VAGAMENTE recuerdo haberte amado. Ahora que
te escurres furtiva en la memoria recuerdo vagamente haberte amado, la espiral
de tus trenzas amarillas, la sonrisa distante y caprichosa, el negro de tus
ojos, la chispa que ahora enciende la hoguera de nostalgia. La hoguera que
esculpe, que dibuja, al decir de un poeta, el humo de tu rostro.
Eran días de lluvia y de infortunio. En aquel
tiempo de lluvia adolescente, la diminuta lumbre de las tardes florecía en tus
trenzas como una dulce rosa enrevesada. En aquel tiempo, vagamente lluvioso,
recuerdo que te amaba y recuerdo que amabas como yo los días de lluvia, esos
días morosos y cordiales en que el leve contorno de las cosas adquiere una
doble presencia en el perfil del agua y la atmósfera de la ciudad se siente
densa, cargada de poesía.
Había algo de magia en la ciudad lluviosa de
aquellos días, un aura de misterio, la melancólica lluvia que caía suavemente
sobre los mansos atardeceres de abril y finales de mayo, el contraste entre la
pesarosa bruma y el encanto de los robles venezolanos de la Avenida Bolívar en
flamante explosión de colores a veces malva y azulados a veces.
Después de mayo, en
cambio, aquel incierto mayo, se percibía, sobre todo, empezó a percibirse en
ese ambiente bucólico, engañosamente apacible, un aura de violencia, el aura
casi siniestra, el aire reservado de ciertas residencias de lujo, ventanas
caídas, puertas cerradas, casonas cerradas que parecían deshabitadas. Una densa
impresión patibularia. El terror. Metáfora del terror que invadía los más
íntimos espacios. El filo de un terror que cortaba como el hielo. Toque de
queda y ley marcial. La cacería humana. La soldadesca del régimen agonizante
tumbando puertas y ventanas, arrestando opositores, torturando, realizando
ejecuciones sumarias. El terror en lecho de muerte después de mayo.
(Monedas en la fuente)
La novicia rebelde
La primera y única vez que sor Ángela de la
Cruz tuvo la desdicha, la ingrata y trágica experiencia de toparse frente a
frente con un hombre desnudo, lo que se dice desnudo –en su plena y total
desnudación–, se le antojó que era el demonio por el cuerno que portaba entre
las piernas. El Callejón de los curas estaba a oscuras, pero la oscuridad no
disimulaba aquella impúdica figura de jardinero que se bañaba con manguera a la
luz de la luna en el jardín de la casa curial con puertas abiertas de par en
par. Sor Ángela de la Cruz, la novicia Ángela de la Cruz, beatífica y castísima
de nacimiento, huyó despavorida hacia el convento de Santa Clara, en las
cercanías del palacio del Príncipe, y se acogió al amparo de las monjas de
clausura.

Al cabo de un delirio que duró varias
semanas, y con la bendición de la santa madre Alejandra –la madre priora–,
pidió ser confinada a una celda de la que no saldría hasta el fin de sus días,
consagrada todo el tiempo a la meditación,
la oración, el castigo corporal, la mortificación de los sentidos en todos los
sentidos, incluyendo el sentido común. Sin embargo, a pesar del rigor con que
se aplicaba al ejercicio de sus devociones, nunca pudo escapar de aquella
imagen, aquella fatídica visión de hombre desnudo que de repente irrumpía
–persiguiéndola con una manguera– en sus sueños más risueños.
(Monedas en la fuente)
Alicia
Los padres ahora te reciben con esa fría
cortesía que ha suplantado la confianza, el cariño casi familiar de otra época.
Aceptan con la misma frialdad las sentidas condolencias, el pésame por la
muerte de su hija y tú te alejas, te alejas simplemente de la fila que desfila
para expresar con pálidas palabras, con efusión de abrazos un dolor que no
sienten como tú, que nadie puede sentir como los padres. Esos padres que ahora
no te quieren a su lado. Tú lo sabes, sabes que no te quieren a su lado y te
pierdes entre la numerosa concurrencia, saludas a un conocido, no son muchos,
aparte de la familia no son muchos y al hermano de Alicia, tu amigo de otro
tiempo, no lo encuentras. No está en ese momento. ¿Por qué te fuiste sin
avisar?, te hubiera preguntado. Nadie sabe cómo contrajo esa enfermedad.

Al fondo del salón, entre el incesante
movimiento de la gente, los murmullos y las manifestaciones de pesar, alcanzas
a ver el ataúd, los despojos de Alicia, te acercas y la miras, el rostro
demacrado, te la quedas
fijamente, hipnotizado
por la extraña fascinación de la muerte y empiezas poco a poco a recobrar el
sentido de la realidad, o de la irrealidad pasada que confundes con la realidad
presente, y la sigues mirando fijamente sin poder apartar los ojos de esa
imagen, la imagen que ahora se funde en la pantalla de tus ojos, como en una
vieja película, la imagen que da paso a otra Alicia, plena de mocedad, el
rostro angelical de Alicia que miraba hacia el parque desde aquella terraza de
la casa del segundo piso donde siempre te recibía con un beso.
(Monedas en la fuente)
JENNY
La
marimacho abrió la puerta sin sonreír ni saludar. Emitió sólo un gruñido de
disgusto y se echó a un lado para dejar pasar al pariente y al intruso, y de
inmediato desapareció por uno de los recovecos del palacete. Riverita le dijo
a Carlos que se sentara, que lo esperara un minuto, sólo un minuto, mientras
subía a saludar a la tía. Los hechos se habían sucedido de tal manera que Carlos no había logrado sobreponerse al
primer estupor. Apenas alcanzaba a entender –y no con mucha lucidez– que se
encontraba en la casa de Jenny. La casa de Jenny.
Estaba aturdido, literalmente ajeno a su
realidad, aunque también estaba fascinado. E1 lujo de la mansión, inmersa toda
en una cálida penumbra, era impresionante. En cada rincón, cada detalle, se
acentuaba el dominio de las sombras. Pero desde la terraza contigua a la
antesala y del jardín al fondo penetraba un halo tierno de luz –copo de luz–
que engendraba, por contraste, vibraciones inauditas.
En el espejo, en el agua difunta del
espejo que lo miraba desde la pared de enfrente, el mobiliario de madera
preciosa, la cristalería finísima y las pinturas de Giudicelli y Vela Zanetti
parecían levitar y levitaban en una atmósfera de ingravidez.
Era un escenario irreal, aparentemente
incontaminado. Allí nada enturbiaba la majestad del silencio, salvo los
latidos de un corazón que podía ser el suyo.”
Cuando se recuperó de la
impresión, Carlos aprovechó la ausencia de Riverita para dar una mirada de
reconocimiento en busca de Jenny. Obviamente la sala y la antesala estaban
desiertas, el comedor estaba desierto y en el jardín, al fondo, el jardinero
idiota podaba la grama. Las Rimas de Bécquer sobre el piano de cola.
Jenny por ninguna parte. Quizás arriba con la tía. En
la terraza quizás, pero la terraza no se veía desde la sala y decidió
aventurarse hacia la antesala con el pretexto de admirar unos dibujos y
fisgonear, de paso, a través de la ventana. Jenny por ninguna parte, Pasaba el
minuto acordado con Riverita y Riverita no bajaba, pero podía bajar en
cualquier momento y sorprenderlo curioseando en casa ajena, invadiendo la
privacidad, traicionando su confianza y sin haber visto a Jenny, que era peor.
Pero tenía que verla. Definitivamente, sí, tenía que verla. Segundo tras
segundo su obstinación crecía. Claro que tenía que verla, definitivamente
verla. Una y otra vez, ansiosamente, repasaba con la mirada los lugares que
estaban a su alcance y Jenny por ninguna parte.
(Monedas en la fuente)
EL
VIAJE
La segunda y última noche de diluvio en Venecia,
para no desperdiciar la estadía, y mientras las olas arreciaban y subía el
nivel de las aguas, salimos con el propósito de escuchar música y cenar. En
aquel paisaje desangelado de la Plaza de San Marcos los pocos turistas
caminábamos sobre las improvisadas pasarelas para no mojarnos hasta las
pantorrillas. Había un solo lugar abierto donde un conjunto de música ruso
tocaba melodías clásicas italianas y allí nos instalamos en condición de
refugiados. En lo que se descomponía el tiempo comimos y cantamos felizmente.
Más que ninguno, la Timonela del Gran Timonel
le ponía buena cara al mal tiempo y estaba eufórica, inspirada. La esposa del
Gran Timonel quería bailar sobre las olas del mar, pedía un paseo tormentoso en
góndola con gondoleros cantando canciones venecianas, un imposible paseo en
góndola, y no había quien la hiciera cambiar de opinión.
–¿Con este tiempo señora?
En principio, la escuchábamos por deferencia.
Ella se erguía como la heroína de una novela romántica y pedía un paseo en
góndola con tanto apremio, tanta vehemencia, como si en ello le fuera la vida,
lo cual era más que posible. Pero lo peor fue que al final, motivados por la
intensidad de su deseo, nos contagiamos con la magia de su entusiasmo y
accedimos a dar el paseo en góndola, a pesar de que el Gran Timonel fruncía las
cejas en señal de desaprobación. ¡Todos
en góndola!, dijimos, aunque desde luego no apareció ningún gondolero
suficientemente temerario, pero en el establecimiento, por si acaso, nos
pidieron discretamente que pagáramos la cuenta antes de emprender cualquier
aventura.
El único que se había atrevido a salir esa
tarde en su
góndola con dos turistas
rubias, un tal Giuseppe Aliscano, no había regresado todavía. La góndola regresaría
intempestivamente al poco tiempo, de costado y maltrecha, haciendo un chirrido
fúnebre que nos erizó de pavor. La góndola de Aliscano, arrastrada por la
corriente, se detuvo en medio de la Plaza de San Marcos con las turistas
rubias desnudas y moribundas y el Aliscano muerto, enredado sus pies entre unas
cuerdas, e igualmente desnudo. De alguna manera, en el breve lapso de la
desgracia las bandas de gitanas y rumanas habían tenido tiempo para despojarlos
de sus ropas y prendas. La gente del local donde festejábamos nos aconsejaron
de inmediato regresar al hotel. Esa noche arreció la tormenta y las olas
golpeaban las ventanas del segundo nivel de nuestro hotel de lujo. El Filósofo
amaneció mojado hasta los tuétanos.
Además, según las
noticias del día siguiente, una gitana sin documentos, pequeñita y blandengue
como una muñeca de trapo, se había ahogado en el Gran Canal.
(Monedas en la fuente)