17/10/26

La repatriación armada (1-25)

La repatriación armada (1) 

Pedro Conde Sturla


La bestia se enteró del derrocamiento y de la llegada del dictador Fulgencio Batista al país (día 1 de enero de 1959) cuando el avión en que viajaba pidió permiso para aterrizar en San Isidro. El dictador cubano había tenido que salir de Cuba a la carrera, sin mayor tiempo para planificar la aparatosa huida, debido a la intempestiva entrada de los barbudos de Fidel Castro en La Habana. Trujillo lo despreciaba y ahora tenía motivos para odiarlo. Se había dejado tumbar, era un blandengue, un cobarde, y se había dado a la fuga en vez de morir peleando, como hubiera hecho él. Su ingrata presencia le acarreó un amargo disgusto y una honda preocupación. Pensaba que la subida al poder de Fidel Castro no presagiaba nada bueno, y por supuesto, no se equivocaba.


Batista pagaría cara, literalmente cara, su estadía en Ciudad Trujillo. La bestia lo vejaría y lo esquilmaría. Había llegado al país en compañía de familiares, jefes militares de alto vuelo, miembros de su gabinete y un botín incalculable a bordo de seis aviones. La bestia aligeraría su equipaje, que era bastante pesado.
Aquí permanecería en lo que definió «como una especie de infierno», hasta el 20 de agosto de 1959, hasta que por fin logró salir con destino a Portugal, gracias a los buenos oficios de la diplomacia estadounidense y brasileña.

Durante su estadía en Ciudad Trujillo, la bestia lo mantuvo a soga corta y bajo permanente vigilancia, y lo obligó a desembolsar fuertes sumas de dinero. Para poder librarse del asedio, y de la cárcel, y poder salir del país, Batista tuvo que pagar varios millones de dólares por un cargamento de armas que la bestia había enviado a Cuba en los que resultaron ser los últimos días de su gobierno. Las armas cayeron en manos de los barbudos y eventualmente en manos de los exiliados dominicanos. Pero la bestia se las cobró a Batista. Le cobró las armas y el disgusto que le ocasionó su llegada y todo lo que representaba.

Dice Crassweller que mismo día de la llegada de Batista, Trujillo convocó una reunión en el Palacio Nacional que se extendió durante largas horas y en la cual se mostró visiblemente nervioso y desatinado, angustiado, alarmado en exceso. Crassweller sugiere que parecía haber perdido el equilibrio emocional, que lucía afectado en extremo, que soltaba groserías y carcajadas sin razón aparente. Parecía estar fuera de quicio y lo estaba.

Una de las cosas que lo molestaba era que Johnny Abbes, uno de sus hombres claves, había quedado atrapado en Cuba, donde había viajado varios días antes en compañía de un experto en explosivos para consumar alguna de sus bellaquerías. No había visto venir la revolución y quedó atrapado en la marejada revolucionaria. Su vida pendía de un hilo, si alguien lo reconocía y lo denunciaba se le iban a complicar las cosas. Pero la suerte lo favoreció al final y casi por milagro pudo regresar al país.

Sin embargo, la inquietud de la bestia no era infundada. Todo parecía en esos días conspirar contra los dictadores y tiranos latinoamericanos y muy en particular contra la bestia:

«La situación internacional en el Caribe incidió también, muy marcadamente, en la crisis histórica del régimen de Trujillo, particularmente a partir de los siguientes sucesos: primero, con el derrocamiento del dictador Gustavo Rojas Pinilla de Colombia en mayo de 1957; segundo, con el derrocamiento del dictador Marcos Pérez Jiménez de Venezuela a fines de enero, de 1958; y tercero con la vergonzosa huida del tirano Fulgencio Batista, de Cuba el 31 de diciembre de dicho año, ante el incontenible avance de los revolucionarios de la Sierra Maestra comandados por Fidel Castro Ruz. Estos acontecimientos políticos, muy en especial el triunfo de la Revolución Cubana al despuntar el año de 1959, provocaron un radical cambio histórico en la geopolítica caribeña, que enardeció los ánimos de los exiliados dominicanos, dispersos y divididos, hasta alcanzar niveles de euforia al considerar próximo el fin de Trujillo». (1)
La caída de la Trujillo parecía inminente, en efecto. Todos decían que sería el próximo en caer. Lo decían en coro la gente del exilio. «Trujillo sigue, Trujillo es el próximo».

La bestia no había perdido tiempo. Desde la mencionada reunión en el palacio había comenzado a reorganizarse, a iniciar los preparativos para hacer frente a lo que venía. Casi de inmediato estableció un impuesto especial con el propósito de recaudar cincuenta millones de dólares, un Fondo de Defensa Nacional, aparte de un presupuesto de treinta y ocho millones de dólares para las fuerzas armadas, una suma equivalente a casi el cincuenta por ciento del presupuesto nacional. La compra de armas y municiones en los Estados Unidos se enfrentó, sin embargo, a un sinnúmero de restricciones. Desde marzo de 1958 se habían dejado de otorgar licencias a la República Dominicana y no fue posible adquirir más que una parte del material bélico. También se hicieron esfuerzos poco fructíferos para adquirirlo en Europa e incluso se recurrió a las malas artes, al contrabando y al soborno, con tal de adquirir lo necesario. Pero muy poco se consiguió incluso por esa vía, y además, numerosos agentes de la bestia y personas involucradas en el tráfico se vieron envueltas en juicios y escándalos notorios y fueron condenadas públicamente. Incluso, según dice Crassweller, hasta un cónsul dominicano en Miami fue arrestado por sobornar a un oficial de aduanas y el avión en que se iban a y transportar armas fue detenido en el aeropuerto cuando estaba a punto de despegar.

Mientras tanto, en el país reinaba la agitación. Trujillo no se cansaba de denunciar en todos los foros la amenaza que se cernía, pegaba los gritos al cielo sin cesar, denunciaba la conspiración de Cuba y Venezuela en particular contra la nación dominicana. Denunciaba la invasión que, en efecto, se estaba preparando.

Al mismo tiempo, las fuerzas vivas del trujillato cerraron filas, se organizaron para resistir la agresión de los enemigos de la paz y el progreso. Así, en el mes de marzo de 1959 se formó la Legión Extranjera, que según la radio oficial, La voz dominicana, llegó a tener la exagerada suma de veinticinco mil hombres armados bajo el mando del general Fausto Caamaño.

La legión se componía de todo tipo de lúmpenes, aventureros y mercenarios que atraían como a moscas con la oferta de salarios de mil y mil quinientos dólares mensuales y el otorgamiento de la nacionalidad dominicana. Dice Crassweller que había gente de Grecia y Yugoslavia y Alemania y varios cientos de españoles de la famosa División Azul, que habían combatido en la segunda guerra mundial.

En las provincias del este, el sanguinario Felix W. Bernardino fundó otra organización defensiva y más bien decorativa, los llamados Jinetes del Este. Para no quedarse atrás, Petán Trujillo creó un cuerpo paramilitar llamado Los cocuyos de la cordillera.

Los rumores de la invasión eran claros y persistentes. Muchas de las cañerías de aguas negras del palacio estaban desbordadas. En el mes de abril, la bestia declaró el estado de emergencia.

Quizás no se habían podido conseguir todas las armas y hombres necesarios para enfrentar la agresión, pero el país estaba preparado. y hubiera estado mejor si la bestia no hubiera sucumbido a su codicia. De los cincuenta millones del Fondo de defensa nacional se gastaron seis millones y la bestia no se pudo resistir, le metió mano al restante. Incluso, según dice Crassweller, le dio propina a su hermano Negro.


(Historia criminal del trujillato [174])
Bibliografía 
Robert D. Crassweller, «The life and times of a caribbean dictator».
Notas:

(1) Emilio Cordero Michel, «Las Expediciones de Junio de 1959», p. 99, Revista Clío No.177. 

La repatriación armada (2). El campamento de Rancho Mil Cumbres 

Pedro Conde Sturla


Tal y como temía la bestia, los barbudos hicieron causa común con los grupos más radicales del exilio dominicano y muy pronto empezarían los preparativos para una nueva expedición armada, que esta vez contaría con el apoyo de Cuba y Venezuela, la más trágica y gloriosa expedición de todas.


Poco tiempo después de la triunfante entrada en La Habana, Fidel Castro viajaría a Venezuela con el propósito de estrechar lazos diplomáticos y reunirse con exilados de los países latinoamericanos. Su mayor interés era organizar un frente amplio y recaudar fondos para combatir a Trujillo:

«Después que Fidel Castro inició a fines de enero de 1959 en la Universidad Central de Venezuela (Caracas), la colecta pública de fondos para derrocar a Trujillo y de comprometerse frente a los dirigentes de la UPD de Venezuela a prestarles todo tipo de ayuda para pagar la deuda contraída por el pueblo cubano con Máximo Gómez, el 29 de marzo, en La Habana, quedó constituido el Movimiento de Liberación Dominicana (MLD) y su brazo armado, el Ejército de Liberación Dominicana (ELD).

»No todas las organizaciones del exilio dominicano hicieron causa común con el Movimiento de Liberación Dominicana (MLD). Las organizaciones participantes fueron las enunciadas anteriormente, firmantes de la Declaración de La Habana. El marxista Movimiento Popular Dominicano no quiso integrarse al MLD por considerar que la lucha contra Trujillo había que realizarla desde dentro del país y no desde el exilio. Ni el Partido Revolucionario Dominicano, lidereado por Juan Bosch, ni Vanguardia Revolucionaria Dominicana, dirigida por Horacio Julio Ornes Coiscou, ni muchos otros pequeños grupos de tendencia marcadamente conservadora o derechista, quisieron formar parte del MLD.

»Es más, algunos hicieron todo lo posible por denunciar y sabotear las Expediciones de Junio de 1959 bajo la acusación de estar controladas por los comunistas…» (1)

Cuba era ahora la nueva tierra de promisión, como lo había sido alguna vez Guatemala, durante el gobierno de Jacobo Árbenz. Se convirtió en un hervidero de ateos y disociadores, en el mejor sentido de la palabra. Allí irían a parar los perseguidos de las más férreas dictaduras, apátridas y expatriados de medio mundo y un nutrido grupo de aventureros. Más temprano que tarde, cientos de hombres estarían entrenándose militarmente en Cuba.

Los dominicanos se organizaron en el Rancho Mil Cumbres, un latifundio ganadero en la provincia de Pinar del Río que había pertenecido a uno de los hombres de Batista y había sido confiscado por el gobierno cubano.

Para fines de entrenamiento el lugar era inmejorable por su aislamiento y altura, que es la mayor de esa zona del país, y por el relieve escabroso que combina depresiones, montañas y llanuras.

Allí se entrenaron desde mediados del mes de mayo de 1959 los doscientos sesenta y un expedicionarios del Ejército de Liberación Dominicana, (ELD), entre los cuales había doscientos once dominicanos, veinte cubanos, trece venezolanos, nueve puertorriqueños, tres españoles, dos norteamericanos un guatemalteco y un nicaragüense.

Pero además de expedicionarios, había expedicionarias, «cuatro compatriotas en calidad de combatientes: Dominicana Perozo, hermana de Manuel de Js. Perozo (Masú), quien vino por Estero Hondo, perteneciente a la familia mártir de Santiago; Dulce Díaz, igualmente de Santiago; Betty Rodríguez, de Bonao; y Linda Ortiz, de Santo Domingo. Estas 4 mujeres, además de entrenarse como cualquier otro miembro del ELD, lavaban la ropa de los expedicionarios, cocinaban para toda la tropa, hacían la limpieza de las “chabolas” en que dormían los integrantes del ELD y fungían de enfermeras. Al acercarse la fecha de la salida de los expedicionarios, fueron trasladadas a La Habana con el pretexto de recibir entrenamiento en primeros auxilios, para evitar su participación y desligarlas de los planes bélicos».

El disgusto de aquellas mujeres cuando supieron que habían sido marginadas y abandonadas sólo es posible imaginarlo, igual que la amargura, el dolor con el que darían seguimiento a los acontecimientos. Sus compañeros salvaron sus vidas, pero es muy posible que hubieran preferido perderlas que permanecer al margen de los acontecimientos.

Todo el entrenamiento estuvo a cargo de veteranos cubanos que dividieron la fuerza expedicionaria en cinco pelotones: el Juan Pablo Duarte, el Máximo Gómez, el Gregorio Luperón, el José Martí y el Simón Bolívar, y cada pelotón se articulaba en cinco escuadras de diez guerrilleros cada una.

El entrenamiento fue tan duro como podía imaginarse. Los hombres fueron sometidos a todo tipo de rigores diurnos y nocturnos, a marchas interminables, a ejercicios de fortalecimiento. Aprenderían a orientarse en los montes con brújula y sin brújula, a hacerse expertos en el manejo de rifles de diferentes marcas, en el arme y desarme, en el manejo de ametralladoras de alto calibre, en el uso de morteros y granadas de fragmentación y minas, en el uso de explosivos, en mantenimiento básico de herramientas en técnicas de supervivencia, igual que emboscadas y trampas y tácticas de guerra asimétrica.

Dice Cordero Michell que el proyecto original consistía en lanzar dos excursiones aéreas por San Juan de la Maguana y Constanza, dos desembarcos marítimos por la costa norte y dos por el sur. 

Lamentablemente sólo se pudo conseguir un avión, un C-46 y los desembarcos se redujeron a dos y sólo tendrían lugar en Sosúa y la Isabela. Los expedicionarios deberían entonces subir a marchas forzadas hacia el macizo central o la Cordillerra Septentrional y consolidarse.

«Una vez allí, siguiendo el patrón de referencia del reciente triunfo cubano, se comenzaría a crear la base social guerrillera, la incorporación del campesinado, de los sectores antitrujillistas populares y de las mismas fuerzas armadas que se suponía se les unirían en las montañas». (3)

El gran problema, como afirma lucidamente Cordero Michel, es que se intentó calcar la experiencia foquista del castrismo «sin tener en consideración las enormes diferencias en los procesos históricos de los pueblos cubano y dominicano durante los años 1930-1960, y que el Movimiento Revolucionario 26 de Julio contó, en todo momento, con un eficaz apoyo revolucionario interno. Por eso mismo, el planteamiento de que el foco guerrillero crearía las condicione revolucionarias dominicanas, sin contar con el más mínimo contacto con núcleos de la oposición interna (que los había dispersos), aseguraba de antemano el fracaso militar de las expediciones». (4)

(Historia criminal del trujillato [175])
Bibliografía
Robert D. Crassweller, «The life and times of a caribbean dictator».
Notas:
(1) Emilio Cordero Michel, «Las Expediciones de Junio de 1959», pgs. 101,102 , Revista Clío No. 17.
(2) Armando J. Lora. Invasión, 2a. ed. Santiago de los Caballeros, 1985, pp.46-48 (Citado por Cordero Michel).
(3) Emilio Cordero Michel, «Las Expediciones de Junio de 1959», pgs. 107, 108.
(4) Ibid.


La repatriación armada (3) Ojos y oídos de la bestia 

Pedro Conde Sturla

Todo marchaba, en apariencia, bien, salvo un pequeño detalle. Los servicios de inteligencia del imperio y de la bestia estaban al tanto de muchas cosas que debían haber sido secretas. Diariamente, o por lo menos con cierta frecuencia, llegaban al despacho de la bestia noticias frescas para sus oídos e incluso fotos para sus ojos. Fotos del campamento de Mil Cumbres. Noticias frescas y variadas. Igual había pasado con Cayo Confite y Luperón y con todos los movimientos conspirativos, a excepción del último. De hecho, el Movimiento de Liberación Dominicana, el MLD, estaba infiltrado. La expedición sufriría varios percances, pero también sabotajes.


Dice Crassweller que los servicios de inteligencia de la bestia (sumados por supuesto a los del imperio), llegaron a penetrar tan eficazmente al ejército insurgente que incluso durante las operaciones de desembarco estaban en control de las comunicaciones, monitoreándolas sin perder palabra.
Una opinión parecida, en relación a los planes tácticos del MLD sostiene Cordero Michel:
«Naturalmente, estos planes tácticos debían realizarse con la mayor discreción para poder sorprender a Trujillo. Sin embargo, el secreto no primó en 1959, como tampoco con el intento de Manuel Batista en 1958; de Luperón en 1949, ni de Cayo Confites, en 1957, y en Nueva York, Caracas, Puerto Rico y La Habana, se hablaba por los codos de los preparativos militares.

»Los que partían hacia La Habana a enrolarse al ELD para iniciar el entrenamiento militar, lo hacían de manera descubierta y hasta con orgullosa indiscreción. Trujillo, a través del SIM, de sus agentes no incorporados a ese servicio, del Departamento de Estado de los Estados Unidos y de comandantes cubanos vendidos y ya en franca conspiración contra la Revolución Cubana, estaba al tanto de todo. En efecto, ya desde el mes de abril, Trujillo conocía todos los planes, los nombres de los que se entrenaban y hasta tenía algunas fotografías tomadas en Mil Cumbres». (1)

Dice Cordero Michel que comandantes como Pedro Díaz Lanz, jefe de la Fuerza Aérea Revolucionaria de Cuba, se contaban entre los informantes. Díaz Lanz había traicionado a la revolución y se había vendido al tirano, al que proporcionaba las más valiosas informaciones.

Otros comandantes también traicionaron la revolución y se convirtieron en informantes de la bestia y del imperio, se vendieron al tirano. Dos de los más notorios fueron el español Eloy Gutiérrez Menoyo y el aventurero norteamericano William Morgan (el segundo de Menoyo) los muy conocidos «come vacas del Escambray», dos comandantes a quienes el Che Guevara llamaba cuatreros por su costumbre de robar ganado y exigir «impuesto revolucionario» a los campesinos.

En opinión de Crassweller, Morgan era un soldado de fortuna sin ideales, alguien que sólo creía en el dinero, y Gutiérrez Menoyo no era muy diferente.

La bellaquería de estos personajes, notablemente famosos en esa época, no tenía límites.
«Ahora, —dice Crassweller- solo dos meses después de la caída de La Habana, estos dos ofrecieron cambiar de bando y derrocar al régimen de Castro, en concierto con Trujillo. Por un millón de dólares lanzarían su propio levantamiento, usando a sus luchadores de Escambray como núcleo. Trujillo elaboró un plan, vasto y engorroso, con un agente de Morgan. Se convocó a más de cuarenta grupos cubanos anti-castristas para colaborar en el intento, así como a exiliados cubanos en la República Dominicana y a la Legión Extranjera Dominicana.

»A Johnny Abbes se le dio el mando de todo el procedimiento. La suma de 500.000 dólares se pagó a Morgan, y el resto llegó una semana antes del levantamiento prometido en Cuba, y el dinero de los gastos se derramó en enormes cantidades». (2)

Al final, tanto dispendio y tanto esfuerzo no sirvieron para nada. No hicieron mella al régimen revolucionario. William Morgan, por cierto, fue fusilado por traidor en 1961. Gutiérrez Menoyo, por razones parecidas, fue condenado a treinta años de prisión, pero lo liberaron a los siete, gracias a los buenos oficios del presidente español Felipe González.

Cordero Michel también menciona como traidores a «Stelio Bellelis Constantin Theodorakis, quienes ya el 8 de abril de 1959 habían informado al Primer Secretario de la Embajada de los Estados Unidos en La Habana, John L. Topping y al periodista de la Columbia Broadcasting System (CBS), Stuart Novins, que dentro de pocas semanas saldríauna expedición hacia República Dominicana en dos naves, en las que ellos irían. Dicho Stelio Bellelis fue el capitán del yate Carmen Elsa y el causante del trágico drama en que concluyeron los desembarcos de Maimón y Estero Hondo, seis días después del de Constanza por lo que se rumoró en Cuba que ambos fueron fusilados…». (3)

De hecho, había informantes a granel, informantes al por mayor y al detalles. Los había, como dice Cordero Michell, hasta en las propias filas de los expedicionarios, entre los que participaron en los más rudos entrenamientos. Infiltrados que se disimulaban, se camuflaban, que fingían sentir el mayor fervor revolucionario. Cordero Michel menciona a los miembros de un grupo que, «a última hora, el 7 de junio, decidieron en Cienaguillas, cerca de Holguín, no formar parte de las expediciones». Abandonaron la empresa después de cumplir con su nefasta labor de espías, espías y traidores.

«Tan infiltrado tenía Trujillo el ELD, que el jefe del SIM vivía informándole fechas en que ocurrirían los desembarcos. Lógicamente, el tirano se preparaba, acuartelaba soldados, movilizaba tropas. El que lea las Memorias de Cesar A. Saillant Valverde comprenderá el estado de alerta en que estaba Trujillo, en base a las informaciones constantes que recibía por muy diversos canales. Quien igualmente consulte los documentos de los Archivos Nacionales de los Estados Unidos, podrá comprobar que, desde el 30 de diciembre de 1958, el embajador Farland informaba al Departamento de Estado que Trujillo tenía conocimiento de que dos semanas antes Castro había concertado los planes preliminares con la UPD y Enrique Jimenes Moya para organizar una expedición para derrocarlo. Puesto que Trujillo tenía agentes cabilderos y protectores en Washington y todavía no había sido desahuciado por el Departamento de Estado, esas informaciones le fueron transmitidas». (4)

(Historia criminal del trujillato [176])

Bibliografía

Robert D. Crassweller, «The life and times of a caribbean dictator».                           

Notas:

(1) Emilio Cordero Michel, «Las Expediciones de Junio de 1959», p. 108

(2) Robert D. Crassweller, «The life and times of a caribbean dictator», pags. 149,150.
(3) Emilio Cordero Michel, op.cit.,p.109

(4) Emilio Cordero Michel, op.cit.,p. 110  

La repatriación armada (4) La raza inmortal 

Pedro Conde Sturla

Había, entre ellos, hombres que en el alma llevaban un fuego redentor, luchadores de toda la vida, idealistas de pura ley, gente dispuesta a sacrificarlo todo, había aventureros, había extranjeros que habían hecho suya la causa de los dominicanos. Y había, como se sabe dominicanos, cubanos, venezolanos, puertorriqueños, españoles, guatemaltecos, nicaragüenses, norteamericanos. Había gente de todo el espectro político, incluyendo comunistas. Más de treinta miembros del Partido Socialista Popular (PSP) participaron en la contienda.
Eso era el Ejército de Liberación Dominicana (ELD), el brazo armado del Movimiento de Liberación Dominicana, (MLD), «frente político pluralista, que aglutinó a lo más sano y valioso del exilio, hombres de diversas ideologías y de diferentes clases sociales, caracterizados por un elemento y objetivo comunes: su antitrujillismo y la patriótica decisión de liberar al pueblo dominicano de la tiranía que lo oprimía». (1)

El MLD se había formado en Venezuela en el mes de marzo de 1959 con la participación de la mayoría de organizaciones políticas del exilio, y quedó integrada por el Frente Unido de Puerto Rico, el Frente Unido Dominicano de New York, la Unión Patriótica Dominicana de Cuba, el Partido Socialista Popular, el Frente Independiente Democrático de Venezuela y la Unión Patriótica Dominicana de los Estados Unidos.

En el acta de constitución se estableció el nombramiento de Enrique Jiménez Moya como comandante en jefe del Ejército de Liberación Dominicana y la creación de un Consejo Asesor de la Revolución Dominicana y un Comité Central Ejecutivo que quedó integrado por los doctores Francisco Castellanos, Francisco Canto, Luis Aquiles Mejía, Juan Isidro Jiménez Grullón y el señor Cecilio Grullón. No podía faltar, por supuesto uno de los más respetados y prestigiosos integrantes del exilio, el general Juancito Rodríguez, quien fue designado Consejero y y suplente de los miembros del Comité Central. A su hijo, José Horacio Rodríguez Vázquez, se le confiaría la comandancia del campamento de Mil cumbres. El mismo hijo que el día 20 de junio de 1959 comandaría heroicamente el desembarco de los noventa y seis expedicionarios de la lancha Carmen Elsa en la playa de Maimón.

El Ejército de Liberación Dominicana, era, en consecuencia, un mosaico, un muestrario de la más variada humanidad. Algunos de los mejores hombres habían luchado en varios frentes, habían tomado parte en los entrenamientos de Cayo Confites, habían combatido en Costa Rica, Venezuela, Cuba, en Europa durante la segunda guerra mundial y hasta en la guerra de Corea.

Uno de ellos, Enrique Jiménez Moya, el comandante en jefe de la expedición, tenía un largo historial, igual que su segundo al mando, el comandante cubano Delio Gómez Ochoa, que fue uno de los más destacados de la revolución cubana, una figura de primer orden, un combatiente internacionalista que lo dejó todo para volver a la lucha.

Jiménez Moya y su padre abandonaron el país durante los primeros años de la tiranía, al ver el giro cada vez más autoritario del gobierno. Hay quien sostiene que su salida no fue voluntaria, sino forzosa, que tuvo que salir cuando se descubrió que estaba trabajando en la formación de un frente interno para brindar apoyo a los hombres de la fracasada expedición de Cayo Confites. Lo cierto es que salieron, se establecieron en Colombia y luego definitivamente en Venezuela. Un par de años después se involucraría en los entrenamientos de la expedición de Luperón en Guatemala, y también se involucró junto a otros dominicanos en la revolución de Costa Rica.

En Venezuela se opuso al gobierno del General Marcos Pérez Jiménez y en 1958 tomó parte en el ataque a la base aérea La Carlota, la acción militar que precipitó la caída de la dictadura y su sustitución por una junta cívico militar presidida por el almirante Wolfang Larrazábal Blanco, un almirante que tenía vínculos familiares y afectivos con el país dominicano.

Larrazabal presidió la apertura democrática de Venezuela que culminó con el triunfo de Rómulo Betancourt en las elecciones de 1958, contra el cual competía. Había contribuido a derrocar a uno de los SOB del imperio y no contaba, por supuesto, con la simpatía del imperio y el imperio no contaba con la simpatía de los venezolanos. Tuvo que enfrentarse a varios golpes de estado, de los cuales salió airoso, pero quizás el momento más difícil fue durante la indeseable visita del entonces vicepresidente Richard Nixon de los Estados Unidos, que realizaba una gira por Sudamérica que culminó en un desastre total.

La visita del indeseable a Venezuela tuvo lugar el 13 de mayo de 1958 y fue recibido calurosamente con las protestas y movilizaciones más rabiosas y violentas que se habían visto en Caracas. La multitud enardecida desbordó las medidas de seguridad, apedreó el vehículo posiblemente blindado en que iban Nixon y su esposa, lo zarandearon, intentaron volcarlo, lanzaron escupitajos, el mismo Nixon y su esposa fueron bendecidos a salivazos. En un cierto momento la tensión llegó a tal extremo que la situación parecía a punto de reventar y se produjeron amenazas de invasión y represalias por parte de los gloriosos marines.

Larrazabal, sin embargo, no escarmentaba. Uno de sus últimos actos fue quizás el más atrevido de todos:
«El 7 de diciembre de 1958, aterrizó en el occidente de la Sierra Maestra un avión C-46 cargado de armas y pertrechos bélicos, en especial ametralladoras calibre 30 y 50, así como bazucas y explosivos enviados por la UPD de Venezuela y Wolfgang Larrazábal, a Fidel Castro para el empuje final contra Batista. En el avión iba también Manuel Urrutia, quien fue el primer Presidente de la Cuba Revolucionaria, y Enrique Jiménez Moya con un mensaje de la UPD de Venezuela firmado por el Dr. Francisco Castellanos, Rinaldo Sintjago Pou, Cecilio Grullón y Miguel Ángel Gómez Rodríguez, en el que le pidieron al Comandante en Jefe de la Revolución Cubana ayuda para iniciar el entrenamiento militar en la Sierra Maestra de un selecto grupo de dominicanos que, después del derrocamiento de Batista, se lanzaría a combatir contra Trujillo».(2) 

(Historia criminal del trujillato[177])
Bibliografía
Robert D. Crassweller, «The life and times of a caribbean dictator»
Héctor Luis Martínez, «Enrique Jiménez Moya: combatiente por la libertad», (https://acento.com.do/amp/cultura/enrique-jimenez-moya-combatiente-por-la-libertad-9532058.html)
Notas:
(1)Emilio Cordero Michel, «Las Expediciones de Junio de 1959», p. 103
(2)2 Ibid.p.108

La repatriación armada (5)La raza inmortal (continuación) 

Pedro Conde Sturla


Delio Gómez Ochoa y Enrique Jimenez Moya 

El cargamento de armas para los rebeldes cubanos ya no sería necesario porque la revolución estaba por terminar. Serían otros rebeldes, probablemente dominicanos, los que les darían uso.

Jimenez Moya estaba quizás decepcionado. Lo habían incorporado con rango de teniente al ejército revolucionario, pero lo habían asignado a la inspección y compra de provisiones y él quería combatir. Pidió que lo incorporaran al combate y Fidel lo complació, aunque muy pronto tendría motivo de arrepentirse. Jiménez Moya participó en un combate que duró veinte días y pudo ser el último, el fiero combate de Maffo (uno de los últimos reductos de la tiranía batistiana, cerca de Santiago de Cuba). Tuvo tan mala suerte que resultó seriamente herido. Un fragmento de granada le perforó un riñón. Para peor, tuvo que esperar diez horas para ser atendido por los médicos, pero logró sobrevivir y recuperarse satisfactoriamente.

Después Fidel lo ascendió a capitán. También propondría más adelante su designación como comandante del Movimiento de Liberación Dominicana (MLD), algo que molestó sensiblemente a los dirigentes del PRD y en especial a Juan Bosch.

En cambio, una vez en el poder, el presidente Urrutia le dedicó las más honrosas palabras:
«… Este dominicano a quien debemos eterna gratitud y que ya hoy es capitán de las fuerzas rebeldes se llama Enrique Jiménez Moya, llegó con nosotros a Cuba el 7 de diciembre de 1958 y ya fue herido en el ataque a Maffo cuando trataba de lanzar una granada de mano en las puertas mismas de la fortaleza de los soldados del tirano. Este dominicano estuvo en Cayo Confites. Este dominicano estuvo en Luperón. Este dominicano estuvo en la revolución de Costa Rica y este dominicano viene ahora a repetir a Cuba el gran servicio que nos prestó nuestro gran Máximo Gómez (sic)». (1)

Jiménez Moya no era, sin embargo, el único. Recuérdese que el dominicano Ramón Emilio Mejía del Castillo, alias Pichirilo, fue uno de los ochenta y dos hombres que habían venido en el Gramma (en calidad de segundo timonel del yate), uno de los que desembarcó con las tropas el 2 de diciembre de 1956, uno de los veinte o veintidós que sobrevivieron al combate de Alegría del Pino pocos días después.
El hombre con mayor experiencia militar de la expedición (y de los pocos que saldrían con vida), era probablemente el comandante cubano Delio Gomez Ochoa.

Gómez Ochoa se destacó en la lucha clandestina como coordinador del movimiento revolucionario en La Habana y se destacó en la Sierra Maestra, primero como capitán del ejército rebelde y luego como comandante del IV Frente Oriental, designado por el mismo Fidel Castro. Muy pronto se le encargaría la misión de organizar los grupos guerrilleros de Oriente en un sólo mando. Estuvo al mando de la Columna 1 José Martí y fue después designado delegado nacional de acción y coordinador en las provincias occidentales, tuvo a su cargo la creación de los frentes guerrilleros en la Región Occidental y otras muchas responsabilidades.

En el fragor del triunfo de la revolución conoció a Enrique Jiménez Moya y este lo convenció de unirse a la lucha contra Trujillo. Sin pensarlo dos veces, Gómez Ochoa se entregó a una nueva causa: la de libertad de los dominicanos. Él y Jiménez Moya y otros emprendieron la difícil tarea de organizar una expedición guerrillera para enfrentarse al más luciferino sátrapa de las Américas. No escatimaron esfuerzos ni sacrificios. Se entregaron en cuerpo y alma y la mayoría dejó la vida en la noble empresa.

Esa es la extirpe de los hombres que forjaron la leyenda de la raza inmortal…

Avenida Winston Churchil (apéndice)

El pedigrí del personaje cuyo nombre deshonra la calle que debía ostentar en toda su extensión el nombre del comandante Enrique Jiménez Moya es poco menos que espeluznante.

En las biografías de Churchil hay mucho de exageración y mucho de ocultamiento y abultamiento, datos horripilantes que sus hagiógrafos no mencionan. Hay, en definitiva, muchos Churchill, hay Churchill para rato y sobra Churchill.

En su carrera política y militar se registran numerosos “episodios de incompetencia con otros de un terrible desprecio xenófobo por todos los súbditos coloniales de la corona inglesa, así como por los alemanes, a quienes consideraba como conflictivos y violentos por naturaleza”. Una de sus grandes realizaciones fue la hambruna que provocó en Alemania al fin de la primera guerra mediante el bloqueo de sus fronteras para obligarla a firmar el tratado de Versalles, que garantizaba la ruina económica de ese país por varias décadas y provocó incontables víctimas entre la sufrida población civil.

En 1918, cuando empezó el proceso de desmantelamiento del imperio otomano después su derrota, los británicos ocuparon Irak donde establecieron un férreo dominio colonial que provocó el levantamiento de los árabes y kurdos.

En la medida en que aumentaba la resistencia, el señor Churchill, que en 1919 había expuesto públicamente su extrañeza al rechazo de las armas químicas”, se declaró “totalmente a favor del uso de gas venenoso contra tribus incivilizadas” y lo utilizó en 1920 contra los kurdos iraquíes, anticipándose de esta manera a Saddam Hussein.

“Los árabes y kurdos ya saben lo que significa en términos de víctimas y daños un bombardeo auténtico. En cuarenta y cinco minutos un pueblo de tamaño completo puede ser prácticamente eliminado y de un tercio de sus habitantes muertos o heridos.”

“Las bombas de fósforo, los cohetes de guerra, fuego líquido, bombas de retardo, muchas de estas armas fueron utilizadas por primera vez en el Kurdistán siguiendo los deseos de Churchill de buscar herramientas más prácticas y económicas de someter poblaciones tribales sin la necesidad de requerir costosas unidades de policías coloniales”.

Durante la segunda guerra mundial, ante la dificultad y peligro que conllevaba el ataque de objetivos militares fuertemente defendidos, el gran humanista Winston Churchill, máximo líder de la Gran Bretaña, se propuso, y quizás lo logró, la eliminación de un millón de civiles alemanes mediante el bombardeo de ciudades. Los grandes conjuntos de edificios de viviendas familiares se convirtieron en objetivo militar.

La ciudad de Dresde, donde habitaba una enorme cantidad de refugiados e incluso prisioneros de guerra aliados, la llamada Florencia del Elba, que no revestía ningún interés militar, doce semanas antes del fin de la guerra fue arrasada por bombarderos pesados, que dejaron caer cerca de 4000 toneladas de bombas explosivas e incendiarias que la redujeron a cenizas. Eran “asesinatos masivos de civiles realizados en ‘legítima defensa”’.

Al llegar “a este punto, Churchill consiguió forzar la guerra entre Reino Unido y Alemania hacia un nivel superior de vesania y crueldad”.

Pero donde la gota de la crueldad rebosa la copa, es en el capítulo de “El Holocausto bengalí”, que casi no se menciona, que casi no existe, que permanece casi como quien dice oculto para cubrir la vergüenza de su autor o autores:

“No es un episodio extraordinario ni atípico el hecho de que el genocidio moderno de millones de seres humanos sea totalmente desconocido para el gran público. Es la sistemática habitual de los poderes fácticos que controlan Hollywood y las productoras de televisión: hablarnos del holocausto judío como el mayor genocidio jamás cometido y el único en crueldad. Lo que si puede ser sorprendente es constatar la total inexistencia de fuentes de información para estudiar el genocidio de entre 6 y 7 millones de indios bengalíes por influencia de Winston Churchill entre 1943 y 1945.

La hazaña militar más notoria del gran estratega y humanista es la aventura de Gallípoli, “una opción casi suicida” (y en contra de la opinión de sus asesores militares), para los miles de soldados que fueron enviados al matadero.

La aventura de entonces Primer Lord del Almirantazgo le costó la carrera militar y el odio de los propios ingleses y aliados, que lo persiguió durante décadas, pero el precio que pagaron las tropas aliadas es imponderable:

“La sociedad británica sufrió un grave trauma por las 250.000 bajas militares que sufrió el ejército (más de 50.000 muertos). Desde entonces la palabra Gallípoli recuerda el alto precio que han de pagar millones de familias humildes y trabajadoras por la actuación frívola y caprichosa de un individuo cuyo cargo de líder militar le es otorgado por “status parlamentario”. Desde entonces, Chuchill fue conocido en la sociedad británica como “el carnicero de Gallípoli”…

Por cierto, cuando George W. Bush ocupó la presidencia instaló un busto de Churchill en la Oficina Oval de la Casa Blanca. Cuando Obama llegó al poder, le devolvieron el busto a Gran Bretaña. El abuelo keniano de Obama, Hussein Onyango Obama, había sido encarcelado en uno de los campos de concentración que Churchill y los suyos habían construido.

(Historia criminal del trujillato[178])
Bibliografía

Robert D. Crassweller, «The life and times of a caribbean dictator» 

Nota: 

1) Héctor Luis Martínez, «Enrique Jiménez Moya: combatiente por la libertad», (https://acento.com.do/amp/cultura/enrique-jimenez-moya-combatiente-por-la-libertad-9532058.html) 

La repatriación armada (6) 14 de junio de 1959: Constanza 

Pedro Conde Sturla











Era el 14 de junio de 1959 —a eso de las seis de la tarde de un domingo engañosamente apacible—, y algo estaba a punto de pasar: Un avión Curtiss C-46 Comando (con las insignias de la Aviación Militar Dominicana [AMD]) aterrizó limpiamente en el minúsculo aeropuerto de Constanza y provocó un revuelo monumental.

Los guardias que custodiaban el lugar no podían creer lo que estaba sucediendo. Del avión empezaron a salir hombres endemoniados, con uniforme de combate militar, que disparaban contra todo lo que se movía y rápidamente desaparecieron, se internaron en la espesura, en dirección a las montañas, y a su paso dejaron probablemente varios muertos y heridos. El avión, mientras tanto, despegó bajo fuego y regresó a su lugar de origen al mando del piloto venezolano Julio César Rodríguez y el copiloto cubano Oreste Acosta. Se le contaron once perforaciones. Once agujeros de bala.

«Mientras todavia desembarcaban los expedicionarios, un raso, apodado El Mulo, corrió hacia la cabecera de la pista. Este uniformado estaba de puesto en la casa de Trujillo, frente al aeropuerto, por lo que se aproximó a los recién llegados, con una ametralladora BAR o Cestme, española, que al tener dos "paticas", parecía una calibre 30 ligera pero, introdujo el cargador de tiros mal y no pudo disparar, por lo que se vio obligado a huir, al ser disparado por uno de los combatientes.

El desembarco fue una operación exitosa, audaz, sin precedentes y no habían tenido bajas en la proeza». (1) 


El vuelo había salido a las tres de la tarde de una localidad llamada El Aguacate, perteneciente a Santiago de Cuba. En su interior llevaba una carga preciosa: cincuenta y cuatro expedicionarios armados hasta los dientes y de un coraje excepcional. Enamorados hasta los tuétanos del más puro ideal libertario. Otros vendrían por mar, a bordo del yate Carmen Elsa y una lancha nombrada Tinina.


Habían abandonado el campamento de Rancho Mil Cumbres a principios de junio y se establecieron durante unos días en otro llamado Cienaguillas, justo al pie de Sierra Maestra. De los doscientos cuarenta y tres expedicionarios que habían pasado el entrenamiento unos veinte desistieron del empeño por enfermedad u otras razones y el resto se dividió en tres grupos, uno que vendría por aire y dos por mar.

Dice Emilio Cordero Michel que a los expedicionarios se les proveyó de abundante armamento, incluyendo fusiles FAL, Garand, carabinas Cristóbal, carabinas Garand M-2, proyectiles a granel ametralladoras de alto calibre y hasta bazucas y morteros y granadas de mano, minas, explosivos, equipos de comunicaciones y alimentos para unos pocos días.

«El plan era crear 3 frentes simultáneos: uno en el macizo central, con su punto de infiltración aérea por San Juan de la Maguana o Constanza, y 2 marítimos en los yates Carmen Elsa y Tínima, a ambos lados de Puerto Plata, con desembarcos en La Isabela y Sosúa para infiltrarse y asentarse en la Cordillera Septentrional.

»Era fundamental la sorpresa y simultaneidad, debido a que el momento más difícil y peligroso para la expedición era el de la aproximación y desembarco por la amenaza de la detección y ataque con aviación y/o artillería. Por ello, las primeras horas serían las decisivas, ya que, una vez en tierra e internados en los montes y montañas cercanos, la aviación, la artillería y los blindados serían poco efectivos, y sólo se combatiría contra la infantería, cuando se considerara necesario. La expedición aérea, en un C-46 camuflado con las insignias de la Aviación Militar Dominicana (AMD), estaba bajo el mando de Enrique Jiménez Moya, comandante de la expedición, y su segundo era el comandante Delio Gómez Ochoa; la del yate Carmen Elsa, estaba comandada por el Dr. José Horacio Rodríguez Vázquez, secundado por el Dr. Virgilio Maynardi Reyna; y la del Tínima, estaba bajo el mando de Rafael Campos Navarro, secundado por Víctor Manuel Maynardi Reyna (Silín)». (2)

En el avión, piloteado como ya se dijo por el venezolano Julio César Rodríguez y copiloteado por el cubano Orestes Acosta, llegó la avanzada compuesta por cincuenta y cuatro hombres a Constanza. Unos días después desembarcarían por Maimón y Estero Hondo los hombres de las embarcaciones Carmen Elsa y Tínima.

He aquí los nombres de los osados, de los atrevidos, de los temerarios, los nombres de los héroes de la avanzada de Constanza, nombres que deberían estar con los demás en algún monumento, grabados en letras de fuego:

Grupo Jiménez Moya
Jiménez Moya, Enrique (Comandante de la Expedición)
Alfonseca, Alberto J. (Beto) (cubano)
Alfonseca Espaillat, Augusto Juan (Purro)
Aliés Messón, Miguel
Almonte F., José Vicente
Batista Cernuda, José Antonio (Chefito)
Betancourt Carril, Enrique (cubano)
Cabral Manzano, Carlos Luís
Cabrera Liz, Juan Francisco (Quico)
Cárdenas Soto, Juan (venezolano)
De los Santos Peralta, Félix (Esperanza)
Domenech Russo, Alejandro César
Ermini, Edwin (venezolano)
González, Antonio Luís (venezolano)
Guzmán Abréu, Leandro Efraín
Henríquez Rodríguez, Rafael (Chapú)
Hungría Fermín, José Antonio (Tony y Tonty)
Jiménez Nouel, Leopoldo
López López, Ramón (Nené) (cubano)
Mainardi Méndez, Víctor Eligio (cubano)
Mateo Calcagno, Héctor Vinicio (Mateíto)
Molina González, José Isaac (venezolano)
Montesinos, Max (cubano)
Patiño Martínez, José Arismendi (Chepito)
Perelló Díaz, Rafael Tomás
Pichardo Díaz, Federico Augusto
Reyes Medina, Oscar (Cohetico) (cubano)
Rodríguez, Rafael A. (Tony)
Spignolio Mena, José Antonio (Cuco)
Taváres Pepín, Alcibíades Antonio (Pijín)
Torres, Alejandro Fidel (Langué)
Vega Acosta, Oscar Luís (venezolano)
Ventura Simó, Juan de Diós
Wite, Charles (Charlie) (norteamericano)


Grupo Gómez Ochoa
Gómez Ochoa, José Delio (cubano) (sobreviviente)
Achécar Kalaf, Antonio Javier (Tonino)
Almánzar Díaz, Juan Antonio
Almonte Pacheco, Antonio Gonzalo (sobreviviente)
Callejas, José Luís (cubano)
Chervony, David (puertorriqueño)
Feliú Arzeno, Miguel Angel (Miguelucho)
Fernández Báez, Pedro Pablo
Germán Santos, Francisco Medardo (sobreviviente)
López Rodríguez, Frank Eberto (cubano)
Mella, Rafael Augusto
Mirabal Guerra, Pablito (cubano) (sobreviviente)
Moore Garrido, Rafael (Fellín)
Pou Saleta, Poncio (sobreviviente)
Puigsubirá Miniño, Juan Enrique (Johnny)
Rodríguez Bou, Gaspar Antonio (Napy y Tony)
Rojas Pérez, Cosme Augusto (Rojitas)
Ruíz, Ramón (puertorriqueño)
Sintjago Pou, Rinaldo
Vargas y Vargas, Mayobanex (Nené) (sobreviviente)

Uno de los hombres de más arrestos, y con una historia muy singular a su espalda, era Juan de Dios Ventura Simó. Éste era capitán piloto de la Aviación Militar Dominicana y cuando se enteró de los preparativos de una expedición contra el gobierno de la bestia desertó el mes de abril en su avión Vampiro (Havilland DH.100 Vampire), aterrizó en Puerto Rico y pidió asilo, viajó posteriormente a Venezuela y finalmente se unió a los insurrectos.

Juan de Dios al parecer no participó en los entrenamientos. Vino en el avión como asesor e ingeniero de vuelo y se suponía que regresaría en el avión. En algún momento, según se dice, cambió de opinión y se tiró al ruedo, se fue al monte con los demás, desoyendo los llamados del piloto para que regresara. Tres días después sería capturado y bárbaramente torturado.

Fue uno de los once o doce francomacorisanos (Bienvenido Fuertes Duarte, Frank Grullón, Nino Rizek, Leandro Guzmán Abreú, Papi Olivier, José Martínez, Guillermo Padilla, Ercilio García Bencosme, Tonino Achecar y Manuel José Del Orbe) que ofrendaron sus vidas en la contienda.


(Historia criminal del trujillato[179])
Bibliografía
 

Anselmo Brache Batista, «Constanza, Maimón y Estero Hondo: Testimonios e investigación sobre los acontecimientos».
Emilio Cordero Michel, «Las Expediciones de Junio de 1959»,

Notas:

(1) Anselmo Brache Batista, «Constanza, Maimón y Estero Hondo: Testimonios e investigación sobre los acontecimientos», p. 108


(1) Emilio Cordero Michel, «Las Expediciones de Junio de 1959», pgs. 112, 113.


La repatriación armada (7) Infierno en las montañas 
Pedro Conde Sturla 
En principio, el avión estaba supuesto a aterrizar en San Juan de la Maguana, pero Juan de Dios Ventura Simó lo desaconsejó. Ventura Simó viajaba como asesor, como ingeniero de vuelo por haber sido piloto de la Aviación Militar Dominicana (AMD) hasta el momento de su deserción dos meses atrás y por su mayor experiencia. Conocía los aeropuertos del país y, a su juicio, la pista de San Juan era demasiado corta y el avión llevaba mucho peso y muchos explosivos, lo que obligaba a un difícil y peligroso aterrizaje, con el riesgo de que la nave sufriera averías que le impidieran regresar a Cuba, como estaba previsto.

Fue un cambio de planes probablemente favorable a pesar de que Constanza, por ser un aeropuerto de montaña, estaba fuertemente custodiado. Había mercenarios de la Legión Extranjera y había una numerosa presencia militar, pero el lugar se prestaba quizás mejor que ninguno para un desembarco guerrillero.

Constanza, muy pronto, estaría a la vista. Varias veces se oyó cantar el Himno Nacional. Lo cantaban con emoción, con verdadero sentimiento.

El momento había llegado. Después de tanto fatigar durante tantos meses de duro entrenamiento en el campamento de Mil Cumbres, el momento decisivo había llegado. La expectación crecía en la medida en que el avión se acercaba a la pista y en el momento en que aterrizó los nervios se tensaron. Quizás al mismo tiempo empezaría la balacera.


«El avión voló sobre el pueblo, luego sobre el aeropuerto, donde dio una vuelta para evadir las nubes, y aterrizó de oeste a este. De los ocupantes descendieron 54 combatientes rumbo a las montañas de Constanza, aterrizando a las 6:25 p.m. (hora de Cuba y también local). El desembarco duró 8 minutos. De la vanguardia, compuesta por 5 Voluntarios para proteger el descenso de los demás expedicionarios, el primero en bajar fue el capitán Ramón —Nené— López, cubano, luego el

resto: Gaspar (Tony) Rodríguez Bou, Mayobanex Vargas, Fellín Moore y Juan Antonio Almánzar. El sexto en bajar fue el comandante Delio Gómez Ochoa (cubano) ». (1) p. 106


Al final de la pista, mientras los pilotos del avión se preparaban para maniobrar y levantar el vuelo de regreso, los hombres empezaron a desembarcar rápidamente usando un tablón por el cual se deslizaban como por un tobogán, pero el tobogán no duró mucho. A causa de la vibración, el fuerte viento que tiraban las hélices, la prisa y los nervios y un probable descuido, el tobogán cayó al suelo y nadie se ocupó de recuperarlo. Los demás (incluyendo al ingeniero de vuelo,
 que no tenía entrenamiento y debía volver a Cuba), se tirarían o se descolgarían del avión desde una altura considerable. Otro que no se suponía que viniera fue Pablito Mirabal, que era casi un niño. Había hecho el viaje escondido en el avión y cuando intentaron impedirle que bajara dio un tremendo salto y se unió a los demás combatientes que ya habían pisado tierra.

Aparte de las balas, la posibilidad de romperse un hueso o quedar inutilizado por la caída representaba la muerte, la captura, la tortura y la muerte. Afortunadamente no hubo daños mayores entre los expedicionarios. Lo lamentable es que en la prisa dejaron una de las cosas más importantes: un equipo portátil de comunicación, aparte de bazucas y minas y explosivos quizás demasiados pesados y engorrosos. Por lo demás fue todo un éxito. Incluso el avión, según se sabe, pudo regresar a Cuba con apenas unos cuantos agujeros en el fuselaje.

Tanta fue la suerte que hasta en un primer encuentro con una patrulla motorizada de la aviación los insurgentes salieron bien librados. En cambio lograron matar, según se dice, a varios guardias y un oficial.


Así lo cuenta Anselmo Brache:


«Se acercaron dos vehículos (un carro y un jeep) con sol-

dados a observar la operación. Los expedicionarios les

abrieron fuego, destruyendo a uno de ellos. El otro regresó.

Posteriormente aclaraba el raso Ricardo Antonio González,

quien era el chofer del carro destruido, que al ver el avión

mientras daba el giro se dirigió al aeropuerto a recibir los

pilotos, le acompañaba la hijita del mayor Fabio Chestaro,

comandante de Constanza y un segundo teniente, también

le seguía un jeep (Land Rover). Ya sobre la pista notaron a 5

hombres que protegían el avión, "no amigos", ", por lo que

tuvieron la intención de estrellarse en el tren de aterrizaje 

del avión, entonces aumentaron la velocidad pero recibieron ráfagas que le destrozaron el parabrisas, el vidrio trasero, las gomas delanteras y otros impactos, uno de los cuales perforó la tubería de la gasolina, incendiándose, finalmente. Obligados a detenerse pudieron salvarse, arrojándose a la cuneta. El jeep giró para devolverse, recibiendo 17 perforade costado, de la puerta hacia atrás, salvándose así el cabo que lo conducía». (.  ) P.  107


En algún lugar se dividieron en dos grupos, aunque quizás sin proponérselo. Quizás, como afirma Emilio Cordero Michel: «se dividieron, inconscientemente, en dos grupos: uno con 34 expedicionarios al mando del comandante Enrique Jiménez Moya; otro de 20, comandado por Delio Gómez Ochoa. El primero tomó el rumbo hacia El Río y Tireo, al norte, zonas muy pobladas y con vías de comunicación, mientras el segundo buscó la zona de Los Botados, hacia el sureste, donde la densidad de población era bajísima y muy escasas las fuentes de suministros alimenticios. Los integrantes de ambos grupos jamás volvieron a encontrarse, a menos que fuera siendo prisioneros en San Isidro o en las cámaras de tortura de La 40 y El 9». (1)

Ramfis Trujillo (que detentaba en ese momento el muy pomposo cargo de Jefe de Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas de Aire, Mar y Tierra), tomó desde el primer momento el mando de las operaciones de aire, mar y tierra.

Dice Emilio Cordero Michel que tanto Ramfis como sus envanecidos oficiales creían poder liquidar a los expedicionarios en menos de veinticuatro horas. Contra ellos se lanzó, con tal propósito, una manada de unos tres mil soldados. Creían firmemente que «la limpieza y exterminio final los harían sus compañías de fusileros, las tropas regulares del Ejército, la Legión Extranjera Anticomunista y los llamados “Cocuyos de la Cordillera”». (2)

A la infantería se sumaría la aviación.

Lo que se desató en esas lomas, apenas un día después del desembarco guerrillero, fue un pandemonio, un verdadero pandemonio, un bombardeo indiscriminado que acabó con las vidas de numerosos campesinos. De los mismos campesinos que hostigaban y perseguían espontáneamente a los guerrilleros.

Dice Emilio Cordero Michel que se utilizó hasta napalm y se utilizó desde luego toda la infernal parafernalia de que disponía el régimen de la bestia. Las aterradoras escuadrillas de bombarderos y caza iban y venían todo el día esparciendo bombas explosivas e incendiarias sobre todas aquellas montañas donde se suponía que pudieran estar los insurrectos.

Los continuos bombardeos, sin embargo, no provocaron bajas entre los guerrilleros, pero el efecto sicológico fue terrible.

«Quizás —como dice Emilio Cordero Michel—el efecto más importante de esos brutales y permanentes bombardeos y ametrallamientos aéreos fue que el grupo de Jiménez Moya comenzó a dividirse y a perder volumen de fuego. De este grupo, se escindió uno comandado por el capitán cubano Ramón López (Nene), que marchó en forma paralela hacia el norte, y luego de su muerte, algunos de sus integrantes llegaron hasta El Corocito, cerca de Jarabacoa. El día 16, después del combate de La Guamita, Jimenes Moya sufrió otra división: José A. Batista (Chefito) se desprendió con 9 más hacia el Noreste, hacia Los Chicharrones. Al día siguiente, el 17, Rafael Tomás Perelló cayó prisionero al descomponérsele el fusil FAL». (3)

Las cosas comenzaban ahora a ir de mal en peor. Entre el acoso de los guardias, los campesinos, los bombardeos y el hambre, los grupos empezaron a descomponerse en fracciones cada vez más pequeñas y aisladas. En realidad nunca tuvieron la menor oportunidad de formar un frente guerrillero.

Robert D. Crassweller, «The life and times of a caribbean dictator».

Notas:

(1)Emilio Cordero Michel, «Las Expediciones de Junio de 1959», p.114

(2) Ibid.

(3) Op. cit., p. 116.

La repatriación armada (8): Juan de Dios Ventura Simó 

Pedro Conde Sturla

La carencia de una base logística, de un frente interno como el que habían previsto los organizadores de Cayo Confites y Luperón, contribuyó sin duda al fracaso de los insurrectos, si acaso no hubieran fracasado de cualquier manera ante el despliegue multitudinario de fuerzas, la avalancha de guardias y civiles y el continuo bombardeo. Muy útil hubiera sido, sin embargo, contar con grupos clandestinos de apoyo, campesinos que les sirvieran de guía, que les proveyeran agua y comida y si era posible escondites. En esa carencia influyó quizás la prisa con que se organizó la expedición, al calor del triunfo de la revolución cubana, al calor del triunfalismo. Además, como decía Helmuth von Moltke,: “Ningún plan sobrevive al primer contacto con el enemigo». Por muy juiciosa y meticulosa que sea la preparación, el campo de batalla está repleto de factores imponderables.

La presión se hizo sentir desde el principio.

Pocos días después del desembarco, el desventurado Juan de Dios Ventura se separó de su unidad. Estaba agotado, hambriento, tenía los pies hinchados, estaba en el límite de sus fuerzas, probablemente no estaba ya pensando bien y se entregó a un grupo de campesinos que quizás lo seguían. Cometió el más grave error de su vida: dejarse agarrar vivo. Hasta el mismo Ramfis llegó a decirlo. Dijo que era un hombre de tres pares de cojones. Uno que había desertado, se había unido al enemigo, había regresado y se había dejado coger con vida.

Juan de Dios sería de seguro maltratado por los campesinos, le darían, como era de rigor, una o varias golpizas reglamentarias cuando fue entregado a los guardias. Lo recibirían quizás, como a los demás, a culatazos, al más puro estilo de la guardia de la bestia, que sigue siendo el mismo.

Ese fue sólo el comienzo de su calvario. Lo que hicieron cuando fue transportado a la Base Aérea de San Isidro no tiene nombre. Ramfis Trujillo lo recibió con malsano júbilo y lo sometió a las más bárbaras torturas. Torturas en las que de seguro Ramfis participó personalmente. «Lo torturaron más que a Cristo», dijo su viuda, Yolanda Garrido, y no le faltaba razón:

«Cuenta que el hijo del dictador era tan cruel que calentaba una plancha y se la pasaba por todo el cuerpo y llevaban a sus compañeros de lucha “para que vieran lo que se les hacía a los traidores”, le tiraban la comida en el suelo y otras barbaridades.

»“A Juan de Dios lo tiraron verdaderamente al mar porque ya no servía, ya no era gente, no era una persona, si de verdad lo tiraron al mar, le sacaron todas las uñas, los dientes, no tenía cabellos, se puso pequeñito por las torturas porque cuando se sufre como él, se vuelve un guiñapo, y eso fue lo que tiraron al mar”».(1)

Poco tiempo después de su llegada a San Isidro —y cuando todavía tenía dientes y uñas y podía ponerse de pie y hablar—, apareció Juan de Dios en el canal 4 de La voz dominicana, el único canal y la única emisora de televisión que había en el país. Fue algo estremecedor. En el canal 4 apareció Juan de Dios, macilento y maquillado, con uniforme de Coronel, cosa que quería indicar que lo habían ascendido, y comenzó a leer un documento en el que desmentía su deserción y proclamaba su lealtad al régimen… Quisieron hacer creer que su deserción había sido un engaño, que había actuado como un agente encubierto… Toda una farsa, una grotesca farsa. Se había montado un sainete, un espectáculo degradante que se repitió al infinito durante varios días.

El comentario de un testigo de la época, encontrado por casualidad en Facebook, recoge el episodio en toda su frescura e inmediatez:

Rafael Castillo Abreu
Como lo expliqué anteriormente: En casa teníamos TV, y ví en Junio 1959, en el Canal 4, a Juan de Dios Ventura Simó (Q.E.P.D.), uniformado y con rango de Coronel leyendo, forzadamente (o contra su voluntad), un manifiesto que lo puso a leer la Dictadura (se le notaba muy nervioso y demacrado) pocos días antes de asesinarlo, simulando “un accidente de aviación”. Ojalá que algún día aparezca ese vídeo. También había dos locutores leyendo el listado de asesinados y apresados en las montañas. Tal vez los trujillistas robaron o eliminaron dichos videos a la partida de los Trujillo en Noviembre 1961».

Pocos días después se anunció gravemente su muerte en un accidente aéreo tan poco creíble como el burdo mamotreto televisivo… El accidente fue fingido, pero su muerte no.

Para peor, algo terrible y desalentador había ocurrido en las montañas. El día 29 de junio, menos de dos semanas después de haber puesto pie en Constanza, Jiménez Moya fue capturado y asesinado. Según se dice, durante un enfrentamiento se separó de su columna, quedó aislado y fue apresado, apaleado y ejecutado en un lugar no bien establecido. Al sobreviviente Delio Gómez le tocaría la tarea de identificar su cadáver en la morgue.

«…su grupo —dice cordero Michel— dejó de constituir amenaza militar alguna; los escasísimos expedicionarios que no murieron en emboscadas o quedaron heridos y rematados por el Ejército al ser encontrados, se rindieron por hambre y cansancio. Prisioneros, algunos fueron fusilados en el aeropuerto de Constanza, y los demás trasladados a la Base Aérea de San Isidro, donde corrieron peor suerte». (2)
La gente del veterano Delio Gómez Ochoa logró mantenerse unida y no sufrió bajas hasta varios días después del desembarco. Trataban obstinadamente de escabullirse y encontrar comida, pero los guardias los seguían de cerca, los campesinos los delataban y los bombas caían cerca. En una ocasión cayeron en un lugar en el que habían estado el día anterior y otras veces sobre los guardias y campesinos que los perseguían.

(Historia criminal del trujillato[181])
Bibliografía
Robert D. Crassweller, «The life and times of a caribbean dictator».
Emilio Cordero Michel, «Las Expediciones de Junio de 1959»,
Notas:
Adalberto de la Rosa, «Viuda del capitán Juan de Dios Ventura Simó “Lo torturaron más que a Cristo”», Fuente: Diario Libre, (https://share.google/AV3OkQoY7pr8cqmet).
Emilio Cordero Michel, «Las Expediciones de Junio de 1959», p.117


La repatriación armada (9): Los últimos combates 

Pedro Conde Sturla  

La gente del veterano Delio Gómez Ochoa logró mantenerse unida y no sufrió bajas hasta varios días después del desembarco. Trataban obstinadamente de escabullirse y encontrar comida, pero los guardias los seguían de cerca, los campesinos los delataban y las bombas caían cerca. En una ocasión cayeron en un lugar en el que habían estado el día anterior y otras veces sobre los guardias y campesinos que los perseguían.

«El 30 fueron detectados, cercados y atacados por descuidos de los dos postas; el grupo tuvo un herido que fue dejado atrás, al que remataron las tropas trujillistas.Tras este combate, el grupo se dispersó totalmente: Delio Gómez Ochoa quedó con 10 expedicionarios; Juan E. Puigsubirá (Johnny) con 2 más; el capitán cubano José Luis Calleja con otros dos; Mayobanex Vargas quedó aislado y tomó el rumbo hacia los predios de su padre. El 1ro. de julio, el hambre obligó a Delio Gómez Ochoa a procurar comida con un campesino que lo engañó y llevó a una emboscada, en la que cayeron prisioneros Miguel Ángel Feliú (Miguelucho), participante en las expediciones de Cayo Confite y Luperón, y dos más que fueron llevados a Constanza y fusilados por el general Mélido Marte en el aeropuerto». (1)


Juan de Dios Ventura no sería el único al que Ramfis Trujillo daría una macabra bienvenida. Quizás la mayoría de los prisioneros que fueron enviados a San Isidro pasaron por sus manos, pero muy pocos tuvieron la mala suerte de verse con él por segunda vez, como le sucedió a Miguelucho, uno de los más emblemáticos insurrectos. El más reincidente de todos.

Miguelucho había tomado parte en la frustrada expedición de Cayo Confites,y era uno de los sobrevivientes de Luperón. Pero para Miguelucho —Miguel Ángel Feliu Arzeno—, ni su participación en la expedición de Cayo Confites ni en la de Luperón sería suficiente. A Miguel Ángel Feliu Arzeno, hombre de un increíble temple libertario, se le quedaron las ganas, la rabia y las ganas de volver a combatir contra el tirano y volvió, esta vez para siempre.

Miguelucho fue apresado y torturado, insultado, vejado, como la mayoría de sus compañeros de lucha, pero no fue doblegado. Nunca se doblegó. No se doblegaría. Nada haría mella en su espíritu invencible.
Ese era el temple de los hombres de la raza inmortal.

Dicen que los esbirros —los sicarios y torturadores de esa caverna de horrores que ha sido la base Aérea de San Isidro—, lo llevaron a empujones, a culatazos, probablemente arrastrándolo. Dicen que lo llevaron sangrando, malherido (tal vez magullado o machucado de pies a cabeza), en presencia del hijo preferido de la bestia, el degenerado, el sicópata llamado Ramfis Trujillo, y dicen que Ramfis le dijo en tono de sorna: “Miguelucho ¿tú otra vez?”.

Dicen que Miguelucho respondió que sí, que respondió con valentía, o más bien en forma temeraria. Dijo que sí, que había vuelto y que de nuevo volvería si lo soltaban, que volvería para eliminar a la bestia. Que volvería «de nuevo para matar a ese perro». (2)

En los días que siguieron a su captura y la dispersión del grupo de Gómez Ochoa las cosas fueron de mal en peor.

«El 3 de julio, Mayobanex Vargas llegó a la finca de su padre y se entregó al general Juan Tomás Díaz. Ese mismo día, el grupo de Delio Gómez Ochoa fue nuevamente emboscado en un conuco en el que buscaban comida; Rinaldo Sintjago Pou quedó herido y fue rematado; Gonzalo Almonte Pacheco quedó aislado y fue apresado. El pequeño grupo de Johnny Pugsubirá fue apresado: a él lo ejecutaron en el lugar, y a los otros 2 compañeros los trasladaron a la Base Aérea de San Isidro». (3)

Finalmente el grupo de Gómez Ochoa se redujo a unos seis expedicionarios que luchaban básicamente por no dejarse atrapar y por encontrar comida. Pero todo fue inútil. El agotamiento y el hambre quebraron la recia voluntad de aquellos hombres:

«El 10 de julio, Poncio Pou Saleta y Medardo García Germán, tras negociaciones con un sacerdote, se rindieron. Al día siguiente, 11 de julio, Delio Gómez Ochoa, Frank López y Pablito Mirabal, descubiertos por perros sabuesos, igualmente se rindieron ante la seguridad de que se respetarían sus vidas». (4)
En fin, al cabo de veintisiete días de lucha por la mera supervivencia, los hombres de Constanza (y la esperanza que con ellos venía aparejada), habían sido muertos y en su mayoría capturados. Habían sucumbido a veintisiete días sin tregua y sin reposo, a las punzadas del hambre y a la falta de sueño de seguro, a los incesantes bombardeos, a la inmisericorde cacería humana.

«En ese momento había 7 expedicionarios sobrevivientes que quedaron reducidos a 6, cuando el teniente cubano Frank Eberto López fue obligado a llevar al ejército a buscar armas y municiones que había dejado enterradas en las montañas. Puesto que estaba en esa tarea y no pudo ser presentado a la prensa internacional junto a sus otros compañeros, Ramfis Trujillo ordenó que fuera torturado y asesinado. Los 6 sobrevivientes de la gesta de Constanza fueron: Delio Gómez Ochoa, Poncio Pou Saleta, Mayobanex Vargas, Francisco Medardo Germán, Pablito Mirabal y Gonzalo Almonte Pacheco (luego asesinado en La 40 al ser reapresado tras su indulto en febrero de 1960)». (5)

Uno de los sobrevivientes, el cubano Pablito Mirabal, era casi un niño y había venido bajo la tutela de Delio Gómez Ochoa, un héroe nacional que ostenta el rango de general de las Fuerzas Armadas Revolucionarias Cubanas y vive en Santo Domingo.

Al parecer la madre de Pablito había muerto o lo había abandonado y Delio Gómez Ochoa lo acogió a su cuidado. El hecho es que empezó su carrera de guerrillero cuando apenas tenía catorce o quizás quince años y se destacó como combatiente en Sierra Maestra. Sin embargo, no se suponía que iba a formar parte de los expedicionarios que vinieron por Constanza. Se metió al avión de forma clandestina poco antes del despegue, y en los días siguientes demostraría ser un certero tirador.

Tras la captura, las horribles torturas que sufrió en el torturadero de La 40 afectaron supuestamente su cordura y fue enviado al manicomio, que dirigía el Dr. Antonio Zaglul. También circulaba la versión de que el mismo Dr. Zaglul lo hizo pasar por loco para salvarle la vida. Salvarlo de las imprudencias que decía.
A su regreso a Cuba se convirtió en oficial del ejército cubano y tuvo una muerte imprevista y a destiempo, una muerte kafkiana, a los veinticinco años de edad, al ser alcanzado por un rayo mientras se encontraba en un parque con su novia.

(Historia criminal del trujillato [182])

Bibliografía.                                                           

Robert D. Crassweller, «The life and times of a caribbean dictator».

Emilio Cordero Michel, «Las Expediciones de Junio de 1959».

Notas:

(1) Emilio Cordero Michel, «Las Expediciones de Junio de 1959», p. 118

(2) Juan Acosta, “Miguelucho Feliú es recordado como héroe de Luperón”, (https://noticiashoraxhora.com/lo-que-esta-pasando/miguelucho-feliu-es-recordado-como-heroe-de-luperon-y-del-1959/)

(3) Emilio Cordero Michel, op. Cit., p.118
(4) Ibid.
(5) Ibid

13 de junio de 1959 

Pedro Conde Sturla

Es muy poco lo que se sabe sobre los expedicionarios que desembarcaron en Maimón y Estero Hondo, aparte de unos cuantos episodios y el infausto final. A diferencia de los que vinieron por Constanza, ninguno de aquellos héroes (ciento cuarenta y cuatro en total), logró salir con vida y los diarios que pudieron haber escrito cayeron en manos del hijo de la bestia y de la misma bestia, de Johnny Abbes García y otros infames.


Como dice Emilio Cordero Michel, «Ramfis Trujillo guardó algunos y ordenó destruir otros, así como los documentos personales de todos los expedicionarios, salvo los que el régimen consideró necesarios conservar para utilizarlos con fines propagandísticos, como ocurrió con los Diarios de Chefito Batista, Johnny Puigsubirá, el internacionalista venezolano Edwin Ermini y el comandante cubano Delio Gómez Ochoa, del Frente de Constanza, así como de algunos militares del Ejército Revolucionario Cubano» (1)

Las informaciones que se tienen se deben mayormente a un héroe intelectual llamado Anselmo Brache Batista, autor del que es (al decir de Ángela Peña), «probablemente, el más completo de los libros publicados sobre esa patriótica incursión: “Constanza, Maimón y Estero Hondo. Testimonios e investigación sobre los acontecimientos”». (2)

Gracias a él se pudo armar el rompecabezas, a pesar de todas las piezas faltantes. El hecho es que «Anselmo Brache, basado en los datos de algunos expedicionarios que por enfermedad fueron sacados del Carmen Elsa y trasladados a Cuba por buques de guerra de ese país, del Dr. José Augusto Puig, Abraham Watts de la Rosa y de muchos militares que le pasaron informaciones, ha estado reconstruyendo, con paciencia de hormiga, lo ocurrido en esos dos gloriosos frentes de lucha». (3)

En principio, se había establecido que las embarcaciones debían llegar el mismo día que el avión a tierra dominicana, pero el azar dispuso de otra manera. Desde las primeras horas, una cadena de adversidades y un posible sabotaje estropearon todos los planes. En lo del sabotaje pudieron estar involucrados dos aventureros griegos mencionados anteriormente: Stelio Bellelis y Constantin Theodorakis.

Afirma Cordero Michel (basado en César A. Saillant Valverde, “Memorias junto a Ramfis Trujillo”), que los mencionados aventureros o mejor dicho informantes, «ya el 8 de abril de 1959 habían informado al Primer Secretario de la Embajada de los Estados Unidos en La Habana, John L. Topping y al periodista de la Columbia Broadcasting System (CBS), Stuart Novins, que dentro de pocas semanas saldría una expedición hacia República Dominicana en dos naves, en las que ellos irían.

»Dicho Stelio Bellelis fue el capitán del yate Carmen Elsa y el causante del trágico drama en que concluyeron los desembarcos de Maimón y Estero Hondo, seis días después del de Constanza por lo que se rumoró en Cuba que ambos fueron fusilados». (4)

La salida de las embarcaciones fue puntual. Salieron, la Carmen Elsa y la Tínina,«al atardecer del día 13, desde el fondeadero de La Chiva, frente al Central Preston, en la Bahía de Nipe (en el mismo lugar en el que se concentraron los integrantes de la frustrada expedición de Cayo Confites en 1947)», (5) y se suponía que llegarían a la costa norte de la República Dominicana al día siguiente, pues la distancia es apenas de unos cuatrocientos cincuenta kilómetros.

El comandante del los expedicionarios del yate Carmen Elsa era José Horacio Rodríguez Vázquez, hijo de Juancito Rodríguez, y el capitán era el mencionado y funesto griego Stelio Bellelis y Constantin Theodorakis su segundo. Los de la lancha Tínina estaban al mando de Antonio (Toñito) Campos Navarro, y el capitán era el español Francisco Martín Fernández.

Hacía mal tiempo al momento de la partida, pero no fue eso lo que estropeó el viaje. Tres fragatas de la marina de guerra cubana escoltaron a los temerarios de la Carmen Elsa y la Tínina, pero al llegar a alta mar las perdieron de vista, se dispersaron. Para empeorar las cosas, la Carmen Elsa sufrió desperfectos, el timón sufrió daños y empezó a navegar en círculos, el combustible se acabó. Muy probablemente todo fue obra de saboteadores y los saboteadores eran el capitán y su segundo al mando.

Se enviaron entonces mensajes de auxilio a las naves cubanas, que vinieron en su ayuda y las remolcaron a un lugar seguro.

Así lo cuenta Emilio Cordero Michel:

«Ambos yates habían sufrido modificaciones para permitir el emplazamiento en proa y popa de ametralladoras cal. 50 y 30.

A poco de zarpar, ya oscuro, Stelio Bellelis puso en peligro la expedición, porque con una torpe maniobra casi chocó con el Tínima. Habían comenzado los inconvenientes y sabotajes de la expedición marítima. El plan era aproximarse a Puerto Plata desde el oeste, navegando a unas 60 millas al norte de las costas dominicanas, a fin de evitar la detección por las patrullas aéreas y navales de Trujillo. Pero los inconvenientes aumentaron esa misma noche: el Carmen Elsa se separó del Tínima, su timón se descompuso, los alimentos estaban dañados, el oleaje mareó a los expedicionarios. Se reparó el timón, se rellenaron los tanques de combustible e, inexplicablemente, Bellelis ordenó lanzar al mar el sobrante.

Luego el yate navegó en círculos, alejándose de las costas dominicanas, por lo que, ya al amanecer, no se pudo tocar tierra como estaba previsto, antes de la salida del sol del día 15. Mientras tanto, el Tínima, aislado del Carmen Elsa y por tener su comandante Rafael Campos Navarro órdenes expresas de no realizar desembarco alguno sin estar acompañado del Carmen Elsa, viró el rumbo hacia el oeste y se refugió, primero, en uno de los cayos de Gran Inagua y, luego, en una ensenada cercana a Baracoa, en el oriente cubano». (6)

Todo había terminado casi antes de empezar y parecía el fin de la expedición. 

La repatriación armada (10)

(Historia criminal del trujillato [183]) 

Bibliografía
Robert D. Crassweller, «The life and times of a caribbean dictator».
Notas:
(1) Emilio Cordero Michel, «Las Expediciones de Junio de 1959», p. 112
(2) Ángela Peña, “Una historia completa de la Gesta de junio»,(https://www.idg.org.do/articulos/Areito/Areito-20080614.htm)
(3) Emilio Cordero Michel, op. cit., pgs. 120, 121
(4) Ibid, p. 109
(5) Ibid, p. 112
(6) Ibid, p. 112,113

Pesadilla en el Carmen Elsa 

Pedro Conde Sturla



La lancha Tínina andaba en busca del yate Carmen Elsa, con el cual había perdido contacto, pero el reencuentro no se produciría sino hasta varios días después. El Carmen Elsa estaba perdido. Debía haber atracado en Sosúa, mientras la Tínina lo hacía en La Isabela, pero el yate Carmen Elsa, como ya se dijo, sufrió averías, es decir, fue averiada a propósito.

Todo fue obra del capitán Stelio Bellelis y su segundo al mando, Constantin Theodorakis, los dos griegos que debían conducir a los 121 hombres del Carmen Elsa a sosúa y resultaron ser agentes infiltrados. Ya se mencionó que tiempo antes de zarpar habían pasado información sobre los planes de invasión a la Embajada de Estados Unidos en La Habana. Además al momento de zarpar de Bahía de Nipe, realizaron una maniobra imprudente que estuvo a poco del provocar una colisión con la Tínina. Lo peor sucedió en alta mar donde se produjeron daños mecánicos, se estropeó de alguna manera el mecanismo del timón del yate y empezaron a navegar en círculos. No menos grave fue arrojar deliberadamente al mar parte del combustible.

Como dice Emilio Cordero Michel, lo que vivieron en esos tres días los expedicionarios del Carmen Elsa fue una verdadera pesadilla: «Rotura del timón, agotamiento del combustible, de los alimentos y del agua, navegación al garete con mar gruesa, mareos, vómitos y deshidratación de casi todos los navegantes, situación que se agravó con el sofocante calor y el hacinamiento de 121 hombres bajo la cubierta de la pequeña nave. Hay que imaginar cómo se sentían esos patriotas: angustiados y temerosos de que el yate fuera detectado flotando como un tronco en el océano y destruido por la aviación o marina trujillistas; desesperados por estar aislados de los demás compañeros a quienes imaginaban combatiendo en Constanza y La Isabela sin su apoyo; frustrados por no haber podido cumplir su misión; en definitiva, el Carmen Elsa se convirtió en una especie de infierno flotante». (1)

Tantas y tan graves irregularidades causaron alarma entre los expedicionarios que comenzaron a sospechar que no se trataba de eventos fortuitos. Se dieron cuenta finalmente de que se trataba de un sabotaje, que se trataba de una traición. Entonces pasó lo que tenía que pasar: los ánimos se caldearon y la cosa se puso difícil para los griegos. Los expedicionarios, con justa razón, intentaron lincharlos, acribillarlos a tiros, y de seguro los maltrataron, les darían una buena dosis de golpes. Se salvaron, provisionalmente, gracias a la intervención del comandante José Horacio Rodríguez. Una intervención justificada. El orden había que mantenerlo a toda costa.

El comandante Rodríguez tomó después una decisión peligrosa, la de romper el silencio de radio y llamar por ayuda, una petición radial que tanto habrían podido oír en La Habana como en las naves que los habían escoltado o en Ciudad Trujillo. El hecho es que alguien respondió al mensaje, y fue, por suerte, un aliado. Por suerte respondieron y acudieron en su auxilio las «tres fragatas: Martí, Maceo y Máximo Gómez, que tenían el nombre clave de Picúa, Tintorera y Tiburón. En la madrugada del día 17, el Carmen Elsa fue rescatado y remolcado por la fragata Maceo hasta uno de los cayos de Gran Inagua. Allí se repararon los motores, se repusieron un poco los expedicionarios, se reaprovisionó el yate de combustible, agua potable y galletas de soda». (2) Algunos de los hombres estaban en pésimo estado y tuvieron que recibir atenciones médicas.


El comandante Rodríguez, por otra parte, entregó a los saboteadores griegos (que ya habían sido relevados y arrestados), a los capitanes de los fragatas cubanas. Más adelante serían llevados a Cuba y juzgados, vituperados, probablemente maldecidos, hijoputeados y supuestamentes ejecutados por traición.


El hombre que reparó el timón y los motores de la embarcación fue José Messón, un sargento y además mecánico de la marina de guerra dominicana que trabajaba en el yate presidencial Angelita y desertó para unirse a los expedicionarios. En adelante, Messón asumiría el mando del Carmen Elsa. El sería de ahí en adelante el verdadero capitán de la nave, el condujo a sus tripulantes, para bien o para mal, a su destino final en Maimón. El sufriría, en prisión, un martirio semejante al de Juan de Dios Ventura Simó.

Con las fragatas apareció también la Tínina y volvió a juntarse con el Carmen Elsa. La determinación seguía firme y la moral de los hombres alta, a pesar de las adversidades. En algún «momento —dice Hamlet Hermam—, los comandantes de las fragatas informaron a Rodríguez y a Campos Navarro sobre el asedio y aniquilamiento de que estaban siendo víctimas los expedicionarios que desembarcaron por Constanza cuatro días antes, el 14 de junio de 1959. El comandante de la fragata “Antonio Maceo” señaló que tenía instrucciones de llevarlos a territorio cubano en caso de que los expedicionarios decidieran no realizar el desembarco. Advirtió, además, que ya había desaparecido el factor sorpresa del ataque conjunto. Las informaciones que los comandantes de las fragatas cubanas proporcionaron a José Horacio Rodríguez y a Toñito Campos reflejaban, ya en ese momento, el fracaso total de ese intento libertador. Estos, a su vez, lo comunicaron a los voluntarios antitrujillistas que se habían comprometido a luchar hasta el final. Y ninguno reculó ni intentó abandonar el compromiso de desembarcar por la costa norte para converger en las montañas como fuerza única de combate». (3)

A pesar del fracaso, ninguno de los hombres se sentía derrotado. José Cordero Michel protestó de inmediato. Dijo que no, que iban a abonar con sangre las playas de la República Dominicana, que estaba seguro, cojonudamente seguro de que en esa sangre germinaría el árbol de la libertad.

Algo semejante diría Federico Larancuent y todos lo secundaron. Ninguno quería echarse atrás. Querían combatir a todas costa, querían morir si fuera necesario.

«El patriotismo y el desprendimiento [primaron] sobre todas las cosas y el espíritu de sacrificio se convirtió en una especie de obsesión colectiva. Según aseveración del Dr. Virgilio Maynardi Reyna (…) sus compañeros “Decidieron emocionados proseguir la invasión sabiendo que iban a morir. Querían morir”. (4)

Ese era el espíritu de los hombres de la raza inmortal. Se lo jugaban todo a patria o muerte, a vencer o morir. No había vuelta atrás

«Veintidós hombres de los que viajaban en el Carmen Elsa fueron regresados a Cuba por encontrarse en pésimas condiciones de salud. Ambos yates reanudaron entonces la navegación hacia República Dominicana. El Carmen Elsa iría escoltado por la fragata José Martí y la Tínima estaría acompañada por la fragata Antonio Maceo. La fragata Máximo Gómez velaría por la totalidad de las naves en movimiento. A las cinco de la tarde del jueves, 19 de junio, cesaría el acompañamiento de las naves cubanas mientras, por última vez, suministraban comida caliente y agua potable a los expedicionarios». (5)

Los planes habían cambiado, ahora sabían que Trujillo estaba prevenido y no desembarcarían en Sosúa ni en La Isabela. Los nuevos puertos de destino serían Maimón y Estero Hondo. 

La repatriación armada (11)
(Historia criminal del trujillato[183])
Notas:
(1) Emilio Cordero Michel, «Las Expediciones de Junio de 1959»
p.121
(2) Ibid. p.122
(3) Hamlet Hermam, “Fragatas de la solidaridad”, (https://share.google/PgmfNglwrGvZI33p9)
(4) Emilio Cordero Michel, op. cit., p. 123
(5) Hamlet Hermam, op. cit.

20 de junio de 1959: Maimón 

Pedro Conde Sturla

Las dos embarcaciones, escoltadas por las fragatas cubanas,se deslizaban en paralelo a la costa norte. Todo el litoral estaba custodiado por una fragata y un guardacostas de la marina de guerra dominicana, lo que indicaba que los servicios de inteligencia de la bestia y del imperio estaban advertidos. Tenían conocimiento de lo que se proponían los expedicionarios y en cualquier momento podía ocurrir un encuentro desagradable, como en efecto ocurrió más adelante.


El yate Carmen Elsa transportaba ahora noventa y seis hombres en lugar de los ciento veintiún originales y se dirigía a la bahía de Maimón. En la lancha Tínina había cuarenta y ocho y se dirigía a Estero Hondo (unos veintidós kilómetros de distancia).

A eso de las cinco de la tarde del día 19 de junio hicieron un alto, una parada para comer. No era cualquier parada ni era cualquier comida. Era comida caliente, de la que se preparaba en las fragatas cubanas. La última comida caliente de las vidas de aquellos temerarios.

El viaje seguiría después de una hora y, a una distancia prudente (cerca de sesenta millas de la costa), los capitanes de los buques cubanos dieron por terminada su misión y regresaron a Cuba, quizás con el alma encogida, quebrantada. Quizás con el alma contrita por lo que sospechaban que iba a suceder.

En adelante el Carmen Elsa y la Tínina navegarían a toda marcha en dirección a la costa, la parte más peligrosa del viaje. Era necesario llegar a puerto y desembarcar lo más rápidamente posible. Pero el Carmen Elsa no tuvo suerte.

Al amanecer del 20 de junio —dice Emilio Cordero Michel—, cuando estaba casi llegando a la bahía de Maimón, el yate Carmen Elsa fue sorprendido por el guardacostas CG-101, que lo intimó a detenerse. El yate, desde luego no se detuvo y el fuego enemigo no se hizo esperar. Primero fue un disparo de advertencia. Luego, casi enseguida, se sintió el sonido ronco de una ametralladora pesada y la detonación de un cañón antiaéreo de 30 mm. Los expedicionarios respondieron con disparos de fusil y de una ametralladora pesada, una calibre .50 instalada en la proa, y se cree que causaron unas tres bajas. Pero el combate naval era muy desigual. La ametralladora podía, por sí sola, causar destrozos en el Carmen Elsa y un impacto del cañón podía hacerla trizas. Por suerte, una suerte momentánea, aparte de las bajas, el guardacostas sufrió una rotura en el cable del timón y las dos poderosas armas automáticas se trabaron. De inmediato dieron aviso a la base de San Isidro (si acaso no habían avisado antes), de la presencia de los expedicionarios y de la situación en que se encontraban. Los aviones de la fuerza aérea estarían en el lugar en pocos minutos y empezarían a vomitar fuego y metralla.

El encuentro inesperado con el guardacostas y las maniobras defensivas impidieron atracar y desembarcar en Maimón. El Carmen Elsa se vio forzado a buscar la protección de unos acantilados en un lugar a corta distancia llamado Ensenada de la Pava o del Bufeadero, que tiene un minúsculo tramo de unos cien metros de playa. Allí decidió Messón, el timonel José Messón Acosta, encallar la nave y efectuar el desembarco.

Un desembarco frenético, desde luego, precipitado, para ganar tiempo internándose en tierra, para evitar el contacto con un puesto de guardias que se encontraba cerca del lugar y tratar de evadir el fuego de los aviones que se acercaban a toda prisa.

Primero llegó una escuadrilla de P51 Mustang D, los temibles cazabombarderos equipados con seis ametralladoras Browning calibre .50 y mil libras de bombas y cohetes). Luego llegaron los Vampiros (Havilland Vampire DH. 100 a reacción), equipados con cuatro cañones frontales de 20 mm., cohetes no guiados y tanques de napalm (una terrificante gasolina gelatinosa inflamable que alcanza altísima temperatura y se adhiere a la piel y a todo lo que toca.)

Cuando aparecieron los aviones (de los cuales se escuchaba con antelación el rugido), la mayoría de los hombres del Carmen Elsa estaba subiendo a la parte montañosa que bordea el pequeño valle en que se encuentra la zona, pero otros estaban rezagados. Para peor, a los aviones se uniría más tarde un destructor de la marina, quizás el mejor equipado. De hecho, la fuerza aérea y la armada dominicana durante el gobierno de la bestia eran de las mejores del Caribe.

El Carmen Elsa y la zona de desembarco fueron los primeros objetivos. El yate, por supuesto, fue destruido, reducido probablemente a una masa humeante, a escombros. Pronto empezaría a llover metralla, bombas y napalm sobre todos los seres vivientes del lugar, sobre los guerrilleros y todo lo que se moviera. Guerrilleros, campesinos, guardias, ganado…

Los aviones ejecutaron un bombardeo feroz, masivo, intensivo y hasta un cierto punto desproporcionado, que provocó incendios forestales y dejó chamuscada una amplia zona.

Una parte delos expedicionarios murió en el desembarco o tratando de ganar la montaña. Uno de ellos, el fiero comandante Jose Horacio Rodríguez, tuvo la suerte de morir durante los primeros minutos de combate y librarse de la tortura y el escarnio al que la bestia y el hijo de bestia sometían a los prisioneros.

Otros quedaron atrás, heridos o malheridos, y sufrirían las penas del infierno en la tierra.

El objetivo de los hombres del Carmen Elsa, dice Emilio Cordero Michel, era ascender hasta la finca ganadera La Catherine y el Peñón de las dos hermanas, unos promontorios rocosos que permitirían a los expedicionarios (quizás cuarenta de ellos) parapetarse en sus cavidades y laderas y entablar un feroz combate. En ese lugar montaron dos ametralladoras de calibre .30 y .50 y decidieron echar el último pleito, vender bien caro el pellejo.

«Ya a media mañana habían llegado la artillería y los blindados, que se unieron al concierto de fuego contra los expedicionarios. Allí se combatió por 3 días seguidos sin que los constantes ametrallamientos, lanzamientos de cohetes y bombardeos aéreos, ni la saturación artillera, de morteros, de tanques y de fusilería arredrara a los expedicionarios: habían venido a morir y sólo dejaron de disparar cuando se les acabó el parque. Algunos murieron durante esos 3 días de fuego infernal, poquísimos quedaron heridos y muchos fueron hechos prisioneros, llevados a Santiago y desde allí transportados por avión a la Base Aérea de San Isidro». (1)

(La repatriación armada (12)
(Historia criminal del trujillato[184])

Bibliografía: 

 Anselmo Brache Batista, «Constanza, Maimón y Estero Hondo: Testimonios e investigación sobre los acontecimientos». 

Emilio Cordero Michel, «Las Expediciones de Junio de 1959»


Nota: Emilio Cordero Michel, «Las Expediciones de Junio de 1959», pgs.125, 126.


Combate en Las Dos Hermanas 

Pedro Conde Sturla

Es difícil imaginar cómo pudieron resistir durante tanto tiempo los hombres del Carmen Elsa, aquellos cuarenta expedicionarios atrincherados en las cavidades y laderas del Peñón de Las Dos Hermanas. Lo cierto es que pocas veces se dio un combate tan fiero y tan intenso y tan desigual como el que libraron. Estaban prácticamente cercados. Los rodeaba un ejército de cientos de guardias, enfrentaron los cañones de una corbeta y un guardacostas, el fuego de artillería de las ametralladoras pesadas del ejército de la bestia y los persistentes bombardeos de los aviones de San Isidro. En contraste, los expedicionarios disparaban como se les enseñó a disparar en el entrenamiento, con gran economía de recursos, esporádicamente, sólo cuando tenían un blanco a la vista, porque el parque era escaso. Aun así, tres días y tres noches. combatieron. Combatieron sin tregua, sin descanso, probablemente sin comer ni dormir. Hicieron de tripas corazón, combatieron con arrojo hasta la última bala. Convirtieron el lugar en un santuario del valor y la resistencia.


«La ferocidad de los bombarderos de la AMD fue tal, que todas las rocas de la zona quedaron calcinadas, y los árboles, matojos y pastos fueron reducidos a cenizas. Incluso una escuadrilla llegó a ametrallar y bombardear el poblado y la playa de Sosúa, según consta en el Despacho Semanal No. 50 del embajador de los Estados Unidos, Joseph Farland, fechado el 31 de julio de 1959, en el que participó al Departamento de Estado que el jefe del MAAG, en un viaje que realizó a Sosúa, confirmó que había sido ametrallada y bombardeada durante las expediciones de junio, pudiendo observar los daños causados por las bombas, así como fragmentos de las mismas. En comunicación anterior, de Harry Lofton, segundo secretario de la Embajada de los EUA, se informó, con amplitud de detalles y declaraciones de testigos, el ametrallamiento y bombardeo de dicha población y playa». (1)


Sorprendentemente, el número de bajas fue relativamente reducido. De los noventa y seis integrantes del Yate Carmen Elsa quedaron vivos unos sesenta, entre los cuales, por supuesto, había heridos y mal heridos. Los más afortunados fueron rematados o asesinados en el lugar. Los demás serían enviados a San Isidro, entregados a los torturadores y finalmente ejecutados cuando ya casi no eran gente, cuando ya habían sido reducidos a guiñapos humanos, sin uñas a veces y sin dientes, sin voluntad de vivir… A José Messón Acosta, el desertor de la marina, le iría peor que a ninguno. 

Messón fue brutalmente torturado, más aún que los demás. Una famosa foto suya, sentado en la silla eléctrica —con el corpulento cuerpo estremecido y los ojos casi brotados del dolor—, es el más vivo testimonio de su calvario.

Lo sorprendente es que algunos pequeños grupos de insurgentes lograron burlar el cerco y dispersarse, tratando de ganar altura en dirección a la Cordillerra Septentrional. Algunos andaban solos y otros en parejas y durante varias semanas merodearon por los montes. De alguna manera evadían la persecución, se alimentaban de lo que encontraron, buscaban comida y cobijo. Dice Emilio Cordero Michel que «deambularon por los montes de Imbert, Altamira, El Cupey, La Tasajera, Río Grande, El Mamey y otros lugares al sur de Maimón, pero la persecución, el hambre y el agotamiento físico los fue debilitando hasta dejarlos exhaustos y ser aprisionados; otros, los menos, cayeron en emboscadas y murieron en combate. Todavía a finales de agosto y mediados de septiembre, en el llamado Cafetal de Ventura, por la Loma de La Tasajera, al noreste de El Mamey, quedaban 6 expedicionarios, que fueron muertos en emboscadas, apresados y fusilados en el lugar» (2).

Dos de ellos, un norteamericano y un español, estuvieron burlando la persecución hasta septiembre, dieron la pelea por más tiempo de lo que parecía posible. El norteamericano era un veterano de la Guerra de Corea y se llamaba Larry Broving. El español era Francisco Álvarez, uno que fue capturado apenas en septiembre, es decir casi tres meses después del desembarco del Carmen Elsa. Ambos fueron, por supuesto, torturados y ejecutados en el lugar. Serían los últimos guerrilleros de la gesta libertaria.

La lista (lamentablemente incompleta) de los hombres que en esa empresa ofrendaron sus vidas permanece como un timbre de honor, un símbolo patrio de entrega y sacrificio.

Lancha Carmen Elsa
Rodríguez Vázquez, José Horacio
Messón Acosta, José
Agosto Concepción, Moisés Rubén (puertorriqueño)
Almonte Fernández, Silvio Rafael
Alvarez Martínez, Franciso (El Relámpago) (español)
Alvarez Fadul, Miguel
Amarante Sevillano, Miguel Jacobo
Arrechedera Rodríguez, Rafael (venezolano)
Asencio Valverde, Ramón José Sebastián
Avila Pilier, Diego
Báez y Báez, Alejandro
Belliard Sosa, Enrique
Bencosme García, Toribio
Bergés, José Fabio (Grillito)
Bevins, Larry (Beebe) (norteamericano)
Bonilla Aibar, Pedro Julián
Cabrera Martínez, Domingo
Camacho, Julio (venezolano)
Capellán Cabrera, Juan
Castillo Cruz, Julio César
Cestero Martínez, Fernando (Chichí)
Cordero Michel, José Ramón Enrique
De Castro Sánchez, Ramón Anibal
Del Castillo Díaz, Jesús Bienvenido
Delgado López, Manuel (Chiquitín)
Del Giudice Herrera, Héctor Emilio
Del Orbe, Manuel José
Dohse Jorge, Augusto Eufemio (Buby)
Domínguez López, Silvio Augusto
Ducoudray Mansfield, Guillermo Eustaquio (Pachucho)
Durán García, Julio Raúl
Fernández-Mármol Pérez, Gabriel Emilio (Pipí)
Figueroa Reyes, Juan Domingo
Fuertes Duarte, Bienvenido Herminio
García Bencosme, Ercilio (Cilo)
Genao Espaillat, José Freddy
Guerra Aponte, Freddy
Godoy, Fernando
González Castellano, Luís (El Indio) (cubano)
Grullón González, Eugenio Antonio
Grullón Martínez, Francisco José (Frank)
Hernández, Generoso (venezolano)
Hernández González, Nelson Andrés (venezolano)
Ildefonso Cordero, Sergio Manuel (Caporí)
Larancuent Rijo, César Federico
Lora Martínez, José Caonabo
Martínez Hernández, Conrrado (Hernández de Padua Corrado)
Martínez Saviñón, Eduardo Salvador (Paleco)
Mateo Adames, Juan José
Medina Rosales, Luís Alfonso (venezolano)
Mendoza, Danilo Antonio (Sandino)
Mota Ricard, Antonio (Tony)
Padilla Hernández, Guillermo
Patiño Martinez, Gustavo Adolfo (Niñí)
Paulino Estrella, Ramón (Fefo)
Peña González, José Manuel Ramón (Cuco)
Pérez Rodríguez, Andrés Emilio
Pichardo Caminada, Roberto P. (cubano)
Pichardo Saldaña, Lucas J.
Puello, José Antonio
Quezada, Luís Rafael (Lulú)
Ramírez Domínguez, Rafael
Ramírez Guzmán, Ramón Aquiles (Quilito)
Ramos Reyes, Luís O. (puertorriqueño)
Ravelo Ramírez, Sócrates
Rey Vásquez, Rubén
Ripol, Herminio (Mincho y Millo)
Rizek Bergés, Saturnino (Nino)
Rivera, Víctor
Rodríguez Pérez, Aldo (cubano)
Rodríguez Santos, William
Roland Pérez, José Andrés
Sánchez Pérez, José Antonio (cubano)
Santana Read, Andrés (Tontón)
Suárez Suárez, Ramón Alfonso
Tavárez García, José
Urtarte Schaffers, Juan Emiliano
Valdez Borges, Danilo
Vassallo Alfonso, Ricardo (cubano).

La repatriación armada (13)
(Historia criminal del trujillato[185])

Bibliografía: 

Anselmo Brache Batista, «Constanza, Maimón y Estero Hondo: Testimonios e investigación sobre los acontecimientos».


Notas:
(1) Emilio Cordero Michel, «Las Expediciones de Junio de 1959», pgs.125, 126
(2) Ibid.

20 de junio de 1959: Estero Hondo 

Pedro  Conde Sturla

La lancha Tínina, con sus cuarenta y ocho hombres apiñados en la cubierta y la cabina, se acercó a unos doscientos metros de la costa y se inició el desembarco. Era un lugar llamado Punta Rucia, situado en las inmediaciones de Estero Hondo, que comparte la misma franja costera.

Paradójicamente, las aguas del litoral (no del estero en sí), son poco profundas y transparentes, con una superficie mansa, suave, como las de una laguna. Una parte de los hombres llegaría vadeando a la orilla, otros en un bote salvavidas de goma y el resto en la yola de un pescador que se acercó a curiosear, en compañía de un hijo.

Durante la operación no hubo ningún incidente que lamentar, pero el comandante de la expedición, José Antonio Campos Navarro (aliasToñito), había muerto de una manera absurda poco antes de llegar.

Fue algo que ocurrió en la madrugada, cuando todavía estaba oscuro. El comandante, igual que todos los expedicionarios, ya tenia su equipo puesto, incluyendo la pesada mochila, pero algo en la popa del Tínina llamó su atención y fue a a averiguar. Quizás se inclinó para revisar, quizás tropezó. El hecho es que cayó al agua y probablemente se hundió. Se hicieron de inmediato todos los esfuerzos para rescatarlo, pero todos los esfuerzos fueron inútiles. No pudieron encontrarlo, no volvieron a verlo. Seguramente se había ahogado en aquellas aguas oscuras y los demás hombres seguirían su camino.

Al llegar a la orilla se dividieron en dos grupos. Uno se dirigió al llano, en dirección a la cordillera septentrional y otro en dirección a unos acantilados donde se veían unas cuevas en las que buscaron refugio, un refugio que se suponía momentáneo, pero las cosas saldrían de otra manera. La idea era ganar las montañas para reagruparse más adelante y eventualmente hacer contacto con expedicionarios del Carmen Elsa, cuya suerte ignoraban. Sin embargo, a partir de las ocho de la mañana empezaron a dejarse sentir los aviones. Y muy pronto empezarían los ametrallamientos y bombardeos. Bombardearían los aviones y bombardearía una fragata que llegaría un poco más tarde. La buena suerte se había acabado.

El primer objetivo y la primera víctima fue la abandonada lancha Tínina. Se dice que el mismo Ramfis Trujillo ordenó ametrallarla y hundirla, igual que después ordenaría sacarla a flote y trasladarla a puerto Plata.

Cuenta Anselmo Brache que a eso de las nueve de la mañana llegaron los primeros refuerzos, procedentes de Mao, un grupo de ciento siete reclutas que la bestia había ordenado escoger entre campesinos de montaña. Después llegaron tanques desde Santiago Rodríguez, tropas desde Guayubín, Santiago, y llegaron tropas desde Moca, Monte Cristi y Dajabón, tropas y baterías de artillería, compañías de morteros, carros de asalto.

Como dice Emilio Cordero Michel, se repitió en Estero Hondo lo mismo que en Maimón contra los expedicionarios que se habían refugiado en las cuevas. Un bombardeo feroz, indiscriminado, un continuo fuego de ametralladoras, cañonazos, cohetes, fuego desde mar y tierra y aire, hasta el punto de que los acantilados cambiaron de color, se volvieran casi blancos a fuerza de metralla. Pero a pesar de la potencia e intensidad del fuego se produjeron pocas bajas ese día. Las cuevas ofrecían una inmejorable protección, pero eran al mismo tiempo un encierro en el que no podían permanecer. Habían estado resistiendo durante todo el día 20, el día del desembarco, pero tenían que abandonar el área y la abandonaron. Lograron burlar el cerco, escabullirse, huir de los más de tres mil soldados que se habían congregado en el lugar. En horas avanzadas de la noche se fueron deslizando como sombras en pequeños grupos, abandonaron subrepticiamente la protección de las cuevas y se dirigieron hacia el sur, intentarían cruzar la carretera Santiago-Monte Cristi, el entonces copioso río Yaque del Norte, internarse en la Cordillera central. 

Desgraciadamente la región estába siendo azotada por una sequía y el terreno era llano. Era una zona de cactus y guasábara. El agua y la comida eran como quien dice inexistente. Para peor, como dice Anselmo Brache, todo lo que se movía se podía ver desde lejos. No fue nada difícil ubicarlos, acorralarlos, diezmarlos.

Además, el ejercito dio inicio a una campaña de terror contra los campesinos, empezó a asesinarlos con el propósito de aterrorizarlos, de impedir que colaborasen con los guerrilleros. Esa matanza se sumaba a la que provocaban los aviones con sus bombardeos indiscriminados, que muchas veces alcanzaron a la población civil.

Aun así, algunos expedicionarios lograron cruzar la carretera y avanzar hacia el sur, pero eventualmente caerían prisioneros o fueron abatidos. Otros decidieron no rendirse, se reventaban a sí mismos con granadas de mano o se enfrascaban en furiosos tiroteos contra fuerzas superiores y perdían la vida.

Uno de los episodios más curiosos de la contienda, según cuenta Anselmo Brache, tuvo lugar en la sección de El Papayo, cuando el mayor Anselmo Pilarte, al frente de su tropa de reclutas, se encontró y enfrentó con uno de los grupos de expedicionarios. El combate, de seguro, sería breve e intenso y se produjeron muertos y heridos en uno y otro bando.

Entre los heridos estaba el mismo oficial Pilarte. Al parecer su tropa se dispersó y el mayor quedó en manos de los insurrectos. Y por suerte, también, en manos del doctor y guerrillero Octavio Mejía-Ricart. Quizás en ese momento (rodeado de gente a la que la propaganda del régimen describía como comunistas ateos y disociadores), el mayor Anselmo Pilarte se daría por muerto. Pero no moriría. Mejía-Ricart le brindó primeros auxilios, habló un rato con él, detendría el sangrado, le pondría una venda, lo atendió con los medios a su disposición. Finalmente lo dejaron en un lugar apropiado donde pudo ser rescatado… Vivió para contarlo.

En cambio Mejía-Ricart fue hecho prisionero el 22 de junio y el trato que recibió fue muy diferente. Lo llevaron a Santiago, amarrado como un andullo y con signos visibles de torturas. Estaba herido en la nuca, una fea herida de machete, y le habían dado un balazo en el hombro. Moriría de mala muerte en San Isidro, donde sufrió torturas y vejaciones. Moriría tras horribles padecimientos, como murió la mayoría de los expedicionarios.

«El frente de Estero Hondo, aunque no sufrió la rudeza de los bombardeos y ametrallamientos en el momento del desembarco, como ocurrió en Maimón, tuvo una gran desventaja: el terreno era llano, lo que permitió que el Ejército los cercara con mayor facilidad, era sumamente árido y la gran sequía de la Línea Noroeste dificultó enormemente la obtención de agua. Esa situación, además de la falta de comida y el agotamiento físico, determinó que los 48 expedicionarios fueran sometidos y apresados en apenas 2 semanas». (1)


La repatriación armada (14)

(Historia criminal del trujillato[186])
Bibliografía:

Anselmo Brache Batista, «Constanza, Maimón y Estero Hondo: Testimonios e investigación sobre los acontecimientos».

Emilio Cordero Michel, «Las Expediciones de Junio de 1959»,

Nota:

Emilio Cordero Michel, «Las Expediciones de Junio de 1959», p. 159.

La esperanza truncada 

Pedro Conde  Sturla 

La mayor parte de los expedicionarios no tuvo, por desgracia, la suerte de morir en combate o de ser fusilada. De los ciento noventa y ocho combatientes originales perecieron cincuenta y ocho en los enfrentamientos, unos treinta y tres fueron heridos y rematados y otros veintinueve capturados y ejecutados en situ. Los demás serían llevados a San Isidro o arrojados a las mazmorras de La 40 y El 9.


«Es decir, que de los 198 expedicionarios que llegaron el 14 y el 20 de junio, menos de la tercera parte (29%) murieron en acciones de guerra; menos de la quinta parte (16%) fueron apresados estando heridos y rematados en el lugar; un poco más de la décima parte (15%) fueron apresados ilesos y fusilados en el lugar de la rendición; casi la mitad (40%) llegaron ilesos a la Base Aérea de San Isidro luego de ser apresados y un poco más de la tercera parte (36%) fueron torturados en las cámaras de tortura y los que resistieron, finalmente masacrados en el CEFA ante pelotones de ejecución. Quedaron solamente 6 con vida, equivalentes al 3% y, un total de 97% murió heroicamente». (1)

El reducido número de bajas en combate no deja de ser sorprendente, sobre todo entre los expedicionarios de Estero Hondo, si se tiene en cuenta la geografía del teatro de operaciones: un terreno llano, árido y pelado que imposibilitaba el refugio, que no permitía ningún tipo de protección de la artillería enemiga, de la lluvia de cañonazos y morteros, bombas y y balas y cohetes que permanentemente caía sobre ellos.

La bestia —dice Cordero Michel— desplegó contra los expedicionarios una fuerza de mas de cinco mil efectivos militares organizados en cuatro compañías de mortero, cuatro de artillería, pelotones de tanques y carros de asalto y todos los aviones y pilotos de la fuerza aérea. Varios de esos aviones, por cierto, se accidentaron y dos pilotos murieron.

En cuanto a los militares del régimen, se estima que hubo entre sesenta y ochenta y cinco muertos y ciento cuarenta resultaron heridos.

Un número mayor de bajas se produjo, lamentablemente, entre campesinos, cuyos muertos se estiman entre setenta y cinco y noventa y un número indeterminado de heridos, aparte de las semanas de terror que vivieron en las zonas de combate.

En fin, la muerte y captura de los expedicionarios de Constanza, Maimón y Estero Hondo daba por terminado uno de los más heroicos episodios de la historia nacional, la más gloriosa y más trágica tentativa de derrocar al tirano.
No fueron ellos, sin embargo, las únicas víctimas. Sus familiares, sus seres queridos, sus hijos y esposas, y sobre todo sus madres y sus padres pagaron un precio altísimo: pagaron con el sufrimiento de toda una vida, cuando no con la misma vida.

Juancito Rodríguez, por ejemplo, un luchador incansable, el hombre que había financiado los principales movimientos armados contra el régimen de Trujillo, quedó prácticamente en la ruina y a raíz de la muerte de su primogénito, José Horacio Rodríguez Vásquez, se sumió en una depresión y finalmente se quitó la vida el 19 de noviembre de 1960 en Barquisimeto. Se suicidó apenas seis meses antes de que la bestia fuera ajusticiada en mayo de 1961.

Juancito Rodríguez no sería él único. Otro padre, el de Leandro Guzmán Abréu, enloquecido por el dolor se tiró de un balcón en el momento en que se enteró de la muerte del hijo. Otros y otras se dejaron morir, dejaron de existir…

Los nombres de los expedicionarios que vinieron por Estero Hondo se suman, con el mismo título de honor y de grandeza, a los de Maimón y Constanza. He aquí la lista de los valientes, o, más bien, de los temerarios:

Estero Hondo (Lancha Tínima)
Campos Navarro, José Antonio
Almonte, Antonio Bienvenido
Almonte Fernández, Juan Bautista
Alvarez, Luís (puertorriqueño)
Aponte Willard, Carlos
Arias Quintero, José Altagracia (venezolano)
Belford Santos, Simplicio
Bueno Almanguer, Ermes (Papi) (cubano)
Carrasco Aguasvivas, Miguel Angel
Casado Jiménez, Pedro Antonio (Pipilo)
Cordero García, Rubén
D’Oleo Gimbernard, Máximo Emilio
Ferndández Moreau, Rafael Fernando
Flores, Froilán (cubano)
Gómez Montán, Vicente Mario (Altamira)
Grullón Castro, Persio Oscar
Hermón Machuca, Francisco Napoleón (Papito)
Herrera Moreno, Alberto (Bertico)
Jordán Soto, Cristian Roberto (Guatemala) (guatemalteco)
Linares Badillo, Pedro José (venezolano)
Lorenzo Carrasco, Manuel (Manolo)
Maduro Sanabia, Felipe
Mainardi Reyna, Víctor Manuel (Silín)
Martín Fernández, Francisco (español)
Martínez Rodríguez, Jaime Manuel
Mejía-Ricard Guzmán, Ocatvio Augusto
Minalla Fernández, Antonio de Jesús (Toñito)
Oliver Romero, Héctor Bienvenido (Angelito)
Ozuna, Luís Fernando
Peguero Reyes, Arcadio Ramón
Perdomo Ramírez, Alberto
Perozo Chicón, Manuel de Jesús (Masú)
Ramírez Castillo, Héctor Enrique (Henry)
Ross Thomén, Rafael Osvaldo
Ruiz, Luís Conrrado (Peligro)
Sanabia Minaya, Elpidio (Pillo)
Sánchez Sanlley, Guillermo Augusto
Saviñón Guerrero, Miguel Olivo (Miguelín)
Senior Paz, Martín
Santiago Flores, Alfonso José (venezolano)
Toribio Rodríguez, José Antonio (Chepito)
Ubiera, Francisco A.
Valera, Rafael
Valverde Cruz, José Rafael Federico (Fello)

Otros no se han mencionado hasta ahora (unos quince en total) porque se desconoce en cuál de los tres grupos vinieron, pero lo cierto es que vinieron y combatieron y murieron. Sus nombres son:

Báez Jiménez, Nicolás Virgilio
Cabral Brito, Héctor J.
Jiménez Cabrera, Antonio
Losano Guzmán, Andrés
Lugo, Luís
Menéndez Vallejo, Miguel Ángel
Parache Hernández, Manuel
Reyes Reyes, Juan (puertorriqueño)
Rodríguez, Alberto (cubano)
Rodríguez, José Luis (venezolano)
Rodríguez, Tomás (cubano)
Rodríguez Gómez, José Antonio
Sánchez, Francisco
Soriano Francisco, Angel Nicolás
Taveras Cabrera, José

Vinieron llenos de patriotismo, vinieron llenos de un valor a toda prueba. Vinieron hacia la perdición y lo sabían, vinieron a enfrentar la muerte y el martirio. Seguro que lo sabían. La muerte, la tortura, el martirio eran riesgos calculados. Sabían a lo que venían, sabían que se enfrentaban a un monstruo luciferino, a una bestia implacable que sólo saciaba su sed con sangre.

Su sacrificio, eso sí, encendería una ola de rabia e indignación, establecería un punto de inflexión, un antes y un después. Ya nada volvería a ser igual. La represión del régimen de la bestia contra los oposicionistas recrudecería, se cometerían cada día atrocidades más impensables, y en la misma medida la resistencia se haría más fuerte, los enemigos de la bestia se multiplicarían como verdolaga, numerosos hijos de los más cercanos colaboradores de la bestia se volverían en contra. En la medida en que se acentuaban los atropellos, las acciones contra el régimen se hacían más temerarias. La repatriación armada, la entrega incondicional de los héroes del 14 y 20 de junio fue el principio del fin para el régimen de la bestia. Vinieron como expedicionarios y se convirtieron en la raza inmortal. Mil veces viva su grata memoria. Mil veces viva.

La repatriación armada (15)
(Historia criminal del trujillato[187])
Bibliografía: Anselmo Brache Batista, «Constanza, Maimón y Estero Hondo: Testimonios e investigación sobre los acontecimientos».
Emilio Cordero Michel, «Las Expediciones de Junio de 1959»,

Nota:

(1) Emilio Cordero Michel, «Las Expediciones de Junio de 1959», p. 13

El destino de los héroes (1 de 2)  

Pedro Conde Sturla

Uno se queda mirando las fotos de aquellos hombres, las contempla, no puede despegar la vista de ellas, no se cansa de verlas, se queda uno ensimismado largo rato, le parece ver ahora a la hilera de valientes en el momento en que se disponían a subir a sus embarcaciones o al avión y de repente siente que el corazón se encoge. Uno siente una pena, una desolación, se conmueve al cabo de tantos años por la suerte de esos héroes. Ahora sabe que sólo unos pocos lograron sobrevivir, lo sabe todo. Sabe que iban todos a la perdición. Ellos marchaban decididos, emocionados, poseídos por una fuerza y una voluntad y un optimismo viscerales, se embarcaban hacia el peor de los destinos y a pesar de eso quizás estaban alegres, confiaban en la victoria, reían quizás, hacían cuentos, cantaban para darse valor el himno nacional.

Para los muertos todo terminaría pronto. Para los prisioneros comenzaba el suplicio, un largo y demorado suplicio. Ocho meses y medio en el triste caso de Juan de Dios Ventura Simó.

Lo que sabemos de ellos proviene de una fuente insospechada. Es, en general, el duro testimonio de algunos pocos hombres del bando contrario. Gente que se quebró, a la que se le partió el corazón, que no pudieron mas con su conciencia y se vieron precisados a confesar lo que habían hecho, los crímenes en que habían participado o de los que simplemente habían sido testigos. Uno de ellos es Eugenio María Guerrero Pou, autor de una obra titulada «Yo maté a su hijo : testimonio de un cadete de la Era de Trujillo». A él y a tantos otros los obligaban a formar parte de los pelotones de fusilamiento que terminaron con la vida de los expedicionarios de Constanza, Maimón y Estero Hondo y a algunos se les pudrió el alma. Hicieron acto de contrición. Trataron de redimirse. Quedaron marcados para siempre y no se recuperaron jamás. Alguno de ellos optó por el suicidio. Otro por escribir un libro.

Anselmo Brache cita algunos de los episodios que Guerrero Pou describe y la descripción enfría el alma:

«Estábamos turbados, tensos y con los rostros pálidos. Empezamos a ver, disimuladamente, unos “seres que parecían humanos”, que sacaban de los baúles de los carros, de cuyas orejas pendían unas etiquetas grapadas, cabellos alborotados, barbudos, descalzos, vestidos de modo estrafalario, de aspecto sucio, varios de ellos con huellas de torturas y castraciones, con los ojos volteados de manera demencial y cuando nos miraban era con aires de alucinados.

Estaba también la presencia del capellán de la Institución (el padre Rodríguez Canela), los prisioneros fueron invitados a hacer confesión, ninguno aceptó; alguno pudo decir no, otros se negaron con la cabeza, porque no podían hablar, tenían la boca rota (también la mandíbula y los dientes, agrega Anselmo Brache) y sangraban, apenas uno balbuceó la palabra: componenda.

»Los prisioneros eran colocados de espalda al paredón (un corte en el caliche duro del terreno), con las manos amarradas hacia atrás, algunos que no podían sostenerse en pie, eran levantados y amarrados a una alambrada de púas de la cerca. Habían dado la orden de fusilarles uno a uno. Los pelotones estaban formados por 10 u 11 cadetes, armados de ametralladoras Cristóbal con cargadores de 30 tiros cada una».

» Cuando nos mandaron ¡Atención, apunten, fueeego…! Nos aturdimos, lo hicimos de manera errática, eran vidas humanas, no estábamos acostumbrados. Un cadete se desmayó, otro reculó y lloró, otro vomitó. Los ejecutados quedaban sólo moribundos. Fue un horror inexplicable, algunos se sintieron asesinos. Las ejecuciones habían comenzado antes de nosotros y siguieron por varios días después. La mayoría de las veces, con la presencia de Ramfis y su corte, quien tenía una cara de embriagado». (1)

El primero que pasó por las cámaras de tortura, el primer preso, fue uno de los expedicionarios de Constanza. Se trata de Rafael Perelló. Al valiente Perelló se le perdió o averió el cerrojo de su fusil y se enfrentó a unas tropas que lo acosaban con un cuchillo para darles tiempo a sus compañeros de escapar. La noticia de su apresamiento fue motivo de júbilo en San Isidro. Dice Anselmo Brache que tan ansiosos estaban de conocer al prisionero que lo mandaron a buscar en avión y cuando llegó armaron una especie de fiesta, se armó una vocinglería monumental. Los oficiales del estado mayor estaban emocionados, deseos de someterlo al tormento.

El primer interrogatorio, dice Anselmo Brache, tuvo lugar en la oficina del general Fernando A. Sánchez hijo (Tunti) en presencia de Ramfis Trujillo:

«Perelló declaraba con mucha naturalidad sobre el desembarco marítimo, aunque no sabía el sitio, lo creía ya efectuado. Asimismo, informaba sobre el piloto venezolano que condujo el aparato, y sobre la presencia de un piloto dominicano en la cabina del avión, a quien no conocía pues noparticipó en los entrenamientos de Mil Cumbres (Cuba), pero que al final había decidido bajar a tierra con ellos. Le buscaron fotos para la identificación y resultó ser el ex capitán piloto Juan de Dios Ventura Simó. Ramfis y sus secuaces se quedaban estupefactos ante esta afirmación, a la vez que albergaban la esperanza de hacerle prisionero para satisfacer una personal y sanguinaria venganza.

»Terminado este interrogatorio fue entregado a los verdugos, coronel Johnny Abbes y mayor César Báez (cada uno dirigía un centro de torturas o de exterminio, llamados La 40 y El 9, respectivamente), donde nuevamente fue sometido a interrogatorios y crudelísimos tratos con el fin de ampliar sus declaraciones, pero también con sádico goce ya que grabaron sus quejidos y alaridos, mientras se estremecía en la silla eléctrica para que Ramfis los oyese, el que más los disfrutó fue Pirulo Sánchez Rubirosa, quien se encerraba con la grabación en la oficina. Varias veces, patéticamente, el condenado pidió que mejor lo matasen y no le apretasen sus genitales, pero estos monstruos le decían que así sería muy fácil, mientras seguían. Al fin y al cabo, la confesión fue la misma que hizo durante el primer interrogatorio.

»Este caso se repetiría en el curso de los próximos días en condiciones aún de mayor sadismo». (2)
De lo que dice Guerrero Pou hay unos párrafos en particular que sobrecogen, que hielan la sangre y que son difíciles de olvidar: «unos “seres que parecían humanos”, que sacaban de los baúles de los carros, de cuyas orejas pendían unas etiquetas grapadas…varios de ellos con huellas de torturas y castraciones, con los ojos volteados de manera demencial y cuando nos miraban era con aires de alucinados». 

La repatriación armada (16)
(Historia criminal del trujillato[188])

Notas:

(1) Anselmo Brache Batista, «Constanza, Maimón y Estero Hondo: Testimonios e investigación sobre los acontecimientos», pgs. 167, 168

(2) Op. Cit., p. 121


El destino de los héroes (2 de 2) 

Pedro Conde Sturla


Otro cronista que dejó un crudo testimonio de las torturas que se infligían a los presos durante la era gloriosa fue César Augusto Saillant Valverde. Este singular personaje, que vivió en la intimidad del régimen, fue secretario personal y taquígrafo y traductor de Ramfis Trujillo, y autor de un invaluable libro de memorias sobre los años finales de la tiranía: «Mis memorias junto a Ramfis Trujillo, 1957-1961».

En esas memorias son muchos los episodios de torturas que Saillant da a conocer con lujo de detalles y sin omitir los ilustres nombres de los torturadores. A él se le deben, entre muchas otras cosas, el conocimiento del martirio que infligieron a tres de los primeros presos del frente de Constanza: un venezolano llamado Edwin Erminy, un cubano llamado Enrique Betancourt Carril y el dominicano Héctor Mateo Calcagno. Todos ellos fueron capturados y sometidos a suplicio el mismo día.
«“Los tres fueron trasladados a San Isidro, cansados, con hambre y falta de sueño, los interrogatorios y respuestas que apenas se diferenciaban a las de Perelló, se hicieron por separado ante la siniestra audiencia, encabezada por Ramfis. Cuando terminaban, éste salía del lugar hacia su despacho. Era una especie de señal esperada por ciertos oficiales para entrar apresurados para abalanzarse sobre los indefensos prisioneros esposados a la espalda, para maltratarlos salvajemente hasta dejarlos sangrantes. Este espectáculo degradante del ser humano se repetiría cada vez en lo adelante”.


»”Los verdugos de centros de torturas, mayores César Báez y Tavito Balcácer no tuvieron paciencia a que los prisioneros les fueran entregados y provistos de picanas o bastones eléctricos los torturaban sin piedad. Participaron además, provistos de dichos bastones (llamados garrochas, los cuales son activados por pilas y se utilizan para arriar animales): el general Fernando A. Sánches (Tunti), otrora de trato cordial, sacaba relucir una crueldad insospechada; coronel Gilberto Sánchez Rubirosa (Pirulo), sádico, sanguinario, introductor de los bastones y poseedor de uno propio; coronel Luis José León Estévez (Pechito), general Máximo Burgos (Mozo), estos dos últimos se entretenían haciendo circular los bastones por los sitios más prohibidos de aquellos infelices; el coronel Alfonso León Estévez, que se había mandado a hacer una “garrocha” más larga y que se conectaba directamente a la corriente eléctrica; coronel Evangelista Cabrera, que daba puntapiés a los prisioneros, en la cabeza, en el estómago, en los genitales, a veces había que quitárselos para que sirvieran luego en el martirio de los centros de torturas. Y otros de menor rango. Estos excesos se producían en las oficinas del general Tunti Sánchez”.

»”Sacados al pasillo, un sargento fotógrafo de la academia militar tomaba fotografías de ellos y luego de todos los prisioneros, antes y después de ser pasados por las armas. De aquí, con fuertes manotazos, eran arrojados al suelo, siempre esposados, y tirados por los cabellos eran arrastrados por las escaleras de cemento entre hileras de soldados que les golpeaban. Del pavimento los levantaban balanceándoles para arrojarlos dentro de un baúl de automóvil que al cerrarlo con esfuerzo quedaban apretujados”». (1)

El hombre que dirigió la campaña de bombardeos contra los guerrilleros y el mayor entusiasta en la planificación de la tortura y ejecución de los prisioneros fue Ramfis Trujillo Martínez, el comandante en jefe de la Fuerza Aérea. Junto a él estaba Trujillo, por supuesto, y estaba el demoníaco Johnny Abbes, pero es probable que el mismo Trujillo no hubiera actuado con tanta saña, que hubiera preservado un mayor número de supervivientes con el propósito de mostrarlos como trofeos ante la opinión pública y hacer gala de magnanimidad. Lo cierto es que de unos doscientos veinticinco guerrilleros apenas cinco sobrevivirían: dos cubanos y tres dominicanos.

Lo que se cuenta de esos episodios es algo que envenena y pudre el alma y no todos los que participaron quedarían impunes, algunos quedarían traumatizados, algunos se suicidarían años después. No se repusieron jamás, incluido el propio Ramfis.

La invasión reavivó en él un instinto salvaje, casi como si se hubiera encontrado a sí mismo. Esta vez Ramfis revelaría la faceta más oscura y tenebrosa de su personalidad, se sumergiría en una orgía, una borrachera de sangre, su crueldad tocaría fondo. Esta vez se excedería en su arrogancia, en el irrespeto por la vida. Actuaba como si estuviera poseído, borracho, como se ha dicho, literalmente borracho de sangre.

Según lo que dice Crassweller, Ramfis odiaba o quizás despreciaba a Johnny Abbes y a los hombres de su clase, los que formaban parte del anillo de acero que rodeaba a la bestia. Ahora, sin embargo, se había convertido en uno de ellos, pertenecía por derecho propio al círculo nefasto.

Pero sus crímenes dejaron al parecer una huella profunda, agudizaron sus conflictos latentes. Ramfis podría haber quedado perturbado profundamente, se hicieron más notorios sus problemas emocionales, su permanente inestabilidad emocional. La prueba es que más adelante se vería obligado a recibir tratamiento siquiátrico en una clínica suiza o quizás belga donde recibiría terapia electroconvulsiva, una terapia que se utiliza para el manejo de pacientes con enfermedades mentales graves como la depresión y la esquizofrenia.

La verdad es que a aquellos expedicionarios los llevaron al límite, los rompieron en pedazos por fuera y por dentro, antes de darles muerte, cuando ya apenas estaban vivos, desfigurados, sin apenas expresión en el rostro.
Sobre todos ellos y muchos otros muertos estamos parados. Sobre su inmenso sacrificio nos mantenemos de pie. Por ellos un poco existimos.

O, como en el poema de Roberto Fernández Retamar:
«Nosotros, los sobrevivientes,
¿a quiénes debemos la sobrevida?
¿quién se murió por mí en la ergástula,
quién recibió la bala mía,
la para mí, en su corazón?¿sobre qué muerto estoy yo vivo,
sus huesos quedando en los míos,
los ojos que le arrancaron, viendo
por la mirada de mi cara,
y la mano que no es su mano,
que no es ya tampoco la mía,
esribiendo palabras rotas
donde él no está, en la sobrevida?»l

La repatriación armada (17)
(Historia criminal del trujillato[189])
Notas:
(1) Anselmo Brache Batista, «Constanza, Maimón y Estero Hondo: Testimonios e investigación sobre los acontecimientos», pgs. 125, 126 


Otros destinos, otros héroes: Mayobanex Vargas 

Pedro Conde Sturla

No todos los expedicionarios perdieron la vida, como se sabe, aunque ninguno se libró de la tortura, del suplicio concienzudamente aplicado, de la afrenta y el ultraje y las cicatrices físicas y sicológicas que los dejaron marcados para siempre. Seis de ellos, quizás por milagro de la providencia, lograron sobrevivir, algunos vivieron largas vidas y por lo menos uno vive todavía. Y además todos, casualmente, pertenecían al grupo del comandante cubano Delio Gómez Ochoa, el único que todavía vive.

La corta lista de los que sobrevivieron la integran el propio Gómez Ochoa y su hijo adoptivo Pablito Mirabal. Los demás, todos dominicanos, eran Mayobanex Vargas, Poncio Pou Saleta, Medardo Germán y Gonzalo (o Alfredo) Almonte Pacheco. Este último, por desgracia, fue desaparecido al poco tiempo sin dejar rastros, asesinado dos meses después de ser indultado.

El caso de Mayobanex Vargas, que vivió hasta los ochenta años, es uno de los más curiosos. Mayobanex se aisló del grupo, se quedó solo, pero el teatro de operaciones le era familiar, era un lugar cercano a las tierras de su familia en Bonao.
 Al igual que Mayobanex, su compañero Almonte Pacheco también se había separado de sus compañeros cuando el grupo fue emboscado mientras buscaba alimentos, pero no tardó en ser apresado. Mayobanex, en cambio, por pura casualidad encontró a un conocido, un empleado de finca, y le pidió que fuera a avisar a su padre, que le dijera que quería entregarse y negociara su rendición.

El padre, o mejor dicho su familia, que se encontraba bajo acoso, acudió a Petán Trujillo, que era el cacique de la región, para acordar los términos de su entrega. Pidieron, entre otras cosas, que le permitieran entregarse a civiles. 

Petán accedió y hasta nombró una comisión para recibirlo. Mayobanex recuerda que era una tarde del 5 de julio: «Me entregué en la finca de nosotros, en Blanco, en la loma. Un pequeño valle de esa montaña (Constanza), donde yo había soñado combatir a Trujillo como guerrillero. Por la radio yo conocí todas esas personas organizándose, a Fidel, y empecé a crearme ideas propias en esas montañas». (1)

Hubo un encuentro memorable. Se permitió que padres e hijo se abrazaran antes de llevarlo a la cárcel, y se le permitió bañarse en el río Yuna.

Dice Anselmo Brache que una vez preso en la fortaleza de Bonao, Mayobanex fue tratado correctamente. El teniente Virgilio Álvarez le dispensó un trato caballeroso y la familia Pellicce, don Amadeo Pellicce y su esposa, le enviaron una cantina con las viandas más apetitosas. Mayobanex vió el cielo abierto y, lamentablemente, se dio un atracón que su estómago no pudo resistir.

Esa fue la parte fácil. A continuación lo llevarían a Constanza donde lo recibiría uno de los grandes carniceros de la época: el general Mélido Marte, el futuro encargado de seguridad de Joaquín Maldaguer. Mayobanex estaba seguro de que no sobreviviría al viaje. Quizás, sólo quizás, lo que lo salvó fue que al llegar a Constanza fue visto por un reportero de The New York Times, que desde ese momento no le perdió ni pie ni pisada y hasta pidió permiso para entrevistarlo. En tales circunstancias, matarlo hubiera provocado un escándalo, pero nada impedía que lo hicieran y Mayobanex lo sabía. Pero Mayobanex fue uno de los afortunados: «Muy pronto se despertaría “en una celda, llena de la sangre de Federico Larancuent, donde había sido asesinato a puñaladas”». (2)

Cuenta Anselmo Brache:

«MAYOBANEX. Se dirigían hacia Constanza. El único que rompió el silencio en aquel jeep fue el chofer, quien dijo: ‘Este muchacho es familia de la esposa del general Petán, y miren lo que hizo’. De ahí, de nuevo, el silencio. Al llegar a Casabito se detuvieron debajo de una mata de mango, desde donde salieron varios guardias armados. Mayobanex pensó que hasta aquí llegaba. Pero se acercaron para decir cada uno algo, como: ‘Déjennoslo aquí, para que vean como se trata un traidor’. De ahí, salieron de nuevo, hasta la fortaleza de Constanza, donde llegaron como a las 3 de la mañana. Alrededor de las 8 a.m., le sacaban de la solitaria donde lo habían recluido para llevarlo a la oficina del general Mélido Marte.

»Recibía insultos de militares, principalmente de oficiales de la AMD. Cuando cruzaban hacia la fortaleza, entre gente aglomerada con apariencia de pobres, la que precisamente habían venido a defender, pedían que se lo entregaran a ellos para hacerse cargo. Ya adentro, le entregan al general Marte el interrogatorio que le habían hecho. Lo rompió, diciendo: ‘Esto no sirve, hay que hacer uno nuevo’. Él hacía las preguntas, él mismo se las contestaba y, en cada una, ponía algo de comunismo. Le enviaron al aeropuerto para ser trasladado a la Base Aérea de San Isidro y, para evitar que unos periodistas norteamericanos le entrevistaran, les decían que no había ningún prisionero. Pero le habían visto entrar y salir. Ya en el aeropuerto, mientras le ataban a las patas del asiento dentro del avión, y amarrado como un andullo, cuatro guardias pedían que se lo entregaran “para fusilarlo”. Aterrizados en la Base y abierta la puerta del avión, recibió un empujón al bajar la escalerilla. Con sus amarras cayó rodando, sobre la pista de concreto, a la vez que otro grupo de guardias lo arrojaba como un saco sobre un jeep, recibiendo varios golpes en el cuerpo y la frente. Un teniente dijo: “este lo pido yo, para darme banquete”. Con cada expedicionario hecho prisionero se oían morbosos estribillos de lealtad servil que, como forma de identificación con el régimen, decían o repetían en voz alta algunos militares y civiles, para que al ser oídos demostrar “ferocidad y lealtad, con el propósito de complacer la mentalidad de la tiranía y quizás lograr un día que les dispensaran un favor.

»Llegados a la Jefatura de Estado Mayor, al apenas entrar Mayobanex, recibió una patada por el trasero de uno de los oficiales y, amarrado como estaba, un grupo le cayó a golpes por todas partes. Trompadas y patadas. Tuvo un receso en los golpes y fue cuando se le acercó el coronel José Joaquín Hungría, director del Instituto Cartográfico, quien frente a un mapa le hacía preguntas, las cuales contestó sin tratarlo mal. Luego empezaron los interrogatorios, ahora esposado con las manos atrás. Por cada pregunta recibía una lluvia de golpes de los que estaban ahí, quienes a su vez se esmeraron en hacerle, cada uno, un daño físico. Entre otras cosas agrega quien las estaba padeciendo, que: “el general Tunti Sánchez me pinchaba con un estilete de acero muy puntiagudo, hasta simuló que me lo iba a clavar con todas sus fuerzas en el estómago. Cerré los ojos y al abrirlos, vi que con una mirada criminal me gritaba desafiante, al ver el efecto que me había producido su intento ¡Te cagaste, hijo de la gran p…! Seguido, el coronel Evangelista Cabrera me aplicó su “patada voladora”, que me dejó privado boca abajo, entonces me pisaba y me brincaba con furia en plena cara y cuello, sufriendo yo estertores; el general Bonetti Burgos, a quien habían sacado de la zona de operaciones de Constanza, por cobardía, se ensañaba conmigo y me ponía un tormentoso bastón eléctrico, con un pie en el pescuezo sujetándome en el suelo esposado, en la boca, en los testículos, en los oídos, en la sien, en las manos y en la nariz. Los otros fueron el coronel Luis José León Estévez, mayor César Báez y el teniente Emilio Ludovino Fernández, quien hacía las preguntas y me golpeaba en las orejas y nariz con una gomita”.

»De ahí lo llevaron inconsciente a una celda. Por suerte esta no era la sala de torturas». (3)


La repatriación armada (18)
(Historia criminal del trujillato[190])

Notas:

(1) Santa Marte, «57 años de las expediciones de junio y un sobreviviente que cuenta su historia», Fuente: listindiario.com

(https://share.google/Y5kaxJe5OcQPmKAIJ)

(2) Anselmo Brache Batista, «Constanza, Maimón y Estero Hondo: Testimonios e investigación sobre los acontecimientos», p. p. 241

(3) Ibid, pgs. 237, 238 l


Otros destinos, otros héroes (2): El grupo de Gómez Ochoa 

Pedro Conde Sturla

El grupo de Gómez Ochoa había logrado eludir la persecución y el cerco y mantenerse unido por mayor tiempo que todos los demás. Incluso tuvo enfrentamientos en los que ocasionó perdidas sensibles al ejército de la bestia. Poco a poco, sin embargo, se fue disgregando y ya casi al final, es decir, unas tres semanas después del desembarco, se había reducido a unos cinco miembros.

Sólo quedaban los cubanos Delio Gómez Ochoa, su asistente Frank Heberto López Fonseca, su ahijado Pablito Mirabal y los dominicanos, Poncio Pou Saleta y Merardo Germán. 

En la apremiante situación en que se hallaban, el comandante Ochoa y algún otro contemplaban la posibilidad de escapar por Haití, pero la empresa era en extremo difícil y la verdad es que todos estaban agotados, al límite de sus fuerzas. La idea de entregarse al despiadado enemigo cobraba cada día más vigor.


Dice Anselmo Brache que el general Mélido Marte había designado a unos civiles para negociar la rendición, pero la iniciativa no generaba confianza.

Finalmente Poncio y Merardo se entregaron a un sacerdote español que los condujo en presencia de Mélido Marte:


«Llegaron los tres donde el general Mélido Marte, que estaba acampado en Los Mañanguises, quien les dio en esa ocasión un tratamiento de prisioneros de guerra, librándolos de algunos guardias que querían matarlos, repitiendo el mismo estribillo que conocemos. El general Marte les reprendió con ironía, que si pretendían dárselas de guapos, porqué no fueron a las montañas detrás de ellos». (1)

Al día siguiente los militares reemprendieron la persecución de Ochoa y los otros dos cubanos. Esta vez fueron enviados unos treinta soldados y civiles, aparte de unos perros entrenados para rastrear, que se convertirían en los héroes de la misión.

El día 11 de julio, en efecto, los perros encontraron a los insurgentes en un cerro espinoso donde crecían guayabas y abundante maleza. Creían haber acampado al lado de un arroyo en el monte, pero el arroyo era una cuneta al lado de un camino vecinal. Y además estaban durmiendo a pierna suelta.

«Estábamos rendidos —dice Gómez Ochoa— por la debilidad y el cansancio, apenas podíamos caminar, dormíamos al lado de lo que creíamos era un pequeño arroyo, donde llenamos las cantimploras en un hilo de agua que corría, lo que resultó ser el desagüe o cuneta de un camino, fuimos despertados cuando unos perros entrenados, nos lamían la cara al amanecer». (2)

De ese lugar, dos de los cubanos fueron llevados a Constanza, donde fueron entregados a Juan Tomás Díaz, y luego conducidos al aeropuerto en un carro. Esta vez sería Juan Tomás Díaz el que reprimió a los impacientes. Dice Anselmo Brache que «
Un grupo de soldados y legionarios se acercaron al carro en actitud belicosa, con fusiles palanqueados, queriéndolos arrancar de adentro del automóvil, por lo que el general Díaz tuvo que usar fuertes palabras con ellos, diciéndoles: "Pilas de pendejos, los quieren agarrar mansitos, pero no se atrevieron a ir a buscarlos a la montaña». (2)

En un avión, amarrados a los asientos, fueron trasladados a San Isidro. En las mismas condiciones, pero no en avión, sino en helicóptero, transportaron a Poncio Pou Saleta y Francisco Merardo Germán Santos.


Frank López, el asistente de Ochoa, no tuvo esa suerte. Frank hablaba de más. Era imprudente. Quizás, gobernado por los nervios, se puso a hablar de unos pertrechos que había enterrado en algún lugar. A Frank, desde luego, lo mandaron a buscar los pertrechos en compañía de unos guardias. Lo matarían unos días más tarde en San Isidro. En su muerte quizás incidió el hecho de que los periodistas extranjeros no lo habían visto.

Cuenta Anselmo Brache que al llegar a San Isidro los cuatro prisioneros recibieron un tratamiento correcto, que parecía engañoso y no dejaba de serlo. Les dieron jabón y ropa limpia y les permitieron bañarse. Después Ramfis procedió a interrogarlos, empezando por Ochoa. Ramfis hacía preguntas al por mayor y al detalle. Se comportaba con corrección, con engañosa corrección. Al cabo de un tiempo se levantó para ir al baño y advirtió a sus subalternos que no les pusieran las manos a los prisioneros: que por ningún motivo les pusieran las manos encima a los prisioneros. Pero la advertencia era taimada, era equívoca, era una señal, era una orden al revés.

En cuanto Ramfis desapareció de la escena entraron en acción los impacientes verdugos: El general Arturo Espaillat (el escalofriante Navajita, apodado también la Gillette), el mayor César Báez y Johnny Abbes García.

Navajita continuó con el interrogatorio a Ochoa, mientras los demás se divertían aplicando picanas eléctricas a los otros prisioneros en la nuca y en las orejas y otras partes sensibles. A juzgar por los espantosos gritos de dolor, se ensañaron, al parecer, con Pablito Mirabal. Ramfis los escuchó y reapareció indignado o fingiendo indignación, castigó a sus hombres con una fingida reprimenda y los echó teatralmente del lugar.

Más tarde, por invitación de su hijo Ramfis, se unió a los interrogatorios el mismo Trujillo, el generalísimo en persona, y se antojó de inmediato de que trajeran a Juan de Dios Ventura en presencia de Ochoa y los demás para que lo vieran. Dice Anselmo Brache que Ramfis se opuso con cierta firmeza. Juan de Dios era un muerto vivo y no podía caminar. Pero la bestia insistió. Quería seguramente que lo vieran, que se vieran en el espejo de los que les iba a pasar. Además, la bestia quería regocijarse viéndolo. Quería recrearse en sus miserias.

Ramfis seguía diciéndole que no podía caminar, que apenas podía moverse, que estaba más muerto que vivo. Pero Trujillo insistió y dio una orden que daba por terminada la argumentación. Ordenó que los trajeran los guardias y los guardias se lo trajeron, tal vez cargado o arrastrado, pero el hecho es que lo trajeron y Ramfis tuvo que morderse la lengua.

«A los 15 minutos — dice Anselmo Brache— llegaba una sombra en pijama, un espectro de la muerte de unas 80 libras, tenía que ser ayudado hasta para sentarse, tenía una pierna inutilizada y la otra apenas podía moverla.
»Delio no pudo evitar un gesto de asombro e impresión al verle, en esas condiciones, quizás pensando que podía pasarle lo mismo. No se pudo hablar, pues a Juan de Dios, en lugar de voz le salía de su garganta, más bien, un ronquido apenas audible. Se dio la orden de llevarlo nuevamente al hospital, donde le reanimaban para volver a torturarle». (3) p. 243

Se dice que a Juan de Dios Ventura Simó le habían desencajado la cabeza del fémur de la cavidad de la pelvis, que tenía la pierna colgando, y que la otra pierna se la habían roto o astillado. Seguramente no tenía un hueso sano. Quizás también le habían quebrado el alma.

La repatriación armada (19)
(Historia criminal del trujillato[191])
Notas:
(1) Anselmo Brache Batista, «Constanza, Maimón y Estero Hondo: Testimonios e investigación sobre los acontecimientos», p. 243
(2) Op. Cit., p. 245

(3 Op. Cit., 243

(3) Op. Cit., p. 246 


Otros destinos, otros héroes (3): Pablito Mirabal 

Pedro Conde Sturla

De entre todos los expedicionarios, el nombrado Pablito Mirabal (o mejor dicho Francisco de Pablo Mirabal Guerra), llamaba más que ninguno la atención. Dicen que hasta Ramfis le mostró simpatía, si acaso era capaz de hacerlo. Por lo menos en una ocasión se tomó en broma algo que a otra persona que no fuera Pablito Mirabal le hubiera costado caro. El hecho (que refiere César Saillant en sus Memorias), es el siguiente: Pablito había sido llevado en presencia de Ramfis y lo primero que se le ocurrió decir fue un atrevimiento, un doble atrevimiento:

«—Ramfle —preguntó a boca de jarro—, ¿tú me vas a fusilar?»

En primer lugar había distorsionado el nombre del engreído personaje y en segundo lugar lo había tuteado. La pregunta no auguraba nada bueno, pero sorpresivamente Ramfis sonrió, levemente sonrió, quizás sólo esbozó una sonrisa. Pero evidentemente el atrevimiento le hizo gracia a Ramfis. Después Ramfis río y todos se echaron a reír.

La bestia se había marchado un minuto antes del lugar y no se sabe como hubieran sucedido las cosas si hubiera estado allí para escuchar a Pablito. De seguro habría rabiado, habría tenido una reacción menos condescendiente. No porque fuera más intolerante, sino porque estaba más envanecido.

Ramfis se limitó a corregir a Pablito, a enseñarle cómo se pronunciaba su apodo y a aclararle además que de esa manera solamente lo llamaban sus íntimos.

Pero Pablito no bajó la guardia, mantuvo el tono irreverente, volvió a tutearlo y volvió a repetirle la pregunta.
Otra vez hubo risas y Ramfis le respondió que no, que no pensaba fusilarlo.

Entonces Pablito le preguntó:

«—”Ah, ¿entonces me va a ahorcar?»
Ramfis volvió a decirle que no, que lo iba a mandar a la escuela para que aprendiera a leer y escribir.

No se piense, sin embargo, que Pablito Mirabal fue siempre tratado de esa manera. Pablito fue torturado y obligado a ver torturas. Era un hijo de la sierra, un típico guajiro cubano, un muchacho lúcido, valiente, un excelente tirador según se dice, y además curtido en el combate guerrillero, y de gran presencia de espíritu, pero ni él ni nadie estaba preparado para enfrentar el infierno que se vivía en los torturaderos de la bestia. Tarde o temprano, los hombres más duros se rompían, terminaban desquiciados, la muerte fue para todos ellos una liberación. Dicen que Juan de Dios mostró un inmenso alivio cuando se dio cuenta de que, por fin, lo iban a matar.

Pablito, que era apenas un muchacho, empezó muy pronto a dar muestras de desequilibrio. Le enseñaban fotos de sus compañeros muertos y desfigurados y también a él lo sometían a torturas y durante las noches no podía dormir oyendo los ininterrumpidos gritos de dolor de sus compañeros prisioneros.

Para peor lo habían obligado a presenciar la tortura, la mutilación y asesinato del teniente Frank López, el asistente de Ochoa. De ese grupo, López sería el único al que mataron en la cárcel y (como ya se ha dicho) algunos lo atribuyen al hecho de que no había sido visto ni registrado por reporteros de la prensa internacional. La verdad es que contra él se ensañaron desde el principio en modo particular y además se resistió físicamente a los ultrajes y a los golpes.

López había sido llevado a San Isidro desde Constanza, pero no el mismo día que los demás, y desde que Johnny Abbes lo vió llegar le expresó su odio de la manera más elocuente: propinándole un garrotazo entre la cabeza y la nuca en presencia de varios oficiales, que vieron el hecho con repulsión.

López quedó inconsciente y fue arrojado al baúl de un auto que lo llevaría a La 40. El parque de diversiones de Johnny Abbes.

Más adelante volvieron a tener problemas. Dicen que Johnny Abbes empezó a burlarse de él y le jaló los cabellos, probablemente largos y enmarañados, al tiempo que le decía «muchachita o mujercita». López reaccionó de inmediato, le dio un golpe en la cara con las manos esposadas y Johnny Abbes se resintió. Le aseguró que se lo iba a pagar y el teniente López se lo pagó caro. Dicen que al teniente Frank López lo torturaron en presencia de Pablito y que también torturaron física y emocionalmente a Pablito. Dicen que Pablito vió cuando le cortaron las manos a López y que vió cómo sometían a Gómez Ochoa a una de las peores torturas, la llamada percha de loro o palo de guacamayo…, lo vio amarrado y colgando de un palo que lo sujetaba por debajo de las rodillas y los codos, a la vez que lo interrogaban y castigaban con picanas eléctricas. Ochoa también fue torturado en la llamada silla eléctrica y le quemaron o sacaron las uñas quizás más de una vez.

Lo peor es que a Pablito también lo martirizaban con amenazas. Le exigían guardar silencio, el más absoluto silencio. De lo contrario pagaría su padrino Ochoa con su vida. Pero también le mostraron las manos de Frank, le decían y repetían que eso mismo le pasaría si hablaba. Si decía una sola palabra.

El resultado fue que Pablito se desquició o empezó a desquiciarse, las agresiones físicas y sicológicas hicieron efecto. Ser torturado y además ser forzado a ver y escuchar torturas era demasiado para el muchacho. En su corta e interminable vida en prisión se familiarizó con el infierno. De hecho, sí, literalmente, vivía en el infierno, rodeado de los peores demonios, custodiado por seres infernales que se divertían aplicando al pasar (por costumbre o por gusto), bastones eléctricos en los testículos o apagándote un cigarrillo en la espalda o en la mejilla, o si acaso en un ojo.
Pablito se refugió entonces en un profundo hermetismo, se cerró en sí mismo como un armadillo, dejó de hablar, comenzó a tener alucinaciones, pesadillas de las que despertaba a otra pesadilla.

Al poco tiempo lo mandaron al manicomio, que fue como una especie de liberación y fue una suerte. Allí conoció al doctor Zaglul.

El director del manicomio, el doctor Antonio Zaglul, alias Toñito, era un ser humano extraordinario, un humanista, y supo tratarlo con el necesario tacto y prudencia para romper su hermetismo y ganarse su confianza. Zaglul se ganó su amistad y su estima y entre conversación y conversación se fue rompiendo el hielo.

Dice Antonio Zaglul que Pablito le preguntaba si era extranjero, porque era el único que sonreía:

«Finalmente, él también terminó sonriendo. A los pocos días desaparecieron sus alucinaciones, pero algo quedaba de sus traumas porque jamás hablaba de su prisión, sólo decía: “mi padrino está preso en La 40”». (1)

Los empleados también simpatizaban con el muchacho y los visitantes le traían regalos, y además estaba aprendiendo a leer y escribir.

El doctor Antonio Zaglul (Toñito) —cuenta Anselmo Brache— lo llevó una tarde a dar un paseo por la carretera del Cibao y fue entonces cuando el joven expedicionario le contó, con lágrimas en los ojos, al médico que había presenciado la tortura a uno de sus compañeros y después su asesinato». (2)
…Fue entonces cuando Pablito comenzó a contar su historia… 

(La repatriación armada (20)

(Historia criminal del trujillato[192])

Notas:
Antonio Zaglul, «Mis 500 locos, pgs. 133,138, citado por Anselmo Brache
Anselmo Brache Batista, «Constanza, Maimón y Estero Hondo: Testimonios e investigación sobre los acontecimientos», p. 253


La luz al final del túnel (1) 

Pedro Conde Sturla

El mismo día de la llegada del grupo de Gómez Ochoa a San Isidro, y después de haber sido sometido a una primera ronda de interrogatorios, se organizó una de esas farsas de mal gusto por radio y televisión que tendría como invitado al mismo comandante Ochoa. Sus declaraciones, la noche del 11 de julio, serían trascendentales, según se anunciaba en la prensa. Pero era todo un montaje, algo similar a lo que se había hecho anteriormente con Ventura Simó. Primero grabaron el audio y después las imágenes más o menos sincronizadas. Ochoa fingía que hablaba, movía los labios, pero el movimiento no se correspondía con el sonido. La calidad del montaje era deplorable, burda, y todo el mundo pudo darse cuenta.


Lo más importante es que no sólo Gómez Ochoa, sino también Mayobanex Vargas y Almonte Pacheco fueron presentados a miembros de la prensa internacional y respondieron preguntas que Manuel de Moya traducía. El mismo Ochoa fue presentado de nuevo el día 13 por radio y televisión y también a miembros de la prensa. Eso ofrecía a los expedicionarios cierta garantía de supervivencia, aunque nada estaba seguro en el régimen de la bestia.

En esos primeros días la gente del grupo de Ochoa estuvo retenida en condiciones más o menos favorables en las mazmorras de San Isidro. Estaban flacos y demacrados, casi como quien dice cadavéricos, pero se encontraban de nuevo todos juntos (con excepción del teniente López) y en celdas continuas que permitían la conversación.

Sin embargo, el día 15 de julio fueron trasladados a la casa del suplicio, una de ellas. Le llamaban La 40 por su ubicación en una calle del mismo nombre en la parte alta de la ciudad, cerca del río Isabela y la fábrica de cemento. 
Era en principio una residencia campestre llamada "Rancho Jacqueline", propiedad del coronel Luis Ney Lluberes, que luego fue habitada por el general Juan Tomás Díaz y después 
confiscada por el régimen y convertida en centro de tortura. A pesar de su relativo aislamiento  se podían escuchar gritos de dolor a todas horas.

Los agraciados con el traslado fueron «el comandante Delio Gómez Ochoa, Poncio Pou, Francisco Merardo Germán, Gonzalo Almonte Pacheco, Mayobanex Vargas y Pablito Mirabal, quien luego fue enviado al Reformatorio de San Cristóbal, después de haber sido dado de alta en el hospital siquiátrico, donde había estado recluido antes, por cierto tiempo.

»Al llegar, cruzaron un portón bien grande y les reciben el teniente Pastor Del Villar, Ciriaco de la Rosa y varios asesinos más. Los llevaron directamente a una oficina. Entonces el grupo de verdugos se les acercó como leones hambrientos, pero el coronel César Báez hizo una seña y se detuvieron. Tomó un teléfono y llamó a Candito Torres, diciéndole: “aquí están los sediciosos, pero el Jefe dio orden de que no se les puede poner la mano”. El grupo de criminales se alejó desconsolado, diciendo: “iQué dichosos son!”.

»Esa noche, encerrados en celdas separadas, no durmieron por los gritos y alaridos que procedían del infierno que vivían los torturados. En cada momento pensaban que irían por ellos, pero, afortunadamente, al día siguiente aún estaban todos con vida». (1)

Lamentablemente, recibir y presenciar el trato brutal que se infligía a los prisioneros tuvo en ellos un efecto devastador, especialmente en Pablito Mirabal, cosa que motivó su mencionado traslado al manicomio y luego a un reformatorio.

Además, en ese lugar se enteraron de la muerte del indomable teniente Frank López. El mismo Delio contó que había fallecido como tantos otros en la fatídica silla eléctrica. El cínico Del Villar contaba en cambio otra historia no menos cínica: «…tuve que darle unos balazos cuando trataba de huir…, ya había despegado unos barrotes». Lo cierto es que Frank López estaba muerto.

Los demás fueron sometidos a juicio, un proceso judicial de carácter militar que fue transmitido públicamente. Los cinco prisioneros del grupo de Ochoa, con las cabezas rapadas, fueron trasladados durante varios meses desde La 40 hasta una especie de tribunal inquisitorial que trataba de demostrar su implicación en una trama comunista contra la República Dominicana dirigida por Fidel Castro y otros enemigos del país.

A su regreso a la cárcel volvían a la rutina. Es decir, se les llevaba «continuamente desde La 40 hasta frente a los jueces y luego a la cárcel de La Victoria, donde fueron recluidos en solitarias oscuras.

»Otras veces, de ahí se les enviaba de nuevo a La 40, para presenciar torturas. Y luego volvían frente a la “justicia”, nuevamente». (2)

Durante el juicio, los prisioneros mantenían a pesar de todo la dignidad y la compostura y a su favor se fue creando una creciente ola de simpatía, la presión de la opinión internacional también se hizo sentir y hasta la cómplice y complaciente iglesia católica empezó a dar muestras de desafección.

Finalmente, en el mes de noviembre de 1959, fueron condenados a treinta años de multas y la impagable suma un millón de pesos de indemnización.

Permanecieron en la cárcel de La Victoria, durante dos meses en solitaria, y luego en celdas individuales, después mejoró la comida y empezaron a permitirles bañarse. Luego Mayobanex, Francisco Merardo Germán y Poncio Pou serían encarcelados en un misma celda y Poncio Pou Saleta y Gonzalo Almonte Pacheco en otra. Aún así, los prisioneros vivían en la incertidumbre, o más bien en zozobra. Intuían que algo se estaba preparando, pero no sabían de que se trataba. Para saber algo tendrían que esperar a febrero, a principios de febrero de 1960, tras casi siete meses de encierro y tortura física y sicológica.

"Una noche, —cuenta Anselmo Brache— como a la una de la madrugada, fueron a buscar en La Victoria a Poncio, Mayobanex, Merardo y Gonzalo. Gómez Ochoa estaba en otro lugar. Agentes del tétrico Servicio de Inteligencia Militar y también verdugos de la cárcel La 40, como Juan Mi Sangre, Dante Minervino, Estrada Malleta y otros, los llevaron esposados frente al coronel Frías, quien les hizo creer que los iba a matar. Llevados a La 40 los dirigen al cuartico de las peores torturas. Varios se colocan detrás y entonces el mayor Candito Torres les dice, sonreído: “ustedes son dichosos; el Jefe, Benefactor de la Patria y Padre de la Patria Nueva, Generalísimo doctor Rafael Leonidas Trujillo, dio órdenes de ponerlos en libertad mañana”. Frente a tal noticia pasaron la noche desconcertados, llegando el amanecer sin que ninguno de los expedicionarios pudiera dormir. Temprano los sacan al patio y les dieron desayuno, pero unos gritos y alaridos los tenían alarmados. Eran las torturas a los muchachos del clandestino Movimiento Político 14 de Junio, formado por jóvenes que habían despertado del congelamiento sicológico en que se vivía y que, inspirados por el arrojo de los participantes de esta Gesta Heróica, tomaron como nombre de lucha la fecha del primer desembarco.

»En esa ocasión recuerdan ver entre los presos al ingeniero Leandro Guzmán, de los organizadores del Movimiento…». (3)

Si hay algo extraordinario en esto es la muestra de resiliencia del pueblo dominicano, su indomable voluntad libertaria, su capacidad de recuperarse y seguir adelante. A pesar de todas las derrotas seguía el pueblo dominicano en pie de lucha. Era, como en el título del libro del comandante Gómez Ochoa, «La victoria de los vencidos». Apenas había llegado a su fin el movimiento expedicionario de Constanza, Maimón y Estero Hondo y ya se había formado un nuevo movimiento opositor inspirado en su sacrificio. Las cárceles estaban llenas hasta más no poder. Pero no había tregua en la lucha contra el tirano. La bestia no volvería a dormir un sueño tranquilo.

La repatriación armada (21)
(Historia criminal del trujillato[193])

Notas:
Anselmo Brache Batista, «Constanza, Maimón y Estero Hondo: Testimonios e investigación sobre los acontecimientos», p. p. 250
Ibid. p. 250
Anselmo Brache Batista, op.cit., p. 254


La luz al final del túnel (2 de 2) 

Pedro Conde Sturla

El estado de zozobra e incertidumbre de aquellos hombres (la noche previa a su liberación), solamente es posible imaginarlo. Les habían dicho que mañana los soltarían y era como para ponerse locos. Pensarían una y mil veces que era una broma macabra. En la noche les habían dicho que los iban a fusilar y después que mañana los iban a poner en libertad. No había tortura como esa.


Mayobanex no dejaba de recordar que en un cierto momento, cuando todavía estaban en La 40, pidió permiso para orinar y el esbirro al que llamaban Juan Mi Sangre lo llevó al baño y al regresar abrió la puerta de una celda donde había un preso, un muerto viviente.

«Parecía una momia —dice Anselmo Brache— y estaba desfigurado. Quizás con rasgos de locura, era el prisionero de la agonía más prolongada: el capitán Juan de Dios Ventura Simó». (1)

Lo peor es que todavía tendría que esperar hasta el 9 de marzo de 1960, hasta un día después de su cumpleaños, el día que la bestia quería celebrar poniendo fin a sus días en un fingido accidente de aviación.

Ese era el tipo de cosas que podían esperarse del régimen de la bestia. Podían ponerlos en libertad y podían llevarlos al paredón y ejecutarlos. También podían fingir que los iban a fusilar y regresarlos a sus mazmorras y repetir el simulacro al día siguiente. Una tortura sicológica que podía destrozar el sistema nervioso, desajustarlo, impedir el tránsito entre el estado de alerta y el de descanso y mantener a los reclusos en un permanente estado de enervamiento.

Esta vez, sin embargo, las cosas saldrían bien. A principios de febrero de 1960 los dominicanos Gonzalo Almonte Pacheco, Francisco Merardo Germán, Poncio Pou Saleta y Mayobanex Vargas fueron puestos en libertad, se les concedió un indulto. El excelentísimo Trujillo, en su excelsa magnanimidad, les concedió un gracioso indulto y los entregó a sus familiares.

La excarcelación fue en parte una jugada propagandística del régimen de la bestia para conjurar la presión que estaba recibiendo por parte de la prensa extranjera y la OEA. Una jugada propagandística para hacer frente al escándalo que habían desatado en el país y en extranjero las más recientes atrocidades contra los integrantes del Movimiento 14 de junio. Para peor, a la presión de la prensa extranjera y la OEA se había sumado ahora la inesperada condena de la propia iglesia católica y un fuerte repudio local provocado por una carta pastoral de la Iglesia Católica. La famosa Carta Pastoral leída en el púlpito de todas las iglesias del país el día domingo 31 de enero de 1960.

Es decir, la misma iglesia católica que durante casi toda la era gloriosa había sido aliada del régimen de la bestia, ahora había denunciado a su benefactor y padre de la patria, al aspirante al título de benefactor de la iglesia. Había causado, de hecho, un grave malestar, una confrontación de pronóstico reservado.

Más que un enfrentamiento, lo que se produjo a partir de la explosiva Carta Pastoral de la Iglesia Católica fue una ruptura.

En ese contexto se inscribe la puesta en libertad de los cuatro expedicionarios. Aquellos prisioneros que fueron presentados graciosamente al público como una muestra de clemencia y magnificencia por parte del gobierno, casi como un desmentido a las acusaciones de la iglesia y la prensa extranjera.

Se montó un gran espectáculo, se invitó al público y los medio nacionales y extranjeros. Todos pudieron ver y fotografiar a los agraciados en compañía de sus familiares, todos felices y aliviados en virtud de un indulto que se presentaba como un ejercicio de clemencia. Dicen que ningún familiar se presentó a recibir a Francisco Merardo Germán y fue reingresado a La Victoria, hasta que una tía lo fue a reclamar pocos días después.

La libertad no quería decir que la bestia les había perdonado la vida, solamente se estaba divirtiendo con ellos y a la larga probablemente los habría hecho asesinar a todos. Si tres de ellos sobrevivieron, si no terminó matándolos a todos, se debe en parte a que a la bestia la mataron primero.

Lo que se les otorgó fue una liberación condicional, una condena a prisión domiciliaria en el mejor de los casos. Pero Trujillo aprovechó la ocasión para inflar su ego y dar una nueva muestra de cinismo. Mandó traer desde Restauración a la anciana madre de Gonzalo Almonte Pacheco para fotografiarse con ella. Se hizo fotografiar junto a la anciana de la manera más humillante. Con ella abrazándolo, abrazando al ofidio, sosteniendo un fajo de billetes en una mano, confundiéndose con él en un abrazo de agradecimiento y la bestia sonriendo con su sonrisa de hiena mientras se dejaba abrazar.

Dos meses después le pagó el abrazo mandando a matar al hijo, a Gonzalo Almonte Pacheco. Dicen que Almonte Pacheco cometió una imprudencia, dicen que salió o se alejó de la casa y de inmediato fue hecho preso por agentes del Servicio de Inteligencia Militar e internado en La 40. Allí le darían muerte, lo torturaron y desaparecieron.

Los demás vivían al salto de la mata, empezando por Poncio Pou Saleta, al que mantenían bajo el más estricto régimen de vigilancia. Pou Saleta permaneció nueve meses encerrado en su propia casa, temiendo que en cualquier momento los esbirros de SIM irrumpieran y le dieran muerte o se lo llevarán a un torturadero para matarlo despacito. Sabia que eso era lo que lo esperaba tarde o temprano y prefirió jugarse el todo por el todo. Se organizó, pues, para burlar la vigilancia, salir sin que lo vieron y asilarse en la Embajada de México.

Un plan temerario, sin duda, pero mucho menos riesgoso que permanecer en su casa…, y que además tuvo éxito.
Las vidas de Mayobanex Vargas y Merardo Germán se complicaron, de seguro, a partir de aquel hecho, y quedaron desde entonces bajo una más estricta vigilancia, una vigilancia constante y asfixiante. Los mantenían en un estado permanente de desasosiego e intranquilidad, temiendo que cualquier día a la bestia se le antojara poner fin a sus días. 

Solo después de su ajusticiamiento recobrarían el control de sus vidas. Solo entonces supieron que iban a vivir.

A Delio Gómez Ochoa lo mantenían en cambio en La 40 y a veces lo llevaban a San Isidro donde le mostraban periódicos y le hacían escuchar noticias que hablaban de su muerte, de su posible muerte. Era un ejercicio cruel, de extrema crueldad, puro sadismo. Igual que a Mayobanex y Merardo lo mantenían en permanente estado de ansiedad. 

A Pablito Mirabal, en cambio, después de su paso por el manicomio, lo recluyeron en un reformatorio.

El calvario terminaría para ellos con un indulto a raíz del ajusticiamiento de Trujillo y con el regreso a Cuba el 9 de junio de 1961.

Pablito moriría diez años después, el 21 de junio de 1969, cuando apenas tenía 25, al ser alcanzado por un rayo cuando paseaba en un parque con su pareja, que se encontraba en estado de gestación. Pablito moriría al instante, pero su pareja recibió daños menores y tuvo una hija llamada Tamara Mirabal Silva, que ha venido varias veces al país y ha solicitado más de una vez la nacionalidad dominicana.

Mayobanex Vargas murió el 17 de diciembre de 2016 a los 80 años de edad.

Poncio Pou Saleta murió de un ataque cardíaco el 21 de agosto de 2010, en Santo Domingo, a la edad de 88 años.
Francisco Merardo Germán murió de un cancer de próstata y murió de pobreza y olvido en Santo Domingo el 15 de agosto de 2001, a los 91 años. 

La repatriación armada (22)
(Historia criminal del trujillato[194])

Notas:

Anselmo Brache Batista, «Constanza, Maimón y Estero Hondo: Testimonios e investigación sobre los acontecimientos», p. 254


Voces desde la eternidad (1) 

Pedro Conde Sturla 

Los héroes de la raza inmortal no sólo dejaron un testimonio de valor y sacrificio sino también una lección de amor y apego familiar.

Entre los expedicionarios había obreros, había analfabetos, había profesionales de la medicina, odontólogos, abogados, había jóvenes de dieciséis y treinta años y hombres de mediana edad como Jiménez Moya, que con sus cuarenta y cinco era el mayor de todos.
Lo que los unía era el ideal libertario, la liberación de la patria, la ilusión de un régimen de justicia, pero también tenían en común el dolor del desprendimiento familiar, el dolor que causaban y causarían a sus familiares y amigos y el que se causaban a sí mismos. Un dolor tanto más acuciante por la incertidumbre que llevaba aparejada una empresa tan arriesgada.

Algunos se despidieron personalmente y otros prefirieron no hacerlo. Otros escribieron cartas manuscritas o a máquina en que expresaban sus sentimientos y que no se pueden leer sin advertir el desgarramiento. Son documentos que conmueven al más indiferente y que hoy se han convertido en monumentos nacionales, voces de amor y patriotismo, voces de amor filial y paternal, del mas entrañable apego familiar, de la más tierna despedida y determinación. Las voces de los héroes de la raza inmortal.Voces desde la eternidad.

Se escribieron o se conservan apenas cuatro cartas. De hecho, sólo unos pocos se animaron a escribir, pero esos pocos representan sin lugar a dudas a los demás. Dos de ellos eran miembros de la misma familia, el Dr.Antonio Mota Ricart (Tony) y el Dr. Octavio Mejía-Ricart Guzmán. Los dos restantes eran Juan Enrique Puigsubirá Miniño (Johnny) y Alfonso José Sintjago Flores, un venezolano.

En el citado libro de Anselmo Brache Batista (pgs. 339,349), la carta que ocupa el primer lugar es la de Antonio Mota Ricart a su madre, una carta breve y concisa con una introducción dura y desoladora en la que anuncia su muerte e implora su perdón: «Si alguna vez recibes esta carta, ya yo estaré muerto, y en este momento lo único que se me ocurre es pedirte perdón por todas las cosas que te he hecho».

Mota Ricart tenía en ese momento 24 años y recién se había graduado de abogado y era un firme creyente en la necesidad del sacrificio para librar al país del régimen de la bestia. Durante el duro entrenamiento militar en el campamento de Rancho Mil Cumbres empezó a tener problemas por tener los pies planos y estuvo a punto de ser excluido, pero su firme determinación se impuso. Nada le impediría participar y participó en la contienda con valor extraordinario. Fue uno de los que desembarcó por Maimón en el Yate Carmen Elsa y, a pesar de haber tomado parte en feroces enfrentamientos contra las tropas del régimen de la bestia, no tuvo la suerte de morir en el combate. Se cree que fue capturado vivo, quizá herido, y trasladado a San Isidro.

He aquí la carta de despedida que escribió a su madre:

«Carta de Antonio Mota Ricart (Tony)
a su madre, Doña Angela
(Manuscrita)
Marzo 15, 1959.

Es preferible morir de pie
que vivir de rodillas.
José Martí

«Mi querida mamá:
»Si alguna vez recibes esta carta, ya yo estaré muerto, y en este momento lo único que se me ocurre es pedirte perdón por todas las cosas que te he hecho.
»Lo único que te pido en este momento es que prosigas tu vida como si nada hubiera pasado, piensa que nada ni nadie es indispensable.
»Jamás pienses ni trates de echarle la culpa a nadie de lo que ha ocurrido, todo lo que he hecho, lo he hecho con los ojos abiertos y sabiendo que era casi seguro que me matarían.
»Pero a pesar de todo esto daría con gusto mi vida con tal de acabar con la maldición que pesa sobre S. D. desde hace 29 años.
»Si mi actitud les ocasiona algunos inconvenientes, sinceramente les pido perdón, pero cuando he visto a padres de familia que han abandonado hijos, mujer y todo, creo que jamás yo podría vivir tranquilo sin hacer lo mismo.
»Despídeme de papá y de toda la familia.
»Tu hijo que te adora y te pide la bendición.
»Tony
»P.D. Un abrazo para Jaime.*
*El hermano menor»

***

En esta carta, escrita sin ninguna duda con jirones del alma, Mota Ricart pide perdón y a la vez se justifica, pero también pretende algo imposible. Pedirle a su madre proseguir su «vida como si nada hubiera pasado» era pedirle demasiado a una madre desgarrada por la mas viva aflicción. Su vida, por supuesto, nunca volvería ser la misma. Por el contrario, Doña Angela convirtió su dolor en una cruzada para preservar en un lugar digno la memoria, objetos y documentos de los luchadores por la libertad. A ella se unieron Cristina Gautier, Luisa de Peña y Cristina Díaz y otras. El proyecto cristalizó, finalmente, con la inauguración del Museo Memorial de la Resistencia Dominicana el domingo 29 de mayo del año 2011. Un Museo Memorial de la Resistencia Dominicana, enclavado en el corazón de la zona colonial de Santo Domingo, que preserva el legado de nuestros héroes caídos. Un recuerdo del precio, el alto precio que se ha tenido que pagar para construir el país que somos.

***

La segunda misiva que aparece en la obra de Anselmo Brache, es la Juan Enrique Puigsubirá Miniño (Johny), una larga carta de despedida a sus padres. Pero Puigsubirá Miniño no sólo escribiría una carta, sino también un diario de campaña que ha sido publicado en un libro de setenta y dos páginas titulado «Inmolación: diario de campaña de un soldado de la libertad».

Ángela Ricart y su hijo Antonio

Al decir de los editores «La expresión sencilla de Johnny, en su Diario, descubre el alma incontaminada de un joven soñador y valiente, observador, tierno en su recuerdo familiar y al mismo tiempo de un temple patriótico ejemplar, cuando acosado, en situación desesperada, afirma: “No hay ni que pensar en entregarse; esta no es una alternativa honrosa”».
El diario se extiende desde el 13 de junio de 1959, en vísperas del desembarco en Constanza, hasta el 4 de julio, el día en que se presume que cayó en combate, y es uno de los documentos más importantes para la historia de ese capítulo expedicionario.
Según dice Anselmo Brache, la preservación de los escritos de Puigsubirá Miniño se debe a los buenos oficios del entonces sargento Juan B. Rodríguez Beltré, quien fungía de secretario del general Mélido Marte en Constanza. Rodriguez Beltré ordenó y pasó las notas en limpio para un informe y se quedó con un ejemplar.
«Desaparecido el tirano e idos los Trujillo, hizo llegar la copia a su madre, de manera desinteresada, pero en forma anónima (se comprende) varios años después». (1)
La madre del héroe, Guillermina Miniño de Puigsubirá, comentaría el documento en un escrito titulado «Lágrimas de una madre», que no parece haber sido escrito con palabras, sino más bien con lágrimas de sangre. El más vivo ejemplo de un dolor lancinante.
«Aquí estoy, hijo, frente a tus páginas, tratando de ordenarlas. Pero he de comenzar, primero, por ordenar los latidos de mi corazón y cerrar la fuente de mis lágrimas. Apenas si puedo lograrlo; así es que empezaré a hilvanar estas ideas tras la cortina transparente de mi llanto.
(Fragmento)». (2) l

La repatriación armada (23)
(Historia criminal del trujillato[195])

Notas:

(1)Anselmo Brache Batista, «Constanza, Maimón y Estero Hondo: Testimonios e investigación sobre los acontecimientos», p. p.350

(2) Ibid.

Voces desde la eternidad (2) 

Pedro Conde Sturla

La carta de despedida del Johnny Puigsubirá Miniño, la que dirige a su padre y a su madre, es impactante y conflictiva.

Puigsubirá Miniño afirma: «La generación que nos precedió ha fallado a la República», la acusa injustamente de haber tenido una «actitud resignada, derrotista y poco honrosa». En su beligerante fogosidad parece olvidar o no, conocer el pasado inmediato, el alto precio de sangre pagado en la lucha contra el tirano. Nadie le puede negar, sin embargo su actitud de entrega y valentía al expedicionario y diarista de Constanza, su arrojo en el combate. Si sus juicios no fueron certeros, su participación en la lucha fue incuestionable.


«Carta de Juan Enrique Puigsubirá Miñiño (Johnny) a sus padres don Enrique y Doña Guillermina»(Manuscrita)
»Don Enrique y Doña Guillermina

»New York
»Abril 6,1959

Nunca se vive tan plenamente como cuando uno se juega la vida»
Fragmento: ¿Quién puede hacer que amanezca?
Anthony de Melo

»Mis queridos viejos, quiero hacerla breve, aunque la materia se presta a un tratamiento más extenso. Esta le será entregada por Julie en New York cuando lleguen aquí la próxima semana. Para entonces estaré bastante envuelto en la empresa de promover la caída de la Dictadura que nos aflige.

»Yo sé que cuanto razonamiento emplee no será efectivo puesto que ustedes sustentan una posición diferente a la mía. No los culpo en esto, cada uno determina en su interior aquello por lo cual vale la pena vivir y nadie tiene derecho a interferir.

»Treinta años de terror y opresión han dejado una huella en el país y ustedes también como ciudadanos de él. No puedo decir que la causa de la Dictadura sean ustedes ni mucho menos, pero ciertamente no lo es nuestra, puesto que la encontramos en el mundo al venir a él. La generación que nos precedió ha fallado a la República, que la historia se encargue de juzgarla.

»Ahora, que de esa actitud resignada, derrotista y poco honrosa, a querer transmitir el mismo legado a los hijos, pues media una gran distancia. Si los que me precedieron en la vida escogieron para ellos ese género de vida, Santo y bueno, pero yo ciertamente no lo quiero para mí ni para mis hijos.

»Es por esta razón que he decidido embarcarme en esta empresa. Puede muy bien ser suicida, muy peligrosa, descabellada y quien sabe cuantos cobardes adjetivos, pero ciertamente es el camino del deber y la dignidad. Cuando lean esta me encontraré en Cuba. De ahí en adelante no se qué destino me está reservado, pero ciertamente es el camino del deber y la dignidad. Cuando lean esta me encontraré en Cuba. De ahí en adelante no sé que destino me está reservado, pero ciertamente que he de participar activamente en derribar al tirano.
[….]
»Todos tenemos que sacrificar algo si queremos merecer el disfrute de una vida futura honrosa y digna de ser transmitida a nuestros descendientes.
Ustedes se juegan un poco de seguridad material. Yo la vida. Así que vean quien tiene más que perder.
»En fin mis viejos, no quiero hacer recriminaciones de ninguna clase, pues ésta la escribo en espíritu de concordia ya que me siento en paz con mi conciencia.
[….]
»Vuelvo y les recomiendo tomen las precauciones debidas, no le estoy dando notoriedad a lo que hago, precisamente para evitarles innecesarios conflictos. Si creen que sea más conveniente quedarse fuera del país, pues perfecto, en fin ustedes sabrán mejor que yo lo que hacen. No creo esto dure mucho tiempo pues esta vez el conflicto se va a llevar hasta el límite y solamente la victoria se encuentra allí.
Si algo desafortunadamente me pasara, quiero que sepan me retiro de la escena de este mundo en paz conmigo mismo y con la humanidad. No guardo rencores para con nadie y todo aquel que pudiera conservar lo reservo para la lucha que se avecina.
[…]
»Aparte de esto creo tengo poco que agregar. Un abrazo fuerte para todos mis amigos a quienes no creo haber defraudado, para ello me permito hacer una cita clásica y decir con Pericles: “La felicidad consiste en la libertad y la libertad en el valor”. A lo que agregaría, la vida sin dignadas y sin honor es una hiriente limosna.

»Con todo el cariño, su hijo.
»Johnny» (1)

***

Otra carta memorable es la de Alfonso Sintjago Flores, hijo de Rinaldo Sintjago, era de nacionalidad venezolana y fue uno de los héroes y mártires que dejó un testimonio escrito. Sólo que en su caso no se trata de una despedida, sino de una muy especial petición a su padre, que formaba parte de la dirección del movimiento expedicionario.

El caso es que Alfonso apenas había cumplido diecisiete años al concluir los entrenamientos y debido a su juventud, y quizás tambien por consideración al padre, se trato de impedir su participación en la expedición. Alfonso escribió a su progenitor una intensa carta en la que se quejaba de la injusticia que se le hacía por querer impedirle el cumplimiento de su deber y reclamó a su padre en tonos muy enérgicos el merecido apoyo.

«Carta de Alfonso Sintjago Flores a su padre Rinaldo
»(Manuscrita).


Tendrás la senda responsable y pura de un revolucionario en estructura. Serás gentil, sincero. audaz, erguido. Socorrerás al débil; te bastará el sentido.
Fragmento de poema a no hijo recién nacido
Rinaldo Sintjago

»Querido viejo:
»Antes que nada quería darte un fuerte abrazo y decirte que por aquí
»Estamos todos perfectamente.

»También quiero informarte de algo que considero urgente el hacértelo saber. Se me ha informado que nuestro comandante ha opinado que las personas jóvenes, especialmente yo, no debemos participar en la primera jornada por razones de inexperiencia o de sentimiento, porque como tú bien sabes, Enriquito es un buen amigo de la familia y le dolería cualquier desgracia que me sucediera, ahora, el punto de vista mío es el siguiente: yo vine aquí para cumplir un deber para con la Patria y creo que cualquier sacrificio que se haga por esta, es también un deber. Mi madre se ha dado cuenta de esto perfectamente, cuando la dejé, sabía ella muy bien que quizás más nunca nos veríamos, por lo tanto, estando yo en perfectas condiciones físicas y morales, no veo la necesidad de impedirme realizar mis ideales por razones de orden sentimental. Por razón de inexperiencia no se me debe tampoco impedir, puesto que no creo necesitar barbas ni canas para esta Tarea. Tù bien sabes que Camilo, el Che y la mayoría de ellos no tenían ninguna experiencia en estas cuestiones. Sí tenían grandes ideales forjados en la mente y creo que esto es lo principal, por lo tanto reclamo de ti el apoyo necesario que todo padre debe darle a su hijo en estas circunstancias y que aquel no se lo debe negar.

»En espera de tu actuación queda tu hijo que confía en ti.
»Alfonso Sintjago
»P.D.: Desearía que me consiguieras una buena mochila y las medias que te pedí”.

***

Hubo, pues, dos Sintijago en la expedición: el padre que vino por Constanza, y el hijo que desembarcó en Estero Hondo. Un doble heroísmo, un doble martirio. Un excesivo sacrificio familiar. 

La repatriación armada (24)
(Historia criminal del trujillato [196])

Notas:

(1)Anselmo Brache Batista, «Constanza, Maimón y Estero Hondo: Testimonios e investigación sobre los acontecimientos», pp. 339,342

(2 Op. Cit., pp. 343, 344)

Voces desde la eternidad (3 de 3).Un testamento emocional 

Pedro Conde Sturla

El más elaborado, quizás, de todos los documentos de despedida de los héroes de junio es el «Testamento emocional» que escribiera el doctor Octavio Mejía-Ricart Guzmán cuatro meses antes del desembarco en Estero Hondo. El texto, manuscrito, es en efecto una lúcida pieza epistolar, la obra de un «estudiante de nacimiento, aprendiz de cirujano de profesión y maestro de vocación».

Octavio tenía una formación humanista: había estudiado Filosofía y Letras, tocaba piano, y además era médico, había sido docente en la Universidad de La Habana, se había especializado en Inglaterra y Alemania y finalmente se convirtió en guerrillero. Dejó su promisoria y plácida vida de profesional de éxito por la azarosa existencia del expedicionario.
En sus breves días de lucha, bajo el bombardeo de los aviones y el asedio de los guardias se destacó en su rol de combatiente y tuvo oportunidad de ejercer la medicina, como se mencionó anteriormente. Desgraciadamente, tuvo la peor suerte, la de ser herido y capturado vivo, traslado a San Isidro y brutalmente torturado y ejecutado por órdenes directas del hijo de la bestia. Su «Testamento emocional» es un legado de dignidad y nobleza:

«Testamento emocional del Dr. Octavio Mejía-Ricart Guzmán »
(Fragmentos)

Cuando mis labios se cierren para siempre el postrer murmullo de mi actividad pensante repartirá sin duda una bendición a esa Patria mártir dominicana y a mi rasa eterna que es a la vez del Quijote y del Cid.

Octavio Mejía-Ricart Guzmán

»Yo, Dr. Gustavo Adolfo Octavio Augusto Mejía-Ricart y Guzmán; estudiante de nacimiento, aprendiz de cirujano de profesión y maestro de vocación; en uso completo de mis facultades y afrontando libremente el dilema de vida y muerte, establezco la siguiente como mi voluntad:

»1. QUE MIS RESTOS SEAN enterrados en tierra de Santo Domingo, desnudos de toda superflua envoltura para que sientan el cálido contacto y se entrelacen con la dulce tierra por la cual he querido vivir y morir.

»2. QUE SI HUBIERE LUGAR se siembren flores y un caobo sobre mi tumba y esta se sitúe al borde de un camino agreste para que mis elementos desintegrados crezcan de nuevo a la vida a dar sombra y color a todos cuantos pasen por mi sitio, para que la nueva vida de mis elementos sea útil a los demás como ha sido mi deseo que fuera mi presente vida.

»3. POR CUANTO CABE a mi exiguo patrimonio; lego a mi patria, a mi padre, a mi madre, a mis maestros y a mis hermanos, así como a todos los dominicanos, el pequeño acerbo de mis ideales y el agradecimiento por la educación recibida que hizo de mi pasaje por el mundo la más interesante aventura y el más delicado de los bellos jardines.

»Dejo en especial mis ilusiones de soñador despierto y el testimonio de mis convicciones, a la juventud eterna, de hoy y de siempre que fue y será juzgada ilusa, atolondrada o loca por tratar de vivir según el patrón de perfección compuesto por sus ideales.

»Mi corazón lo dejo al pueblo —a sus estratos más bajos—, a aquellos que sintieron el látigo del sol y la miseria y llevaron a cabo la cosecha para darme la oportunidad de estudiar. Para ellos querría haber vivido yo, porque yo creo que más fácil es morir por la Patria que vivir para ella. Las circunstancias y mi temperamento apresurado han querido evitarlo, porque uno no puede muchas veces ayudar a los demás como mejor sería.

»Quizás mi corazón crezca de nuevo como una humilde florecilla que la moza del campo use en su cabeza para una tarde de domingo, puede ser que el breve tiempo de su vida y la gracia que despliegue aquella florecita pague un poco a aquellos que involuntariamente lastimé con mis muchos errores.

»Como un pequeño recordatorio pido a alguna alma generosa que mis cartas y el Manuscrito se publiquen con el título de “AL BORDE DE UNA VIDA AGRESTE”. Un testimonio perenne de mi desco de con-tribuir con mi ladrillo a esta Babel digna y orgullosa que la Humanidad construye.

»Allegándose a lo quasi-prosaico, dejo mis pocos libros en Nueva York y en casa para que integren la futura biblioteca pública “Mejía-Ricart” que se instituya en honor a mi padre con los libros que todos manden para mantenerla siempre en aumento.

»Mis dos pares de yugos de oro, recuerdo de los que nos antecedieron en el nombre, dejo a mis hermanos Marcio y Tirso; y al mayor de los dos el reloj de oro de nuestro bisabuelo Papá Tomás. Quepa lo mismo a mis otros manuscritos. ¡Mis ideales queden ya perpetuados en los suyos!

»A Magda Eleonora dejo mi bosque pictórico “Wreck”, por representar la “eterna” esclavitud femenina a su ciclo biológico, porque en ella sigue la senda de nuestra amante madre y su ejemplo de limpio y digno individualismo femenino y feminista.

»Del resto dispondrá a su mejor juicio mi tío Dr. Publio Mejía Ricart a quien instituyo mi albacea testamentario como representante de mis padres y hermanos.

»Mis recuerdos, cartas y escritos volverán a Santo Domingo a su tiempo. De mis otros objetos se dejará mi cámara fotográfica para mi querida Ilse, en Colonia, Alemania, y mi radio-fonógrafo y discos para mi querida Christine de Edinburgo, Escocia.

»Si en el futuro me cupiere una teórica vocación hereditaria, quisiera que aquellos de mis hermanos que me sobrevivan instituyan un fondo que invertido, permita a 5 6 10 estudiantes dominicanos estudiar en Europa y gozar de los beneficios que yo disfruté».

Algunas semanas después de escribir su «Testamento emocional», Mejía Ricart dedicó una emotiva carta de despedida a su prometida Christin Malcon donde le anuncia su decisión de unirse al movimiento insurreccional, a sabiendas de que no tenía probabilidades de triunfar:

«Debo ser sincero contigo y debo confesarte que voy a tratar de lograr que la expedición sea todo un éxito, pienso aportar todo lo que pueda con ese fin, pero te mentiría si no te dijera que no creo que tengamos más de un 10% de posibilidades de éxito y menos aún las de salir con vida, según lucen las cosas ahora. Trataremos de lograr mayores posibilidades de éxito, si fuere posible y evitar derramamientos de sangre innecesarios y el fracaso militar de la expedición…

»Esta carta, en lo futuro, cuando hayan pasado los años, tu podrías enviarla a mi madre como testimonio de mis convicciones…

Te guardo en mis pensamientos…

»Octavio Augusto» (1)

***

El cuarto documento de despedida que se conserva es de uno de los más de treinta miembros del PSP que participaron en la expedición: Julio Raúl Durán. La breve carta de despedida de Julio Raúl Durán no se parece a ninguna de las anteriores. La escribió en enero de 1959 y fue enviada con su amigo Tulio H. Arvelo a Candita Silva para que ésta a su vez se la hiciera llegar a doña Milita, su madre, pero las cosas resultaron de otra manera.

Es el escrito de un militante convencido de «la grandeza de (sus) ideales y propósitos». Su nombre lo escuché, lo conocí, se me hizo familiar en boca de compañeros del PSP como Tulio H. Arvelo y Justino José del Orbe, que lo pronunciaban siempre con admiración, con respeto y cariño. Lo conocí a través de su hija, la profesora Carmen Duran y de su abuela Milita, una mujer excepcional con la que tuve el placer de conversar en algunas ocasiones. Un personaje fuera de serie.

De igual manera, las palabras de Julio Raúl Durán me transmiten la idea de un ser excepcional:

«Carta de Julio Raúl Durán a su madre, Milita García vda. Durán
»(Manuscrita).

La felicidad es un artículo maravilloso: cuanto más se da, más le queda a uno
Blas Pascal

«Querida Candita. El portador es un buen amigo mío, te entregará $50.00, un reloj, una pluma y un retrato, para que se lo envíes a mamá con una persona que consideres que sin falta se los entregará. Es lo único valioso que tengo y deseo que le llegue seguro, por si algún percance me sucede.

»No tengo que decirte lo feliz que me siento al pensar que por fin voy a volver a mi patria querida y añorada, y que si tengo que descansar sea en su seno, y que esto lo hago en nombre de mi partido y de la grandeza de nuestros ideales y propósitos.

»Te doy pues todas la gracias por tus atenciones, por lo cual te considero como mi misma madre.

»Julio Raúl».(2)

La carta se la entregaría tres años después su mencionado amigo Tulio a su madre. 

La repatriación armada (25)
(Historia criminal del trujillato[197])
Notas:
(1)Anselmo Brache Batista, «Constanza, Maimón y Estero Hondo: Testimonios e investigación sobre los acontecimientos», pp. 346,349
(2 Op. Cit., p. 345


No hay comentarios:

Publicar un comentario

La repatriación armada (1-25)

La repatriación armada (1)  Pedro Conde Sturla La bestia se enteró del derrocamiento y de la llegada del dictador Fulgencio Batista al país ...