Pedro Conde Sturla
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| Delio Gómez Ochoa y Enrique Jimenez Moya |
El cargamento de armas para los rebeldes cubanos ya no sería necesario porque la revolución estaba por terminar. Serían otros rebeldes, probablemente dominicanos, los que les darían uso.
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Pedro Conde Sturla
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| Delio Gómez Ochoa y Enrique Jimenez Moya |
El cargamento de armas para los rebeldes cubanos ya no sería necesario porque la revolución estaba por terminar. Serían otros rebeldes, probablemente dominicanos, los que les darían uso.
Pedro Conde Sturla
Pedro Conde Sturla

Todo marchaba, en apariencia, bien, salvo un pequeño detalle. Los servicios de inteligencia del imperio y de la bestia estaban al tanto de muchas cosas que debían haber sido secretas. Diariamente, o por lo menos con cierta frecuencia, llegaban al despacho de la bestia noticias frescas para sus oídos e incluso fotos para sus ojos. Fotos del campamento de Mil Cumbres. Noticias frescas y variadas. Igual había pasado con Cayo Confite y Luperón y con todos los movimientos conspirativos, a excepción del último. De hecho, el Movimiento de Liberación Dominicana, el MLD, estaba infiltrado. La expedición sufriría varios percances, pero también sabotajes.
Pedro Conde Sturla

La bestia se enteró del derrocamiento y de la llegada del dictador Fulgencio Batista al país (día 1 de enero de 1959) cuando el avión en que viajaba pidió permiso para aterrizar en San Isidro. El dictador cubano había tenido que salir de Cuba a la carrera, sin mayor tiempo para planificar la aparatosa huida, debido a la intempestiva entrada de los barbudos de Fidel Castro en La Habana. Trujillo lo despreciaba y ahora tenía motivos para odiarlo. Se había dejado tumbar, era un blandengue, un cobarde, y se había dado a la fuga en vez de morir peleando, como hubiera hecho él. Su ingrata presencia le acarreó un amargo disgusto y una honda preocupación. Pensaba que la subida al poder de Fidel Castro no presagiaba nada bueno, y por supuesto, no se equivocaba.
Pedro Conde Sturla

Topples. Otra vez topples en los infinitos bares de Montreal, topples en la puerta de entrada de aquellos bares de la calle Sherbrooke de Montreal. Los incontables bares de Montreal. Borrachos y drogadictos cayéndose a pedazos en las aceras, a veces arrinconados, ovillados juntos a la basura. Las luces mórbidas de Montreal, las calles espectrales de aquella época. Luces en agonía, desangeladas. Borrachos realengos y drogadictos tirados en las aceras de la interminable calle Sherwood de Montreal. Las noches largas de Montreal. El fugaz verano de Montreal.
Pedro Conde Sturla

El caso es que a la hora señalada fuimos a buscar al poeta a la Colonia del Valle. Era un poeta inmenso, casi más ancho que largo, y prácticamente no cabía en el asiento trasero de mi Volkswagen blanco. Además, el poeta no estaba solo. Entró, ¡ay!, acompañado de uno de esos perfumes baratos que alguna gente usa para disimular los olores corporales, la falta de agua y jabón. Lo que quiero decir es que entró como quien dice en compañía de un desapacible aroma, de eso que García Márquez llama en un cuento memorable “el olor de la civilización”. Era, en ese sentido, muy civilizado el poeta.
Pedro Conde Sturla

En el sueño, siempre estoy en la lomita. Las bases llenas. El estadio silencioso como una catedral. Ultimo inning. Sé que me odian, lo sé. Los miles de fanáticos de las Aguilas Cibaeñas que atiborran el estadio me odian cordialmente. Final de temporada, final de la serie. Dos strike y tres bolas y las bases llenas. Es como siempre soñé. Las águilas a punto de empatar y ganar el último juego de la serie, ganar el campeonato frente a los malditos Tigres del Licey. Todo era alboroto y alegría y de repente un silencio, uno de esos silencios que se pueden rebanar con cuchillo. Ahora me odian. Me odian con odio visceral. Me odian desde que subí a la lomita y retiré a sus dos mejores bateadores en línea. Me odian de verdad.
Pedro Conde Sturla
Pedro Conde Sturla

El asesinato de Carlos Castillo Armas estuvo envuelto desde el principio en un aura de misterio e intriga. La persona que supuestamente le disparó fue encontrada sin vida a muy poca distancia del lugar. Se llamaba Romeo Vásquez Sánchez y era un guardia, uno de los guardias de servicio de la casa presidencial. Pero también era comunista y partidario de Jacobo Árbenz y había dejado un diario donde admitía haber planificado su muerte, la alevosa muerte de Castillo Armas. Además se había suicidado con la misma arma con que lo había ejecutado. Lo comprobaba la bala que encontraron en su cabeza. Todo estaba aclarado, entonces, sólo un comunista y partidario de Árbenz podía tener interés en matar a Castillo Armas. ¿Quiénes, aparte de los izquierdistas, podían estar interesados en asesinar a un presidente que contaba con el apoyo pleno del imperio?