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19/6/26

Pesadilla en el Carmen Elsa

 Pedro Conde Sturla

La lancha Tínina andaba en busca del yate Carmen Elsa, con el cual había perdido contacto, pero el reencuentro no se produciría sino hasta varios días después. El Carmen Elsa estaba perdido. Debía haber atracado en Sosúa, mientras la Tínina lo hacía en La Isabela, pero el yate Carmen Elsa, como ya dijo, sufrió averías, es decir,fue averiada a propósito.


Todo fue obra del capitán Stelio Bellelis y su segundo al mando, Constantin Theodorakis, los dos griegos que debían conducir a los 121 hombres del Carmen Elsa a sosúa y resultaron ser agentes infiltrados. Ya se mencionó que tiempo antes de zarpar habían pasado información sobre los planes de invasión a la Embajada de Estados Unidos en La Habana. Además al momento de zarpar de Bahía de Nipe, realizaron una maniobra imprudente que estuvo a poco del provocar una colisión con la Tínina. Lo peor sucedió en alta mar donde se produjeron daños mecánicos, se estropeó de alguna manera el mecanismo del timón del yate y empezaron a navegar en círculos. No menos grave fue arrojar deliberadamente al mar parte del combustible.

Como dice Emilio Cordero Michel, lo que vivieron en esos tres días los expedicionarios del Carmen Elsa fue una verdadera pesadilla: «Rotura del timón, agotamiento del combustible, de los alimentos y del agua, navegación al garete con mar gruesa, mareos, vómitos y deshidratación de casi todos los navegantes, situación que se agravó con el sofocante calor y el hacinamiento de 121 hombres bajo la cubierta de la pequeña nave. Hay que imaginar cómo se sentían esos patriotas: angustiados y temerosos de que el yate fuera detectado flotando como un tronco en el océano y destruido por la aviación o marina trujillistas; desesperados por estar aislados de los demás compañeros a quienes imaginaban combatiendo en Constanza y La Isabela sin su apoyo; frustrados por no haber podido cumplir su misión; en definitiva, el Carmen Elsa se convirtió en una especie de infierno flotante». (1)

Tantas y tan graves irregularidades causaron alarma entre los expedicionarios que comenzaron a sospechar que no se trataba de eventos fortuitos. Se dieron cuenta finalmente de que se trataba de un sabotaje, que se trataba de una traición. Entonces pasó lo que tenía que pasar: los ánimos se caldearon y la cosa se puso difícil para los griegos. Los expedicionarios, con justa razón, intentaron lincharlos, acribillarlos a tiros, y de seguro los maltrataron, les darían una buena dosis de golpes. Se salvaron, provisionalmente, gracias a la intervención del comandante José Horacio Rodríguez. Una intervención justificada. El orden había que mantenerlo a toda costa.

El comandante Rodríguez tomó después una decisión peligrosa, la de romper el silencio de radio y llamar por ayuda, una petición radial que tanto habrían podido oír en La Habana como en las naves que los habían escoltado o en Ciudad Trujillo. El hecho es que alguien respondió al mensaje, y fue, por suerte, un aliado. Por suerte respondieron y acudieron en su auxilio las «tres fragatas: Martí, Maceo y Máximo Gómez, que tenían el nombre clave de Picúa, Tintorera y Tiburón. En la madrugada del día 17, el Carmen Elsa fue rescatado y remolcado por la fragata Maceo hasta uno de los cayos de Gran Inagua. Allí se repararon los motores, se repusieron un poco los expedicionarios, se reaprovisionó el yate de combustible, agua potable y galletas de soda». (2)

Los saboteadores griegos, por otra parte, fueron relevados y arrestados, fueron llevados a Cuba y juzgados, vituperados, probablemente maldecidos, hijoputeados y puntualmente ejecutados por traición.

El hombre que reparó el timón y los motores de la embarcación fue José Messón, un sargento y además mecánico de la marina de guerra dominicana que trabajaba en el yate presidencial Angelita y desertó para unirse a los expedicionarios. En adelante, Messón asumiría el mando del Carmen Elsa. El sería de ahí en adelante el verdadero capitán de la nave, el condujo a sus tripulantes, para bien o para mal, a su destino final en Maimón. El sufriría, en prisión, un martirio semejante al de Juan de Dios Ventura Simó.

Con las fragatas apareció también la Tínina y volvió a juntarse con el Carmen Elsa. La determinación seguía firme y la moral de los hombres alta, a pesar de las adversidades. En algún «momento —dice Hamlet Hermam—, los comandantes de las fragatas informaron a Rodríguez y a Campos Navarro sobre el asedio y aniquilamiento de que estaban siendo víctimas los expedicionarios que desembarcaron por Constanza cuatro días antes, el 14 de junio de 1959. El comandante de la fragata “Antonio Maceo” señaló que tenía instrucciones de llevarlos a territorio cubano en caso de que los expedicionarios decidieran no realizar el desembarco. Advirtió, además, que ya había desaparecido el factor sorpresa del ataque conjunto. Las informaciones que los comandantes de las fragatas cubanas proporcionaron a José Horacio Rodríguez y a Toñito Campos reflejaban, ya en ese momento, el fracaso total de ese intento libertador. Estos, a su vez, lo comunicaron a los voluntarios antitrujillistas que se habían comprometido a luchar hasta el final. Y ninguno reculó ni intentó abandonar el compromiso de desembarcar por la costa norte para converger en las montañas como fuerza única de combate». (3)

A pesar del fracaso, ninguno de los hombres se sentía derrotado. José Cordero Michel protestó de inmediato. Dijo que no, que iban a abonar con sangre las playas de la República Dominicana, que estaba seguro, cojonudamente seguro de que en esa sangre germinaría el árbol de la libertad.

Algo semejante diría Federico Larancuent y todos lo secundaron. Ninguno quería echarse atrás. Querían combatir a todas costa, querían morir si fuera necesario.

«El patriotismo y el desprendimiento [primaron] sobre todas las cosas y el espíritu de sacrificio se convirtió en una especie de obsesión colectiva. Según aseveración del Dr. Virgilio Maynardi Reyna (…) sus compañeros “Decidieron emocionados proseguir la invasión sabiendo que iban a morir. Querían morir”. (4)

Ese era el espíritu de los hombres de la raza inmortal. Se lo jugaban todo a patria o muerte, a vencer o morir. No había vuelta atrás

«Veintidós hombres de los que viajaban en el Carmen Elsa fueron regresados a Cuba por encontrarse en pésimas condiciones de salud. Ambos yates reanudaron entonces la navegación hacia República Dominicana. El Carmen Elsa iría escoltado por la fragata José Martí y la Tínima estaría acompañada por la fragata Antonio Maceo. La fragata Máximo Gómez velaría por la totalidad de las naves en movimiento. A las cinco de la tarde del jueves, 19 de junio, cesaría el acompañamiento de las naves cubanas mientras, por última vez, suministraban comida caliente y agua potable a los expedicionarios». (5)

Los planes habían cambiado, ahora sabían que Trujillo estaba prevenido y no desembarcarían en Sosúa ni en La Isabela. Los nuevos puertos de destino serían Maimón y Estero Hondo. 

La repatriación armada (11)
(Historia criminal del trujillato[183])
Notas:
(1) Emilio Cordero Michel, «Las Expediciones de Junio de 1959»
p.121
(2) Ibid. p.122
(3) Hamlet Hermam, “Fragatas de la solidaridad”, (https://share.google/PgmfNglwrGvZI33p9)
(4) Emilio Cordero Michel, op. cit., p. 123
(5) Hamlet Hermam, op. cit.

1 comentario:

  1. Lo cierto es que los dominicanos han demostrado muchas veces su valentía en la tierra y en el mar, pero pocas gestas reflejan tanto coraje como la de aquellos expedicionarios que, sabiendo que podían morir, eligieron seguir adelante. Su sangre no fue derramada en vano: ayudó a sembrar el árbol de la libertad que hoy nos cobija. Honra y gratitud a todos ellos.

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