Pedro Conde Sturla

La lancha Tínina, con sus cuarenta y ocho hombres apiñados en la cubierta y la cabina, se acercó a unos doscientos metros de la costa y se inició el desembarco. Era un lugar llamado Punta Rucia, situado en las inmediaciones de Estero Hondo, que comparte la misma franja costera.
Paradójicamente, las aguas del litoral (no del estero en sí), son poco profundas y transparentes, con una superficie mansa, suave, como las de una laguna. Una parte de los hombres llegaría vadeando a la orilla, otros en un bote salvavidas de goma y el resto en la yola de un pescador que se acercó a curiosear, en compañía de un hijo.
Durante la operación no hubo ningún incidente que lamentar, pero el comandante de la expedición, José Antonio Campos Navarro (aliasToñito), había muerto de una manera absurda poco antes de llegar.
Fue algo que ocurrió en la madrugada, cuando todavía estaba oscuro. El comandante, igual que todos los expedicionarios, ya tenia su equipo puesto, incluyendo la pesada mochila, pero algo en la popa del Tínina llamó su atención y fue a a averiguar. Quizás se inclinó para revisar, quizás tropezó. El hecho es que cayó al agua y probablemente se hundió. Se hicieron de inmediato todos los esfuerzos para rescatarlo, pero todos los esfuerzos fueron inútiles. No pudieron encontrarlo, no volvieron a verlo. Seguramente se había ahogado en aquellas aguas oscuras y los demás hombres seguirían su camino.
Al llegar a la orilla se dividieron en dos grupos. Uno se dirigió al llano, en dirección a la cordillera septentrional y otro en dirección a unos acantilados donde se veían unas cuevas en las que buscaron refugio, un refugio que se suponía momentáneo, pero las cosas saldrían de otra manera. La idea era ganar las montañas para reagruparse más adelante y eventualmente hacer contacto con expedicionarios del Carmen Elsa, cuya suerte ignoraban. Sin embargo, a partir de las ocho de la mañana empezaron a dejarse sentir los aviones. Y muy pronto empezarían los ametrallamientos y bombardeos. Bombardearían los aviones y bombardearía una fragata que llegaría un poco más tarde. La buena suerte se había acabado.
El primer objetivo y la primera víctima fue la abandonada lancha Tínina. Se dice que el mismo Ramfis Trujillo ordenó ametrallarla y hundirla, igual que después ordenaría sacarla a flote y trasladarla a puerto Plata.
Cuenta Anselmo Brache que a eso de las nueve de la mañana llegaron los primeros refuerzos, procedentes de Mao, un grupo de ciento siete reclutas que la bestia había ordenado escoger entre campesinos de montaña. Después llegaron tanques desde Santiago Rodríguez, tropas desde Guayubín, Santiago, y llegaron tropas desde Moca, Monte Cristi y Dajabón, tropas y baterías de artillería, compañías de morteros, carros de asalto.
Como dice Emilio Cordero Michel, se repitió en Estero Hondo lo mismo que en Maimón contra los expedicionarios que se habían refugiado en las cuevas. Un bombardeo feroz, indiscriminado, un continuo fuego de ametralladoras, cañonazos, cohetes, fuego desde mar y tierra y aire, hasta el punto de que los acantilados cambiaron de color, se volvieran casi blancos a fuerza de metralla. Pero a pesar de la potencia e intensidad del fuego se produjeron pocas bajas ese día. Las cuevas ofrecían una inmejorable protección, pero eran al mismo tiempo un encierro en el que no podían permanecer. Habían estado resistiendo durante todo el día 20, el día del desembarco, pero tenían que abandonar el área y la abandonaron. Lograron burlar el cerco, escabullirse, huir de los más de tres mil soldados que se habían congregado en el lugar. En horas avanzadas de la noche se fueron deslizando como sombras en pequeños grupos, abandonaron subrepticiamente la protección de las cuevas y se dirigieron hacia el sur, intentarían cruzar la carretera Santiago-Monte Cristi, el entonces copioso río Yaque del Norte, internarse en la Cordillera central.
Desgraciadamente la región estába siendo azotada por una sequía y el terreno era llano. Era una zona de cactus y guasábara. El agua y la comida eran como quien dice inexistente. Para peor, como dice Anselmo Brache, todo lo que se movía se podía ver desde lejos. No fue nada difícil ubicarlos, acorralarlos, diezmarlos.
«El frente de Estero Hondo, aunque no sufrió la rudeza de los bombardeos y ametrallamientos en el momento del desembarco, como ocurrió en Maimón, tuvo una gran desventaja: el terreno era llano, lo que permitió que el Ejército los cercara con mayor facilidad, era sumamente árido y la gran sequía de la Línea Noroeste dificultó enormemente la obtención de agua. Esa situación, además de la falta de comida y el agotamiento físico, determinó que los 48 expedicionarios fueran sometidos y apresados en apenas 2 semanas». (1)
Además, el ejercito dio inicio a una campaña de terror contra los campesinos, empezó a asesinarlos con el propósito de aterrorizarlos, de impedir que colaborasen con los guerrilleros. Esa matanza se sumaba a la que provocaban los aviones con sus bombardeos indiscriminados, que muchas veces alcanzaron a la población civil.
Aun así, algunos expedicionarios lograron cruzar la carretera y avanzar hacia el sur, pero eventualmente caerían prisioneros o fueron abatidos. Otros decidieron no rendirse, se reventaban a sí mismos con granadas de mano o se enfrascaban en furiosos tiroteos contra fuerzas superiores y perdían la vida.
Uno de los episodios más curiosos de la contienda, según cuenta Anselmo Brache, tuvo lugar en la sección de El Papayo, cuando el mayor Anselmo Pilarte, al frente de su tropa de reclutas, se encontró y enfrentó con uno de los grupos de expedicionarios. El combate, de seguro, sería breve e intenso y se produjeron muertos y heridos en uno y otro bando.
Entre los heridos estaba el mismo oficial Pilarte. Al parecer su tropa se dispersó y el mayor quedó en manos de los insurrectos. Y por suerte, también, en manos del doctor y guerrillero Octavio Mejía-Ricart. Quizás en ese momento (rodeado de gente a la que la propaganda del régimen describía como comunistas ateos y disociadores), el mayor Anselmo Pilarte se daría por muerto. Pero no moriría. Mejía-Ricart le brindó primeros auxilios, habló un rato con él, detendría el sangrado, le pondría una venda, lo atendió con los medios a su disposición. Finalmente lo dejaron en un lugar apropiado donde pudo ser rescatado… Vivió para contarlo.
En cambio Mejía-Ricart fue hecho prisionero el 22 de junio y el trato que recibió fue muy diferente. Lo llevaron a Santiago, amarrado como un andullo y con signos visibles de torturas. Estaba herido en la nuca, una fea herida de machete, y le habían dado un balazo en el hombro. Moriría de mala muerte en San Isidro, donde sufrió torturas y vejaciones. Moriría tras horribles padecimientos, como murió la mayoría de los expedicionarios.
La repatriación armada (14)
(Historia criminal del trujillato[186])
Bibliografía:
Anselmo Brache Batista, «Constanza, Maimón y Estero Hondo: Testimonios e investigación sobre los acontecimientos».
Emilio Cordero Michel, «Las Expediciones de Junio de 1959»,
Nota:
Emilio Cordero Michel, «Las Expediciones de Junio de 1959», p. 159.
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