Pedro Conde Sturla
El MLD se había formado en Venezuela en el mes de marzo de 1959 con la participación de la mayoría de organizaciones políticas del exilio, y quedó integrada por el Frente Unido de Puerto Rico, el Frente Unido Dominicano de New York, la Unión Patriótica Dominicana de Cuba, el Partido Socialista Popular, el Frente Independiente Democrático de Venezuela y la Unión Patriótica Dominicana de los Estados Unidos.
En el acta de constitución se estableció el nombramiento de Enrique Jiménez Moya como comandante en jefe del Ejército de Liberación Dominicana y la creación de un Consejo Asesor de la Revolución Dominicana y un Comité Central Ejecutivo que quedó integrado por los doctores Francisco Castellanos, Francisco Canto, Luis Aquiles Mejía, Juan Isidro Jiménez Grullón y el señor Cecilio Grullón. No podía faltar, por supuesto uno de los más respetados y prestigiosos integrantes del exilio, el general Juancito Rodríguez, quien fue designado Consejero y y suplente de los miembros del Comité Central. A su hijo, José Horacio Rodríguez Vázquez, se le confiaría la comandancia del campamento de Mil cumbres. El mismo hijo que el día 20 de junio de 1959 comandaría heroicamente el desembarco de los noventa y seis expedicionarios de la lancha Carmen Elsa en la playa de Maimón.
El Ejército de Liberación Dominicana, era, en consecuencia, un mosaico, un muestrario de la más variada humanidad. Algunos de los mejores hombres habían luchado en varios frentes, habían tomado parte en los entrenamientos de Cayo Confites, habían combatido en Costa Rica, Venezuela, Cuba, en Europa durante la segunda guerra mundial y hasta en la guerra de Corea.
Uno de ellos, Enrique Jiménez Moya, el comandante en jefe de la expedición, tenía un largo historial, igual que su segundo al mando, el comandante cubano Delio Gómez Ochoa, que fue uno de los más destacados de la revolución cubana, una figura de primer orden, un combatiente internacionalista que lo dejó todo para volver a la lucha.
Jiménez Moya y su padre abandonaron el país durante los primeros años de la tiranía, al ver el giro cada vez más autoritario del gobierno. Hay quien sostiene que su salida no fue voluntaria, sino forzosa, que tuvo que salir cuando se descubrió que estaba trabajando en la formación de un frente interno para brindar apoyo a los hombres de la fracasada expedición de Cayo Confites. Lo cierto es que salieron, se establecieron en Colombia y luego definitivamente en Venezuela. Un par de años después se involucraría en los entrenamientos de la expedición de Luperón en Guatemala, y también se involucró junto a otros dominicanos en la revolución de Costa Rica.
En Venezuela se opuso al gobierno del General Marcos Pérez Jiménez y en 1958 tomó parte en el ataque a la base aérea La Carlota, la acción militar que precipitó la caída de la dictadura y su sustitución por una junta cívico militar presidida por el almirante Wolfang Larrazábal Blanco, un almirante que tenía vínculos familiares y afectivos con el país dominicano.
Larrazabal presidió la apertura democrática de Venezuela que culminó con el triunfo de Rómulo Betancourt en las elecciones de 1958, contra el cual competía. Había contribuido a derrocar a uno de los SOB del imperio y no contaba, por supuesto, con la simpatía del imperio y el imperio no contaba con la simpatía de los venezolanos. Tuvo que enfrentarse a varios golpes de estado, de los cuales salió airoso, pero quizás el momento más difícil fue durante la indeseable visita del entonces vicepresidente Richard Nixon de los Estados Unidos, que realizaba una gira por Sudamérica que culminó en un desastre total.
La visita del indeseable a Venezuela tuvo lugar el 13 de mayo de 1958 y fue recibido calurosamente con las protestas y movilizaciones más rabiosas y violentas que se habían visto en Caracas. La multitud enardecida desbordó las medidas de seguridad, apedreó el vehículo posiblemente blindado en que iban Nixon y su esposa, lo zarandearon, intentaron volcarlo, lanzaron escupitajos, el mismo Nixon y su esposa fueron bendecidos a salivazos. En un cierto momento la tensión llegó a tal extremo que la situación parecía a punto de reventar y se produjeron amenazas de invasión y represalias por parte de los gloriosos marines.
Larrazabal, sin embargo, no escarmentaba. Uno de sus últimos actos fue quizás el más atrevido de todos:
«El 7 de diciembre de 1958, aterrizó en el occidente de la Sierra Maestra un avión C-46 cargado de armas y pertrechos bélicos, en especial ametralladoras calibre 30 y 50, así como bazucas y explosivos enviados por la UPD de Venezuela y Wolfgang Larrazábal, a Fidel Castro para el empuje final contra Batista. En el avión iba también Manuel Urrutia, quien fue el primer Presidente de la Cuba Revolucionaria, y Enrique Jiménez Moya con un mensaje de la UPD de Venezuela firmado por el Dr. Francisco Castellanos, Rinaldo Sintjago Pou, Cecilio Grullón y Miguel Ángel Gómez Rodríguez, en el que le pidieron al Comandante en Jefe de la Revolución Cubana ayuda para iniciar el entrenamiento militar en la Sierra Maestra de un selecto grupo de dominicanos que, después del derrocamiento de Batista, se lanzaría a combatir contra Trujillo».(2)
(Historia criminal del trujillato[177])
Bibliografía
Robert D. Crassweller, «The life and times of a caribbean dictator»
Héctor Luis Martínez, «Enrique Jiménez Moya: combatiente por la libertad», (https://acento.com.do/amp/cultura/enrique-jimenez-moya-combatiente-por-la-libertad-9532058.html)
Notas:
(1)Emilio Cordero Michel, «Las Expediciones de Junio de 1959», p. 103
(2)2 Ibid.p.108

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