Pedro Conde Sturla
Tal y como temía la bestia, los barbudos hicieron causa común con los grupos más radicales del exilio dominicano y muy pronto empezarían los preparativos para una nueva expedición armada, que esta vez contaría con el apoyo de Cuba y Venezuela, la más trágica y gloriosa expedición de todas.
Poco tiempo después de la triunfante entrada en La Habana, Fidel Castro viajaría a Venezuela con el propósito de estrechar lazos diplomáticos y reunirse con exilados de los países latinoamericanos. Su mayor interés era organizar un frente amplio y recaudar fondos para combatir a Trujillo:
«Después que Fidel Castro inició a fines de enero de 1959 en la Universidad Central de Venezuela (Caracas), la colecta pública de fondos para derrocar a Trujillo y de comprometerse frente a los dirigentes de la UPD de Venezuela a prestarles todo tipo de ayuda para pagar la deuda contraída por el pueblo cubano con Máximo Gómez, el 29 de marzo, en La Habana, quedó constituido el Movimiento de Liberación Dominicana (MLD) y su brazo armado, el Ejército de Liberación Dominicana (ELD).
»No todas las organizaciones del exilio dominicano hicieron causa común con el Movimiento de Liberación Dominicana (MLD). Las organizaciones participantes fueron las enunciadas anteriormente, firmantes de la Declaración de La Habana. El marxista Movimiento Popular Dominicano no quiso integrarse al MLD por considerar que la lucha contra Trujillo había que realizarla desde dentro del país y no desde el exilio. Ni el Partido Revolucionario Dominicano, lidereado por Juan Bosch, ni Vanguardia Revolucionaria Dominicana, dirigida por Horacio Julio Ornes Coiscou, ni muchos otros pequeños grupos de tendencia marcadamente conservadora o derechista, quisieron formar parte del MLD.
»Es más, algunos hicieron todo lo posible por denunciar y sabotear las Expediciones de Junio de 1959 bajo la acusación de estar controladas por los comunistas…» (1)
Cuba era ahora la nueva tierra de promisión, como lo había sido alguna vez Guatemala, durante el gobierno de Jacobo Árbenz. Se convirtió en un hervidero de ateos y disociadores, en el mejor sentido de la palabra. Allí irían a parar los perseguidos de las más férreas dictaduras, apátridas y expatriados de medio mundo y un nutrido grupo de aventureros. Más temprano que tarde, cientos de hombres estarían entrenándose militarmente en Cuba.
Los dominicanos se organizaron en el Rancho Mil Cumbres, un latifundio ganadero en la provincia de Pinar del Río que había pertenecido a uno de los hombres de Batista y había sido confiscado por el gobierno cubano.
Para fines de entrenamiento el lugar era inmejorable por su aislamiento y altura, que es la mayor de esa zona del país, y por el relieve escabroso que combina depresiones, montañas y llanuras.
Allí se entrenaron desde mediados del mes de mayo de 1959 los doscientos sesenta y un expedicionarios del Ejército de Liberación Dominicana, (ELD), entre los cuales había doscientos once dominicanos, veinte cubanos, trece venezolanos, nueve puertorriqueños, tres españoles, un guatemalteco y un nicaragüense.
Pero además de expedicionarios, había expedicionarias, «cuatro compatriotas en calidad de combatientes: Dominicana Perozo, hermana de Manuel de Js. Perozo (Masú), quien vino por Estero Hondo, perteneciente a la familia mártir de Santiago; Dulce Díaz, igualmente de Santiago; Betty Rodríguez, de Bonao; y Linda Ortiz, de Santo Domingo. Estas 4 mujeres, además de entrenarse como cualquier otro miembro del ELD, lavaban la ropa de los expedicionarios, cocinaban para toda la tropa, hacían la limpieza de las “chabolas” en que dormían los integrantes del ELD y fungían de enfermeras. Al acercarse la fecha de la salida de los expedicionarios, fueron trasladadas a La Habana con el pretexto de recibir entrenamiento en primeros auxilios, para evitar su participación y desligarlas de los planes bélicos».
El disgusto de aquellas mujeres cuando supieron que habían sido marginadas y abandonadas sólo es posible imaginarlo, igual que la amargura, el dolor con el que darían seguimiento a los acontecimientos. Sus compañeros salvaron sus vidas, pero es muy posible que hubieran preferido perderlas que permanecer al margen de los acontecimientos.
Todo el entrenamiento estuvo a cargo de veteranos cubanos que dividieron la fuerza expedicionaria en cinco pelotones: el Juan Pablo Duarte, el Máximo Gómez, el Gregorio Luperón, el José Martí y el Simón Bolívar, y cada pelotón se articulaba en cinco escuadras de diez guerrilleros cada una.
El entrenamiento fue tan duro como podía imaginarse. Los hombres fueron sometidos a todo tipo de rigores diurnos y nocturnos, a marchas interminables, a ejercicios de fortalecimiento. Aprenderían a orientarse en los montes con brújula y sin brújula, a hacerse expertos en el manejo de rifles de diferentes marcas, en el arme y desarme, en el manejo de ametralladoras de alto calibre, en el uso de morteros y granadas de fragmentación y minas, en el uso de explosivos, en mantenimiento básico de herramientas en técnicas de supervivencia, igual que emboscadas y trampas y tácticas de guerra asimétrica.
Dice Cordero Michell que el proyecto original consistía en lanzar dos excursiones aéreas por San Juan de la Maguana y Constanza, dos desembarcos marítimos por la costa norte y dos por el sur.
Lamentablemente sólo se pudo conseguir un avión, un C-46 y los desembarcos se redujeron a dos y sólo tendrían lugar en Sosúa y la Isabela. Los expedicionarios deberían entonces subir a marchas forzadas hacia el macizo central o la Cordillerra Septentrional y consolidarse.
«Una vez allí, siguiendo el patrón de referencia del reciente triunfo cubano, se comenzaría a crear la base social guerrillera, la incorporación del campesinado, de los sectores antitrujillistas populares y de las mismas fuerzas armadas que se suponía se les unirían en las montañas». (3)
El gran problema, como afirma lucidamente Cordero Michel, es que se intentó calcar la experiencia foquista del castrismo «sin tener en consideración las enormes diferencias en los procesos históricos de los pueblos cubano y dominicano durante los años 1930-1960, y que el Movimiento Revolucionario 26 de Julio contó, en todo momento, con un eficaz apoyo revolucionario interno. Por eso mismo, el planteamiento de que el foco guerrillero crearía las condicione revolucionarias dominicanas, sin contar con el más mínimo contacto con núcleos de la oposición interna (que los había dispersos), aseguraba de antemano el fracaso militar de las expediciones». (4)
(Historia criminal del trujillato [175])
Bibliografía
Robert D. Crassweller, «The life and times of a caribbean dictator».
Notas:
(1) Emilio Cordero Michel, «Las Expediciones de Junio de 1959», pgs. 101,102 , Revista Clío No. 17.
(2) Armando J. Lora. Invasión, 2a. ed. Santiago de los Caballeros, 1985, pp.46-48 (Citado por Cordero Michel).
(3) Emilio Cordero Michel, «Las Expediciones de Junio de 1959», pgs. 107, 108.
(4) Ibid.

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