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23/5/26

La repatriación armada (7) Infierno en las montañas

Pedro Conde Sturla 
En principio, el avión estaba supuesto a aterrizar en San Juan de la Maguana, pero Juan de Dios Ventura Simó lo desaconsejó. Ventura Simó viajaba como asesor, como ingeniero de vuelo por haber sido piloto de la Aviación Militar Dominicana (AMD) hasta el momento de su deserción dos meses atrás y por su mayor experiencia. Conocía los aeropuertos del país y, a su juicio, la pista de San Juan era demasiado corta y el avión llevaba mucho peso y muchos explosivos, lo que obligaba a un difícil y peligroso aterrizaje, con el riesgo de que la nave sufriera averías que le impidieran regresar a Cuba, como estaba previsto.

Fue un cambio de planes probablemente favorable a pesar de que Constanza, por ser un aeropuerto de montaña, estaba fuertemente custodiado. Había mercenarios de la Legión Extranjera y había una numerosa presencia militar, pero el lugar se prestaba quizás mejor que ninguno para un desembarco guerrillero.

Constanza, muy pronto, estaría a la vista. Varias veces se oyó cantar el Himno Nacional. Lo cantaban con emoción, con verdadero sentimiento.

El momento había llegado. Después de tanto fatigar durante tantos meses de duro entrenamiento en el campamento de Mil Cumbres, el momento decisivo había llegado. La expectación crecía en la medida en que el avión se acercaba a la pista y en el momento en que aterrizó los nervios se tensaron. Quizás al mismo tiempo empezaría la balacera.


«El avión voló sobre el pueblo, luego sobre el aeropuerto, donde dio una vuelta para evadir las nubes, y aterrizó de oeste a este. De los ocupantes descendieron 54 combatientes rumbo a las montañas de Constanza, aterrizando a las 6:25 p.m. (hora de Cuba y también local). El desembarco duró 8 minutos. De la vanguardia, compuesta por 5 Voluntarios para proteger el descenso de los demás expedicionarios, el primero en bajar fue el capitán Ramón —Nené— López, cubano, luego el

resto: Gaspar (Tony) Rodríguez Bou, Mayobanex Vargas, Fellín Moore y Juan Antonio Almánzar. El sexto en bajar fue el comandante Delio Gómez Ochoa (cubano) ». (1) p. 106


Al final de la pista, mientras los pilotos del avión se preparaban para maniobrar y levantar el vuelo de regreso, los hombres empezaron a desembarcar rápidamente usando un tablón por el cual se deslizaban como por un tobogán, pero el tobogán no duró mucho. A causa de la vibración, el fuerte viento que tiraban las hélices, la prisa y los nervios y un probable descuido, el tobogán cayó al suelo y nadie se ocupó de recuperarlo. Los demás (incluyendo al ingeniero de vuelo,
 que no tenía entrenamiento y debía volver a Cuba), se tirarían o se descolgarían del avión desde una altura considerable. 

Aparte de las balas, la posibilidad de romperse un hueso o quedar inutilizado por la caída representaba la muerte, la captura, la tortura y la muerte. Afortunadamente no hubo daños mayores entre los expedicionarios. Lo lamentable es que en la prisa dejaron una de las cosas más importantes: un equipo portátil de comunicación, aparte de bazucas y minas y explosivos quizás demasiados pesados y engorrosos. Por lo demás fue todo un éxito. Incluso el avión, según se sabe, pudo regresar a Cuba con apenas unos cuantos agujeros en el fuselaje.

Tanta fue la suerte que hasta en un primer encuentro con una patrulla motorizada de la aviación los insurgentes salieron bien librados. En cambio lograron matar, según se dice, a varios guardias y un oficial.


Así lo cuenta Anselmo Brache:


«Se acercaron dos vehículos (un carro y un jeep) con sol-

dados a observar la operación. Los expedicionarios les

abrieron fuego, destruyendo a uno de ellos. El otro regresó.

Posteriormente aclaraba el raso Ricardo Antonio González,

quien era el chofer del carro destruido, que al ver el avión

mientras daba el giro se dirigió al aeropuerto a recibir los

pilotos, le acompañaba la hijita del mayor Fabio Chestaro,

comandante de Constanza y un segundo teniente, también

le seguía un jeep (Land Rover). Ya sobre la pista notaron a 5

hombres que protegían el avión, "no amigos", ", por lo que

tuvieron la intención de estrellarse en el tren de aterrizaje 

del avión, entonces aumentaron la velocidad pero recibieron ráfagas que le destrozaron el parabrisas, el vidrio trasero, las gomas delanteras y otros impactos, uno de los cuales perforó la tubería de la gasolina, incendiándose, finalmente. Obligados a detenerse pudieron salvarse, arrojándose a la cuneta. El jeep giró para devolverse, recibiendo 17 perforade costado, de la puerta hacia atrás, salvándose así el cabo que lo conducía». (.  ) P.  107


En algún lugar se dividieron en dos grupos, aunque quizás sin proponérselo. Quizás, como afirma Emilio Cordero Michel: «se dividieron, inconscientemente, en dos grupos: uno con 34 expedicionarios al mando del comandante Enrique Jiménez Moya; otro de 20, comandado por Delio Gómez Ochoa. El primero tomó el rumbo hacia El Río y Tireo, al norte, zonas muy pobladas y con vías de comunicación, mientras el segundo buscó la zona de Los Botados, hacia el sureste, donde la densidad de población era bajísima y muy escasas las fuentes de suministros alimenticios. Los integrantes de ambos grupos jamás volvieron a encontrarse, a menos que fuera siendo prisioneros en San Isidro o en las cámaras de tortura de La 40 y El 9». (1)

Ramfis Trujillo (que detentaba en ese momento el muy pomposo cargo de Jefe de Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas de Aire, Mar y Tierra), tomó desde el primer momento el mando de las operaciones de aire, mar y tierra.

Dice Emilio Cordero Michel que tanto Ramfis como sus envanecidos oficiales creían poder liquidar a los expedicionarios en menos de veinticuatro horas. Contra ellos se lanzó, con tal propósito, una manada de unos tres mil soldados. Creían firmemente que «la limpieza y exterminio final los harían sus compañías de fusileros, las tropas regulares del Ejército, la Legión Extranjera Anticomunista y los llamados “Cocuyos de la Cordillera”». (2)

A la infantería se sumaría la aviación.

Lo que se desató en esas lomas, apenas un día después del desembarco guerrillero, fue un pandemonio, un verdadero pandemonio, un bombardeo indiscriminado que acabó con las vidas de numerosos campesinos. De los mismos campesinos que hostigaban y perseguían espontáneamente a los guerrilleros.

Dice Emilio Cordero Michel que se utilizó hasta napalm y se utilizó desde luego toda la infernal parafernalia de que disponía el régimen de la bestia. Las aterradoras escuadrillas de bombarderos y caza iban y venían todo el día esparciendo bombas explosivas e incendiarias sobre todas aquellas montañas donde se suponía que pudieran estar los insurrectos.

Los continuos bombardeos, sin embargo, no provocaron bajas entre los guerrilleros, pero el efecto sicológico fue terrible.

«Quizás —como dice Emilio Cordero Michel—el efecto más importante de esos brutales y permanentes bombardeos y ametrallamientos aéreos fue que el grupo de Jiménez Moya comenzó a dividirse y a perder volumen de fuego. De este grupo, se escindió uno comandado por el capitán cubano Ramón López (Nene), que marchó en forma paralela hacia el norte, y luego de su muerte, algunos de sus integrantes llegaron hasta El Corocito, cerca de Jarabacoa. El día 16, después del combate de La Guamita, Jimenes Moya sufrió otra división: José A. Batista (Chefito) se desprendió con 9 más hacia el Noreste, hacia Los Chicharrones. Al día siguiente, el 17, Rafael Tomás Perelló cayó prisionero al descomponérsele el fusil FAL». (3)

Las cosas comenzaban ahora a ir de mal en peor. Entre el acoso de los guardias, los campesinos, los bombardeos y el hambre, los grupos empezaron a descomponerse en fracciones cada vez más pequeñas y aisladas. En realidad nunca tuvieron la menor oportunidad de formar un frente guerrillero.

Robert D. Crassweller, «The life and times of a caribbean dictator».

Notas:

(1)Emilio Cordero Michel, «Las Expediciones de Junio de 1959», p.114

(2) Ibid.

(3) Op. cit., p. 116.

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