Fue un cambio de planes probablemente favorable a pesar de que Constanza, por ser un aeropuerto de montaña, estaba fuertemente custodiado. Había mercenarios de la Legión Extranjera y había una numerosa presencia militar, pero el lugar se prestaba quizás mejor que ninguno para un desembarco guerrillero.
Constanza, muy pronto, estaría a la vista. Varias veces se oyó cantar el Himno Nacional. Lo cantaban con emoción, con verdadero sentimiento.
El momento había llegado. Después de tanto fatigar durante tantos meses de duro entrenamiento en el campamento de Mil Cumbres, el momento decisivo había llegado. La expectación crecía en la medida en que el avión se acercaba a la pista y en el momento en que aterrizó los nervios se tensaron. Quizás al mismo tiempo empezaría la balacera.
«El avión voló sobre el pueblo, luego sobre el aeropuerto, donde dio una vuelta para evadir las nubes, y aterrizó de oeste a este. De los ocupantes descendieron 54 combatientes rumbo a las montañas de Constanza, aterrizando a las 6:25 p.m. (hora de Cuba y también local). El desembarco duró 8 minutos. De la vanguardia, compuesta por 5 Voluntarios para proteger el descenso de los demás expedicionarios, el primero en bajar fue el capitán Ramón —Nené— López, cubano, luego el
resto: Gaspar (Tony) Rodríguez Bou, Mayobanex Vargas, Fellín Moore y Juan Antonio Almánzar. El sexto en bajar fue el comandante Delio Gómez Ochoa (cubano) ». (1) p. 106
Tanta fue la suerte que hasta en un primer encuentro con una patrulla motorizada de la aviación los insurgentes salieron bien librados. En cambio lograron matar, según se dice, a varios guardias y un oficial.
Así lo cuenta Anselmo Brache:
«Se acercaron dos vehículos (un carro y un jeep) con sol-
dados a observar la operación. Los expedicionarios les
abrieron fuego, destruyendo a uno de ellos. El otro regresó.
Posteriormente aclaraba el raso Ricardo Antonio González,
quien era el chofer del carro destruido, que al ver el avión
mientras daba el giro se dirigió al aeropuerto a recibir los
pilotos, le acompañaba la hijita del mayor Fabio Chestaro,
comandante de Constanza y un segundo teniente, también
le seguía un jeep (Land Rover). Ya sobre la pista notaron a 5
hombres que protegían el avión, "no amigos", ", por lo que
tuvieron la intención de estrellarse en el tren de aterrizaje
del avión, entonces aumentaron la velocidad pero recibieron ráfagas que le destrozaron el parabrisas, el vidrio trasero, las gomas delanteras y otros impactos, uno de los cuales perforó la tubería de la gasolina, incendiándose, finalmente. Obligados a detenerse pudieron salvarse, arrojándose a la cuneta. El jeep giró para devolverse, recibiendo 17 perforade costado, de la puerta hacia atrás, salvándose así el cabo que lo conducía». (. ) P. 107
Ramfis Trujillo (que detentaba en ese momento el muy pomposo cargo de Jefe de Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas de Aire, Mar y Tierra), tomó desde el primer momento el mando de las operaciones de aire, mar y tierra.
Dice Emilio Cordero Michel que tanto Ramfis como sus envanecidos oficiales creían poder liquidar a los expedicionarios en menos de veinticuatro horas. Contra ellos se lanzó, con tal propósito, una manada de unos tres mil soldados. Creían firmemente que «la limpieza y exterminio final los harían sus compañías de fusileros, las tropas regulares del Ejército, la Legión Extranjera Anticomunista y los llamados “Cocuyos de la Cordillera”». (2)
A la infantería se sumaría la aviación.
Lo que se desató en esas lomas, apenas un día después del desembarco guerrillero, fue un pandemonio, un verdadero pandemonio, un bombardeo indiscriminado que acabó con las vidas de numerosos campesinos. De los mismos campesinos que hostigaban y perseguían espontáneamente a los guerrilleros.
Dice Emilio Cordero Michel que se utilizó hasta napalm y se utilizó desde luego toda la infernal parafernalia de que disponía el régimen de la bestia. Las aterradoras escuadrillas de bombarderos y caza iban y venían todo el día esparciendo bombas explosivas e incendiarias sobre todas aquellas montañas donde se suponía que pudieran estar los insurrectos.
Los continuos bombardeos, sin embargo, no provocaron bajas entre los guerrilleros, pero el efecto sicológico fue terrible.
«Quizás —como dice Emilio Cordero Michel—el efecto más importante de esos brutales y permanentes bombardeos y ametrallamientos aéreos fue que el grupo de Jiménez Moya comenzó a dividirse y a perder volumen de fuego. De este grupo, se escindió uno comandado por el capitán cubano Ramón López (Nene), que marchó en forma paralela hacia el norte, y luego de su muerte, algunos de sus integrantes llegaron hasta El Corocito, cerca de Jarabacoa. El día 16, después del combate de La Guamita, Jimenes Moya sufrió otra división: José A. Batista (Chefito) se desprendió con 9 más hacia el Noreste, hacia Los Chicharrones. Al día siguiente, el 17, Rafael Tomás Perelló cayó prisionero al descomponérsele el fusil FAL». (3)
Las cosas comenzaban ahora a ir de mal en peor. Entre el acoso de los guardias, los campesinos, los bombardeos y el hambre, los grupos empezaron a descomponerse en fracciones cada vez más pequeñas y aisladas. En realidad nunca tuvieron la menor oportunidad de formar un frente guerrillero.
Robert D. Crassweller, «The life and times of a caribbean dictator».
Notas:
(1)Emilio Cordero Michel, «Las Expediciones de Junio de 1959», p.114
(2) Ibid.
(3) Op. cit., p. 116.

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