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15/8/26

Otros destinos, otros héroes (2): El grupo de Gómez Ochoa

Pedro Conde Sturla

El grupo de Gómez Ochoa había logrado eludir la persecución y el cerco y mantenerse unido por mayor tiempo que todos los demás. Incluso tuvo enfrentamientos en los que ocasionó perdidas sensibles al ejército de la bestia. Poco a poco, sin embargo, se fue disgregando y ya casi al final, es decir, unas tres semanas después del desembarco, se había reducido a unos cinco miembros.

Sólo quedaban los cubanos Delio Gómez Ochoa, su asistente Frank Heberto López Fonseca, su ahijado Pablito Mirabal y los dominicanos, Poncio Pou Saleta y Merardo Germán.


El comandante Ochoa y algún otro contemplaban la posibilidad de escapar por Haití, pero la empresa era en extremo difícil y la verdad es que todos estaban agotados, al límite de sus fuerzas. La idea de entregarse al despiadado enemigo cobraba cada día más vigor.

Dice Anselmo Brache que el general Mélido Marte había designado a unos civiles para negociar la rendición, pero la iniciativa no generaba confianza.

Finalmente Poncio y Merardo se entregaron a un sacerdote español que los condujo en presencia de Mélido Marte:


«Llegaron los tres donde el general Mélido Marte, que estaba acampado en Los Mañanguises, quien les dio en esa ocasión un tratamiento de prisioneros de guerra, librándolos de algunos guardias que querían matarlos, repitiendo el mismo estribillo que conocemos. El general Marte les reprendió con ironía, que si pretendían dárselas de guapos, porqué no fueron a las montañas detrás de ellos». (1)

Al día siguiente los militares reemprendieron la persecución de Ochoa y los otros dos cubanos. Esta vez fueron enviados unos treinta soldados y civiles, aparte de unos perros entrenados para rastrear, que se convertirían en los héroes de la misión.

El día 11 de julio, en efecto, los perros encontraron a los insurgentes en un cerro espinoso donde crecían guayabas y abundante maleza. Creían haber acampado al lado de un arroyo en el monte, pero el arroyo era una cuneta al lado de un camino vecinal. Y además estaban durmiendo a pierna suelta.

«Estábamos rendidos —dice Gómez Ochoa— por la debilidad y el cansancio, apenas podíamos caminar, dormíamos al lado de lo que creíamos era un pequeño arroyo, donde llenamos las cantimploras en un hilo de agua que corría, lo que resultó ser el desagüe o cuneta de un camino, fuimos despertados cuando unos perros entrenados, nos lamían la cara al amanecer». (2)

De ese lugar, dos de los cubanos fueron llevados a Constanza, donde fueron entregados a Juan Tomás Díaz, y luego conducidos al aeropuerto en un carro. Esta vez sería Juan Tomás Díaz el que reprimió a los impacientes. Dice Anselmo Brache que «
Un grupo de soldados y legionarios se acercaron al carro en actitud belicosa, con fusiles palanqueados, queriéndolos arrancar de adentro del automóvil, por lo que el general Díaz tuvo que usar fuertes palabras con ellos, diciéndoles: "Pilas de pendejos, los quieren agarrar mansitos, pero no se atrevieron a ir a buscarlos a la montaña». (2)

En un avión, amarrados a los asientos, fueron trasladados a San Isidro. En las mismas condiciones, pero no en avión, sino en helicóptero, transportaron a Poncio Pou Saleta y Francisco Merardo Germán Santos.


Frank López, el asistente de Ochoa, no tuvo esa suerte. Frank hablaba de más. Era imprudente. Quizás, gobernado por los nervios, se puso a hablar de unos pertrechos que había enterrado en algún lugar. A Frank, desde luego, lo mandaron a buscar los pertrechos en compañía de unos guardias. Lo matarían unos días más tarde en San Isidro. En su muerte quizás incidió el hecho de que los periodistas extranjeros no lo habían visto.

Cuenta Anselmo Brache que al llegar a San Isidro los cuatro prisioneros recibieron un tratamiento correcto, que parecía engañoso y no dejaba de serlo. Les dieron jabón y ropa limpia y les permitieron bañarse. Después Ramfis procedió a interrogarlos, empezando por Ochoa. Ramfis hacía preguntas al por mayor y al detalle. Se comportaba con corrección, con engañosa corrección. Al cabo de un tiempo se levantó para ir al baño y advirtió a sus subalternos que no les pusieran las manos a los prisioneros: que por ningún motivo les pusieran las manos encima a los prisioneros. Pero la advertencia era taimada, era equívoca, era una señal, era una orden al revés.

En cuanto Ramfis desapareció de la escena entraron en acción los impacientes verdugos: El general Arturo Espaillat (el escalofriante Navajita, apodado también la Gillette), el mayor César Báez y Johnny Abbes García.

Navajita continuó con el interrogatorio a Ochoa, mientras los demás se divertían aplicando picanas eléctricas a los otros prisioneros en la nuca y en las orejas y otras partes sensibles. A juzgar por los espantosos gritos de dolor, se ensañaron, al parecer, con Pablito Mirabal. Ramfis los escuchó y reapareció indignado o fingiendo indignación, castigó a sus hombres con una fingida reprimenda y los echó teatralmente del lugar.

Más tarde, por invitación de su hijo Ramfis, se unió a los interrogatorios el mismo Trujillo, el generalísimo en persona, y se antojó de inmediato de que trajeran a Juan de Dios Ventura en presencia de Ochoa y los demás para que lo vieran. Dice Anselmo Brache que Ramfis se opuso con cierta firmeza. Juan de Dios era un muerto vivo y no podía caminar. Pero la bestia insistió. Quería seguramente que lo vieran, que se vieran en el espejo de los que les iba a pasar. Además, la bestia quería regocijarse viéndolo. Quería recrearse en sus miserias.

Ramfis seguía diciéndole que no podía caminar, que apenas podía moverse, que estaba más muerto que vivo. Pero Trujillo insistió y dio una orden que daba por terminada la argumentación. Ordenó que los trajeran los guardias y los guardias se lo trajeron, tal vez cargado o arrastrado, pero el hecho es que lo trajeron y Ramfis tuvo que morderse la lengua.

«A los 15 minutos — dice Anselmo Brache— llegaba una sombra en pijama, un espectro de la muerte de unas 80 libras, tenía que ser ayudado hasta para sentarse, tenía una pierna inutilizada y la otra apenas podía moverla.
»Delio no pudo evitar un gesto de asombro e impresión al verle, en esas condiciones, quizás pensando que podía pasarle lo mismo. No se pudo hablar, pues a Juan de Dios, en lugar de voz le salía de su garganta, más bien, un ronquido apenas audible. Se dio la orden de llevarlo nuevamente al hospital, donde le reanimaban para volver a torturarle». (3) p. 243

Se dice que a Juan de Dios Ventura Simó le habían desencajado la cabeza del fémur de la cavidad de la pelvis, que tenía la pierna colgando, y que la otra pierna se la habían roto o astillado. Seguramente no tenía un hueso sano. Quizás también le habían quebrado el alma.

La repatriación armada (19)
(Historia criminal del trujillato[191])
Notas:
(1) Anselmo Brache Batista, «Constanza, Maimón y Estero Hondo: Testimonios e investigación sobre los acontecimientos», p. 243
(2) Op. Cit., p. 245

(3 Op. Cit., 243

(3) Op. Cit., p. 246 


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