Pedro Conde Sturla

Las dos embarcaciones se deslizaban en paralelo a la costa norte, escoltadas por las fragatas cubanas. Todo el litoral estaba custodiado por una fragata y un guardacostas de la marina de guerra dominicana, lo que indicaba que los servicios de inteligencia de la bestia y del imperio estaban advertidos. Tenían conocimiento de lo que se proponían los expedicionarios y en cualquier momento podía ocurrir un encuentro desagradable, como en efecto ocurrió más adelante.
El yate Carmen Elsa transportaba ahora noventa y seis hombres en lugar de los ciento veintiún originales y se dirigía a la bahía de Maimón. En la lancha Tínina había cuarenta y ocho y se dirigía a Estero Hondo (unos veintidós kilómetros de distancia).
A eso de las cinco de la tarde del día 19 de junio hicieron un alto, una parada para comer. No era cualquier parada ni era cualquier comida. Era comida caliente, de la que se preparaba en las fragatas cubanas. La última comida caliente de las vidas de aquellos temerarios.
El viaje seguiría después de una hora y, a una distancia prudente (cerca de sesenta millas de la costa), los capitanes de los buques cubanos dieron por terminada su misión y regresaron a Cuba, quizás con el alma encogida, quebrantada. Quizás con el alma contrita por lo que sospechaban que iba a suceder.
En adelante el Carmen Elsa y la Tínina navegarían a toda marcha en dirección a la costa, la parte más peligrosa del viaje. Era necesario llegar a puerto y desembarcar lo más rápidamente posible. Pero el Carmen Elsa no tuvo suerte.
Al amanecer del 20 de junio —dice Emilio Cordero Michel—, cuando estaba casi llegando a la bahía de Maimón, el yate Carmen Elsa fue sorprendido por el guardacostas CG-101, que lo intimó a detenerse. El yate, desde luego no se detuvo y el fuego enemigo no se hizo esperar. Primero fue un disparo de advertencia. Luego, casi enseguida, se sintió el sonido ronco de una ametralladora pesada y la detonación de un cañón antiaéreo de 30 mm. Los expedicionarios respondieron con disparos de fusil y de una ametralladora pesada, una calibre .50 instalada en la proa, y se cree que causaron unas tres bajas. Pero el combate naval era muy desigual. La ametralladora podía, por sí sola, causar destrozos en el Carmen Elsa y un impacto del cañón podía hacerla trizas. Por suerte, una suerte momentánea, aparte de las bajas, el guardacostas sufrió una rotura en el cable del timón y las dos poderosas armas automáticas se trabaron. De inmediato dieron aviso a la base de San Isidro (si acaso no habían avisado antes), de la presencia de los expedicionarios y de la situación en que se encontraban. Los aviones de la fuerza aérea estarían en el lugar en pocos minutos y empezarían a vomitar fuego y metralla.
El encuentro inesperado con el guardacostas y las maniobras defensivas impidieron atracar y desembarcar en Maimón. El Carmen Elsa se vio forzado a buscar la protección de unos acantilados en un lugar a corta distancia llamado Ensenada de la Pava o del Bufeadero, que tiene un minúsculo tramo de unos cien metros de playa. Allí decidió Messón, el timonel José Messón Acosta, encallar la nave y efectuar el desembarco.
Un desembarco frenético, desde luego, precipitado, para ganar tiempo internándose en tierra, para evitar el contacto con un puesto de guardias que se encontraba cerca del lugar y tratar de evadir el fuego de los aviones que se acercaban a toda prisa.
Primero llegó una escuadrilla de P51 Mustang D, los temibles cazabombarderos equipados con seis ametralladoras Browning calibre .50 y mil libras de bombas y cohetes). Luego llegaron los Vampiros (Havilland Vampire DH. 100 a reacción), equipados con cuatro cañones frontales de 20 mm., cohetes no guiados y tanques de napalm (una terrificante gasolina gelatinosa inflamable que alcanza altísima temperatura y se adhiere a la piel y a todo lo que toca.)
Cuando aparecieron los aviones (de los cuales se escuchaba con antelación el rugido), la mayoría de los hombres del Carmen Elsa estaba subiendo a la parte montañosa que bordea el pequeño valle en que se encuentra la zona, pero otros estaban rezagados. Para peor, a los aviones se uniría más tarde un destructor de la marina, quizás el mejor equipado. De hecho, la fuerza aérea y la armada dominicana durante el gobierno de la bestia eran de las mejores del Caribe.
El Carmen Elsa y la zona de desembarco fueron los primeros objetivos. El yate, por supuesto, fue destruido, reducido probablemente a una masa humeante, a escombros. Pronto empezaría a llover metralla, bombas y napalm sobre todos los seres vivientes del lugar, sobre los guerrilleros y todo lo que se moviera. Guerrilleros, campesinos, guardias, ganado…
Los aviones ejecutaron un bombardeo feroz, masivo, intensivo y hasta un cierto punto desproporcionado, que provocó incendios forestales y dejó chamuscada una amplia zona.
Una parte delos expedicionarios murió en el desembarco o tratando de ganar la montaña. Uno de ellos, el fiero comandante Jose Horacio Rodríguez, tuvo la suerte de morir durante los primeros minutos de combate y librarse de la tortura y el escarnio al que la bestia y el hijo de bestia sometían a los prisioneros.
Otros quedaron atrás, heridos o malheridos, y sufrirían las penas del infierno en la tierra.
El objetivo de los hombres del Carmen Elsa, dice Emilio Cordero Michel, era ascender hasta la finca ganadera La Catherine y el Peñón de las dos hermanas, unos promontorios rocosos que permitirían a los expedicionarios (quizás cuarenta de ellos) parapetarse en sus cavidades y laderas y entablar un feroz combate. En ese lugar montaron dos ametralladoras de calibre .30 y .50 y decidieron echar el último pleito, vender bien caro el pellejo.
«Ya a media mañana habían llegado la artillería y los blindados, que se unieron al concierto de fuego contra los expedicionarios. Allí se combatió por 3 días seguidos sin que los constantes ametrallamientos, lanzamientos de cohetes y bombardeos aéreos, ni la saturación artillera, de morteros, de tanques y de fusilería arredrara a los expedicionarios: habían venido a morir y sólo dejaron de disparar cuando se les acabó el parque. Algunos murieron durante esos 3 días de fuego infernal, poquísimos quedaron heridos y muchos fueron hechos prisioneros, llevados a Santiago y desde allí transportados por avión a la Base Aérea de San Isidro». (1)
(La repatriación armada (12)
(Historia criminal del trujillato[184])
Nota: Emilio Cordero Michel, «Las Expediciones de Junio de 1959», pgs.125, 126.
No hay comentarios:
Publicar un comentario