenta millones del Fondo de defensa nacional se gastaron seis millones y la bestia no se pudo resistir, le metió mano al restante. Incluso, según dice Crassweller, le dio propina a su hermano Negro.


(Historia criminal del trujillato [174])
Bibliografía 
Robert D. Crassweller, «The life and times of a caribbean dictator».
Notas:
(1) Emilio Cordero Michel, «Las Expediciones de Junio de 1959», p. 99, Revista Clío No.177.

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