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1/8/26

El destino de los héroes (2 de 2)

 Pedro Conde Sturla


Otro cronista que dejó un crudo testimonio de las torturas que se infligían a los presos durante la era gloriosa fue César Augusto Saillant Valverde. Este singular personaje, que vivió en la intimidad del régimen, fue secretario personal y taquígrafo y traductor de Ramfis Trujillo, y autor de un invaluable libro de memorias sobre los años finales de la tiranía: «Mis memorias junto a Ramfis Trujillo, 1957-1961».

En esas memorias son muchos los episodios de torturas que Saillant da a conocer con lujo de detalles y sin omitir los ilustres nombres de los torturadores. A él se le deben, entre muchas otras cosas, el conocimiento del martirio que infligieron a tres de los primeros presos del frente de Constanza: un venezolano llamado Edwin Erminy, un cubano llamado Enrique Betancourt Carril y el dominicano Héctor Mateo Calcagno. Todos ellos fueron capturados y sometidos a suplicio el mismo día.
«“Los tres fueron trasladados a San Isidro, cansados, con hambre y falta de sueño, los interrogatorios y respuestas que apenas se diferenciaban a las de Perelló, se hicieron por separado ante la siniestra audiencia, encabezada por Ramfis. Cuando terminaban, éste salía del lugar hacia su despacho. Era una especie de señal esperada por ciertos oficiales para entrar apresurados para abalanzarse sobre los indefensos prisioneros esposados a la espalda, para maltratarlos salvajemente hasta dejarlos sangrantes. Este espectáculo degradante del ser humano se repetiría cada vez en lo adelante”.


»”Los verdugos de centros de torturas, mayores César Báez y Tavito Balcácer no tuvieron paciencia a que los prisioneros les fueran entregados y provistos de picanas o bastones eléctricos los torturaban sin piedad. Participaron además, provistos de dichos bastones (llamados garrochas, los cuales son activados por pilas y se utilizan para arriar animales): el general Fernando A. Sánches (Tunti), otrora de trato cordial, sacaba relucir una crueldad insospechada; coronel Gilberto Sánchez Rubirosa (Pirulo), sádico, sanguinario, introductor de los bastones y poseedor de uno propio; coronel Luis José León Estévez (Pechito), general Máximo Burgos (Mozo), estos dos últimos se entretenían haciendo circular los bastones por los sitios más prohibidos de aquellos infelices; el coronel Alfonso León Estévez, que se había mandado a hacer una “garrocha” más larga y que se conectaba directamente a la corriente eléctrica; coronel Evangelista Cabrera, que daba puntapiés a los prisioneros, en la cabeza, en el estómago, en los genitales, a veces había que quitárselos para que sirvieran luego en el martirio de los centros de torturas. Y otros de menor rango. Estos excesos se producían en las oficinas del general Tunti Sánchez”.

»”Sacados al pasillo, un sargento fotógrafo de la academia militar tomaba fotografías de ellos y luego de todos los prisioneros, antes y después de ser pasados por las armas. De aquí, con fuertes manotazos, eran arrojados al suelo, siempre esposados, y tirados por los cabellos eran arrastrados por las escaleras de cemento entre hileras de soldados que les golpeaban. Del pavimento los levantaban balanceándoles para arrojarlos dentro de un baúl de automóvil que al cerrarlo con esfuerzo quedaban apretujados”». (1)

El hombre que dirigió la campaña de bombardeos contra los guerrilleros y el mayor entusiasta en la planificación de la tortura y ejecución de los prisioneros fue Ramfis Trujillo Martínez, el comandante en jefe de la Fuerza Aérea. Junto a él estaba Trujillo, por supuesto, y estaba el demoníaco Johnny Abbes, pero es probable que el mismo Trujillo no hubiera actuado con tanta saña, que hubiera preservado un mayor número de supervivientes con el propósito de mostrarlos como trofeos ante la opinión pública y hacer gala de magnanimidad. Lo cierto es que de unos doscientos veinticinco guerrilleros apenas cinco sobrevivirían: dos cubanos y tres dominicanos.

Lo que se cuenta de esos episodios es algo que envenena y pudre el alma y no todos los que participaron quedarían impunes, algunos quedarían traumatizados, algunos se suicidarían años después. No se repusieron jamás, incluido el propio Ramfis.

La invasión reavivó en él un instinto salvaje, casi como si se hubiera encontrado a sí mismo. Esta vez Ramfis revelaría la faceta más oscura y tenebrosa de su personalidad, se sumergiría en una orgía, una borrachera de sangre, su crueldad tocaría fondo. Esta vez se excedería en su arrogancia, en el irrespeto por la vida. Actuaba como si estuviera poseído, borracho, como se ha dicho, literalmente borracho de sangre.

Según lo que dice Crassweller, Ramfis odiaba o quizás despreciaba a Johnny Abbes y a los hombres de su clase, los que formaban parte del anillo de acero que rodeaba a la bestia. Ahora, sin embargo, se había convertido en uno de ellos, pertenecía por derecho propio al círculo nefasto.

Pero sus crímenes dejaron al parecer una huella profunda, agudizaron sus conflictos latentes. Ramfis podría haber quedado perturbado profundamente, se hicieron más notorios sus problemas emocionales, su permanente inestabilidad emocional. La prueba es que más adelante se vería obligado a recibir tratamiento siquiátrico en una clínica suiza o quizás belga donde recibiría terapia electroconvulsiva, una terapia que se utiliza para el manejo de pacientes con enfermedades mentales graves como la depresión y la esquizofrenia.

La verdad es que a aquellos expedicionarios los llevaron al límite, los rompieron en pedazos por fuera y por dentro, antes de darles muerte, cuando ya apenas estaban vivos, desfigurados, sin apenas expresión en el rostro.
Sobre todos ellos y muchos otros muertos estamos parados. Sobre su inmenso sacrificio nos mantenemos de pie. Por ellos un poco existimos.

O, como en el poema de Roberto Fernández Retamar:
«Nosotros, los sobrevivientes,
¿a quiénes debemos la sobrevida?
¿quién se murió por mí en la ergástula,
quién recibió la bala mía,
la para mí, en su corazón?¿sobre qué muerto estoy yo vivo,
sus huesos quedando en los míos,
los ojos que le arrancaron, viendo
por la mirada de mi cara,
y la mano que no es su mano,
que no es ya tampoco la mía,
esribiendo palabras rotas
donde él no está, en la sobrevida?»l

La repatriación armada (17)
(Historia criminal del trujillato[189])
Notas:
(1) Anselmo Brache Batista, «Constanza, Maimón y Estero Hondo: Testimonios e investigación sobre los acontecimientos», pgs. 125, 126 


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