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29/8/26

La luz al final del túnel (1)

 Pedro Conde Sturla

El mismo día de la llegada del grupo de Gómez Ochoa a San Isidro, y después de haber sido sometido a una primera ronda de interrogatorios, se organizó una de esas farsas de mal gusto por radio y televisión que tendría como invitado al mismo comandante Ochoa. Sus declaraciones, la noche del 11 de julio, serían trascendentales, según se anunciaba en la prensa. Pero era todo un montaje, algo similar a lo que se había hecho anteriormente con Ventura Simó. Primero grabaron el audio y después las imágenes más o menos sincronizadas. Ochoa fingía que hablaba, movía los labios, pero el movimiento no se correspondía con el sonido. La calidad del montaje era deplorable, burda, y todo el mundo pudo darse cuenta.


Lo más importante es que no sólo Gómez Ochoa, sino también Mayobanex Vargas y Almonte Pacheco fueron presentados a miembros de la prensa internacional y respondieron preguntas que Manuel de Moya traducía. El mismo Ochoa fue presentado de nuevo el día 13 por radio y televisión y también a miembros de la prensa. Eso ofrecía a los expedicionarios cierta garantía de supervivencia, aunque nada estaba seguro en el régimen de la bestia.

En esos primeros días la gente del grupo de Ochoa estuvo retenida en condiciones más o menos favorables en las mazmorras de San Isidro. Estaban flacos y demacrados, casi como quien dice cadavéricos, pero se encontraban de nuevo todos juntos (con excepción del teniente López) y en celdas continuas que permitían la conversación.

Sin embargo, el día 15 de julio fueron trasladados a la casa del suplicio, una de ellas. Le llamaban La 40 por su ubicación en una calle del mismo nombre en la parte alta de la ciudad, cerca del río Isabela y la fábrica de cemento. Era la típica casa de un barrio marginado, con la salvedad de que sus vecinos podían escuchar gritos de dolor a todas horas.

Los agraciados con el traslado fueron «el comandante Delio Gómez Ochoa, Poncio Pou, Francisco Merardo Germán, Gonzalo Almonte Pacheco, Mayobanex Vargas y Pablito Mirabal, quien luego fue enviado al Reformatorio de San Cristóbal, después de haber sido dado de alta en el hospital siquiátrico, donde había estado recluido antes, por cierto tiempo.

»Al llegar, cruzaron un portón bien grande y les reciben el teniente Pastor Del Villar, Ciriaco de la Rosa y varios asesinos más. Los llevaron directamente a una oficina. Entonces el grupo de verdugos se les acercó como leones hambrientos, pero el coronel César Báez hizo una seña y se detuvieron. Tomó un teléfono y llamó a Candito Torres, diciéndole: “aquí están los sediciosos, pero el Jefe dio orden de que no se les puede poner la mano”. El grupo de criminales se alejó desconsolado, diciendo: “iQué dichosos son!”.

»Esa noche, encerrados en celdas separadas, no durmieron por los gritos y alaridos que procedían del infierno que vivían los torturados. En cada momento pensaban que irían por ellos, pero, afortunadamente, al día siguiente aún estaban todos con vida». (1)

Lamentablemente, recibir y presenciar el trato brutal que se infligía a los prisioneros tuvo en ellos un efecto devastador, especialmente en Pablito Mirabal, cosa que motivó su mencionado traslado al manicomio y luego a un reformatorio.

Además, en ese lugar se enteraron de la muerte del indomable teniente Frank López. El mismo Delio contó que había fallecido como tantos otros en la fatídica silla eléctrica. El cínico Del Villar contaba en cambio otra historia no menos cínica: «…tuve que darle unos balazos cuando trataba de huir…, ya había despegado unos barrotes». Lo cierto es que Frank López estaba muerto.

Los demás fueron sometidos a juicio, un proceso judicial de carácter militar que fue transmitido públicamente. Los cinco prisioneros del grupo de Ochoa, con las cabezas rapadas, fueron trasladados durante varios meses desde La 40 hasta una especie de tribunal inquisitorial que trataba de demostrar su implicación en una trama comunista contra la República Dominicana dirigida por Fidel Castro y otros enemigos del país.

A su regreso a la cárcel volvían a la rutina. Es decir, se les llevaba «continuamente desde La 40 hasta frente a los jueces y luego a la cárcel de La Victoria, donde fueron recluidos en solitarias oscuras.

»Otras veces, de ahí se les enviaba de nuevo a La 40, para presenciar torturas. Y luego volvían frente a la “justicia”, nuevamente». (2)

Durante el juicio, los prisioneros mantenían a pesar de todo la dignidad y la compostura y a su favor se fue creando una creciente ola de simpatía, la presión de la opinión internacional también se hizo sentir y hasta la cómplice y complaciente iglesia católica empezó a dar muestras de desafección.

Finalmente, en el mes de noviembre de 1959, fueron condenados a treinta años de multas y la impagable suma un millón de pesos de indemnización.

Permanecieron en la cárcel de La Victoria, durante dos meses en solitaria, y luego en celdas individuales, después mejoró la comida y empezaron a permitirles bañarse. Luego Mayobanex, Francisco Merardo Germán y Poncio Pou serían encarcelados en un misma celda y Poncio Pou Saleta y Gonzalo Almonte Pacheco en otra. Aún así, los prisioneros vivían en la incertidumbre, o más bien en zozobra. Intuían que algo se estaba preparando, pero no sabían de que se trataba. Para saber algo tendrían que esperar a febrero, a principios de febrero de 1960, tras casi siete meses de encierro y tortura física y sicológica.

"Una noche, —cuenta Anselmo Brache— como a la una de la madrugada, fueron a buscar en La Victoria a Poncio, Mayobanex, Merardo y Gonzalo. Gómez Ochoa estaba en otro lugar. Agentes del tétrico Servicio de Inteligencia Militar y también verdugos de la cárcel La 40, como Juan Mi Sangre, Dante Minervino, Estrada Malleta y otros, los llevaron esposados frente al coronel Frías, quien les hizo creer que los iba a matar. Llevados a La 40 los dirigen al cuartico de las peores torturas. Varios se colocan detrás y entonces el mayor Candito Torres les dice, sonreído: “ustedes son dichosos; el Jefe, Benefactor de la Patria y Padre de la Patria Nueva, Generalísimo doctor Rafael Leonidas Trujillo, dio órdenes de ponerlos en libertad mañana”. Frente a tal noticia pasaron la noche desconcertados, llegando el amanecer sin que ninguno de los expedicionarios pudiera dormir. Temprano los sacan al patio y les dieron desayuno, pero unos gritos y alaridos los tenían alarmados. Eran las torturas a los muchachos del clandestino Movimiento Político 14 de Junio, formado por jóvenes que habían despertado del congelamiento sicológico en que se vivía y que, inspirados por el arrojo de los participantes de esta Gesta Heróica, tomaron como nombre de lucha la fecha del primer desembarco.

»En esa ocasión recuerdan ver entre los presos al ingeniero Leandro Guzmán, de los organizadores del Movimiento…». (3)

Si hay algo extraordinario en esto es la muestra de resiliencia del pueblo dominicano, su indomable voluntad libertaria, su capacidad de recuperarse y seguir adelante. A pesar de todas las derrotas seguía el pueblo dominicano en pie de lucha. Era, como en el título del libro del comandante Gómez Ochoa, «La victoria de los vencidos». Apenas había llegado a su fin el movimiento expedicionario de Constanza, Maimón y Estero Hondo y ya se había formado un nuevo movimiento opositor inspirado en su sacrificio. Las cárceles estaban llenas hasta más no poder. Pero no había tregua en la lucha contra el tirano. La bestia no volvería a dormir un sueño tranquilo.

La repatriación armada (21)
(Historia criminal del trujillato[193])

Notas:
Anselmo Brache Batista, «Constanza, Maimón y Estero Hondo: Testimonios e investigación sobre los acontecimientos», p. p. 250
Ibid. p. 250
Anselmo Brache Batista, op.cit., p. 254


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