Pedro Conde Sturla

Los héroes de la raza inmortal no sólo dejaron un testimonio de valor y sacrificio sino también una lección de amor y apego familiar.
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Pedro Conde Sturla

Los héroes de la raza inmortal no sólo dejaron un testimonio de valor y sacrificio sino también una lección de amor y apego familiar.
Pedro Conde Sturla

El estado de zozobra e incertidumbre de aquellos hombres (la noche previa a su liberación), solamente es posible imaginarlo. Les habían dicho que mañana los soltarían y era como para ponerse locos. Pensarían una y mil veces que era una broma macabra. En la noche les habían dicho que los iban a fusilar y después que mañana los iban a poner en libertad. No había tortura como esa.
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El mismo día de la llegada del grupo de Gómez Ochoa a San Isidro, y después de haber sido sometido a una primera ronda de interrogatorios, se organizó una de esas farsas de mal gusto por radio y televisión que tendría como invitado al mismo comandante Ochoa. Sus declaraciones, la noche del 11 de julio, serían trascendentales, según se anunciaba en la prensa. Pero era todo un montaje, algo similar a lo que se había hecho anteriormente con Ventura Simó. Primero grabaron el audio y después las imágenes más o menos sincronizadas. Ochoa fingía que hablaba, movía los labios, pero el movimiento no se correspondía con el sonido. La calidad del montaje era deplorable, burda, y todo el mundo pudo darse cuenta.

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De entre todos los expedicionarios, el nombrado Pablito Mirabal (o mejor dicho Francisco de Pablo Mirabal Guerra), llamaba más que ninguno la atención. Dicen que hasta Ramfis le mostró simpatía, si acaso era capaz de hacerlo. Por lo menos en una ocasión se tomó en broma algo que a otra persona que no fuera Pablito Mirabal le hubiera costado caro. El hecho (que refiere César Saillant en sus Memorias), es el siguiente: Pablito había sido llevado en presencia de Ramfis y lo primero que se le ocurrió decir fue un atrevimiento, un doble atrevimiento:
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El grupo de Gómez Ochoa había logrado eludir la persecución y el cerco y mantenerse unido por mayor tiempo que todos los demás. Incluso tuvo enfrentamientos en los que ocasionó perdidas sensibles al ejército de la bestia. Poco a poco, sin embargo, se fue disgregando y ya casi al final, es decir, unas tres semanas después del desembarco, se había reducido a unos cinco miembros.Pedro Conde Sturla

No todos los expedicionarios perdieron la vida, como se sabe, aunque ninguno se libró de la tortura, del suplicio concienzudamente aplicado, de la afrenta y el ultraje y las cicatrices físicas y sicológicas que los dejaron marcados para siempre. Seis de ellos, quizás por milagro de la providencia, lograron sobrevivir, algunos vivieron largas vidas y por lo menos uno vive todavía. Y además todos, casualmente, pertenecían al grupo del comandante cubano Delio Gómez Ochoa, el único que todavía vive.
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La mayor parte de los expedicionarios no tuvo, por desgracia, la suerte de morir en combate o de ser fusilada. De los ciento noventa y ocho combatientes originales perecieron cincuenta y ocho en los enfrentamientos, unos treinta y tres fueron heridos y rematados y otros veintinueve capturados y ejecutados en situ. Los demás serían llevados a San Isidro o arrojados a las mazmorras de La 40 y El 9.
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La lancha Tínina, con sus cuarenta y ocho hombres apiñados en la cubierta y la cabina, se acercó a unos doscientos metros de la costa y se inició el desembarco. Era un lugar llamado Punta Rucia, situado en las inmediaciones de Estero Hondo, que comparte la misma franja costera.