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21/8/26

Otros destinos, otros héroes: (3) Pablito Mirabal


Pedro Conde Sturla

De entre todos los expedicionarios, el nombrado Pablito Mirabal (o mejor dicho Francisco de Pablo Mirabal Guerra), llamaba más que ninguno la atención. Dicen que hasta Ramfis le mostró simpatía, si acaso era capaz de hacerlo. Por lo menos en una ocasión se tomó en broma algo que a otra persona que no fuera Pablito Mirabal le hubiera costado caro. El hecho (que refiere César Saillant en sus Memorias), es el siguiente: Pablito había sido llevado en presencia de Ramfis y lo primero que se le ocurrió decir fue un atrevimiento, un doble atrevimiento:

«—Ramfle —preguntó a boca de jarro—, ¿tú me vas a fusilar?»

En primer lugar había distorsionado el nombre del engreído personaje y en segundo lugar lo había tuteado. La pregunta no auguraba nada bueno, pero sorpresivamente Ramfis sonrió, levemente sonrió, quizás sólo esbozó una sonrisa. Pero evidentemente el atrevimiento le hizo gracia a Ramfis. Después Ramfis río y todos se echaron a reír.

La bestia se había marchado un minuto antes del lugar y no se sabe como hubieran sucedido las cosas si hubiera estado allí para escuchar a Pablito. De seguro habría rabiado, habría tenido una reacción menos condescendiente. No porque fuera más intolerante, sino porque estaba más envanecido.

Ramfis se limitó a corregir a Pablito, a enseñarle cómo se pronunciaba su apodo y a aclararle además que de esa manera solamente lo llamaban sus íntimos.

Pero Pablito no bajó la guardia, mantuvo el tono irreverente, volvió a tutearlo y volvió a repetirle la pregunta.
Otra vez hubo risas y Ramfis le respondió que no, que no pensaba fusilarlo.

Entonces Pablito le preguntó:

«—”Ah, ¿entonces me va a ahorcar?»
Ramfis volvió a decirle que no, que lo iba a mandar a la escuela para que aprendiera a leer y escribir.

No se piense, sin embargo, que Pablito Mirabal fue siempre tratado de esa manera. Pablito fue torturado y obligado a ver torturas. Era un hijo de la sierra, un típico guajiro cubano, un muchacho lúcido, valiente, un excelente tirador según se dice, y además curtido en el combate guerrillero, y de gran presencia de espíritu, pero ni él ni nadie estaba preparado para enfrentar el infierno que se vivía en los torturaderos de la bestia. Tarde o temprano, los hombres más duros se rompían, terminaban desquiciados, la muerte fue para todos ellos una liberación. Dicen que Juan de Dios mostró un inmenso alivio cuando se dio cuenta de que, por fin, lo iban a matar.

Pablito, que era apenas un muchacho, empezó muy pronto a dar muestras de desequilibrio. Le enseñaban fotos de sus compañeros muertos y desfigurados y también a él lo sometían a torturas y durante las noches no podía dormir oyendo los ininterrumpidos gritos de dolor de sus compañeros prisioneros.

Para peor lo habían obligado a presenciar la tortura, la mutilación y asesinato del teniente Frank López, el asistente de Ochoa. De ese grupo, López sería el único al que mataron en la cárcel y (como ya se ha dicho) algunos lo atribuyen al hecho de que no había sido visto ni registrado por reporteros de la prensa internacional. La verdad es que contra él se ensañaron desde el principio en modo particular y además se resistió físicamente a los ultrajes y a los golpes.

López había sido llevado a San Isidro desde Constanza, pero no el mismo día que los demás, y desde que Johnny Abbes lo vió llegar le expresó su odio de la manera más elocuente: propinándole un garrotazo entre la cabeza y la nuca en presencia de varios oficiales, que vieron el hecho con repulsión.

López quedó inconsciente y fue arrojado al baúl de un auto que lo llevaría a La 40. El parque de diversiones de Johnny Abbes.

Más adelante volvieron a tener problemas. Dicen que Johnny Abbes empezó a burlarse de él y le jaló los cabellos, probablemente largos y enmarañados, al tiempo que le decía «muchachita o mujercita». López reaccionó de inmediato, le dio un golpe en la cara con las manos esposadas y Johnny Abbes se resintió. Le aseguró que se lo iba a pagar y el teniente López se lo pagó caro. Dicen que al teniente Frank López lo torturaron en presencia de Pablito y que también torturaron física y emocionalmente a Pablito. Dicen que Pablito vió cuando le cortaron las manos a López y que vió cómo sometían a Gómez Ochoa a una de las peores torturas, la llamada percha de loro o palo de guacamayo…, lo vio amarrado y colgando de un palo que lo sujetaba por debajo de las rodillas y los codos, a la vez que lo interrogaban y castigaban con picanas eléctricas. Ochoa también fue torturado en la llamada silla eléctrica y le quemaron o sacaron las uñas quizás más de una vez.

Lo peor es que a Pablito también lo martirizaban con amenazas. Le exigían guardar silencio, el más absoluto silencio. De lo contrario pagaría su padrino Ochoa con su vida. Pero también le mostraron las manos de Frank, le decían y repetían que eso mismo le pasaría si hablaba. Si decía una sola palabra.

El resultado fue que Pablito se desquició o empezó a desquiciarse, las agresiones físicas y sicológicas hicieron efecto. Ser torturado y además ser forzado a ver y escuchar torturas era demasiado para el muchacho. En su corta e interminable vida en prisión se familiarizó con el infierno. De hecho, sí, literalmente, vivía en el infierno, rodeado de los peores demonios, custodiado por seres infernales que se divertían aplicando al pasar (por costumbre o por gusto), bastones eléctricos en los testículos o apagándote un cigarrillo en la espalda o en la mejilla, o si acaso en un ojo.
Pablito se refugió entonces en un profundo hermetismo, se cerró en sí mismo como un armadillo, dejó de hablar, comenzó a tener alucinaciones, pesadillas de las que despertaba a otra pesadilla.

Al poco tiempo lo mandaron al manicomio, que fue como una especie de liberación y fue una suerte. Allí conoció al doctor Zaglul.

El director del manicomio, el doctor Antonio Zaglul, alias Toñito, era un ser humano extraordinario, un humanista, y supo tratarlo con el necesario tacto y prudencia para romper su hermetismo y ganarse su confianza. Zaglul se ganó su amistad y su estima y entre conversación y conversación se fue rompiendo el hielo.

Dice Antonio Zaglul que Pablito le preguntaba si era extranjero, porque era el único que sonreía:

«Finalmente, él también terminó sonriendo. A los pocos días desaparecieron sus alucinaciones, pero algo quedaba de sus traumas porque jamás hablaba de su prisión, sólo decía: “mi padrino está preso en La 40”». (1)

Los empleados también simpatizaban con el muchacho y los visitantes le traían regalos, y además estaba aprendiendo a leer y escribir.

El doctor Antonio Zaglul (Toñito) —cuenta Anselmo Brache— lo llevó una tarde a dar un paseo por la carretera del Cibao y fue entonces cuando el joven expedicionario le contó, con lágrimas en los ojos, al médico que había presenciado la tortura a uno de sus compañeros y después su asesinato». (2)
…Fue entonces cuando Pablito comenzó a contar su historia… 

(La repatriación armada (20)

(Historia criminal del trujillato[192])

Notas:
Antonio Zaglul, «Mis 500 locos, pgs. 133,138, citado por Anselmo Brache
Anselmo Brache Batista, «Constanza, Maimón y Estero Hondo: Testimonios e investigación sobre los acontecimientos», p. 253


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